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Mitos del futuro próximo. Entrevista con el escritor Edmundo Paz Soldán

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En su más reciente libro de cuentos, Edmundo Paz Soldán narra historias donde vemos el camino distópico al cual nos podría llevar la tecnología.


Pocos tienen la capacidad de estudiar el presente y ofrecer escenarios de lo que podría deparar el tiempo que está por llegar. No se trata de imaginar catástrofes, sino ver qué podría ser de nuestro mundo luego de analizar nuestra forma de vivir y la marea cultural, social y política que nos sacude. Mostrar los costados de esa vía que nos conduce al futuro obrando como oráculo moderno. En la literatura anglosajona existen ejemplos notables: J. G. Ballard y William Gibson, cuyas historias anticiparon el surgimiento de Internet, la conectividad constante y la desolación del futuro. En nuestro idioma es difícil encontrar escritores que se desenvuelvan en el campo de la ficción especulativa con un nivel igual o superior al de sus colegas ingleses. 

El primer nombre que viene a la mente, sin mucho esfuerzo, es el de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967). «Lo que me ha gustado y he valorado de la propuesta literaria de Edmundo en La vía del futuro es, por un lado, esta mirada que pone el acento en el horizonte hacia el cual nos lleva una tecnología protésica, destinada a supuestamente a completar nuestras debilidades y carencias humanas (tanto en el plano de lo físico como de lo cognitivo y psíquico), y, por otro lado, la manera en que algunos cuentos nos devuelven al pensamiento mítico y mágico. Por ejemplo “Las calaveras”, donde los personajes bajan al inframundo para purgar su hybris, igual que lo hizo Orfeo. Se trata de dos movimientos complementarios, hacia el futuro extremo y hacia la semilla primordial», dice la escritora boliviana Giovanna Rivero (Niñas y detectives, Para comerte mejor, Tierra fresca de su tumba). 

Paz Soldán es de esos apellidos que lleva décadas sonando en el mundo literario, desde la publicación de McOndo (Mondadori, 1996) y las antologías Se habla español (Alfaguara, 2000) y Bolaño Salvaje (Candaya, 2008) de las cuales fue coeditor (la primera junto a Alberto Fuguet y la última con Gustavo Faverón), hasta Allá afuera hay monstruos (Los libros de la mujer rota, 2021); y es sinónimo de ficción especulativa de alta calidad y de los pocos que ha logrado publicar sus historias en la mayoría de editoriales importantes en español. Enumerar su trayectoria, colaboraciones y premios, así fuera de forma somera, llenaría un artículo entero: Río fugitivo (1998), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011), Iris (2014), Los días de la peste (2017), etc. Este apellido se suma a esa reducida lista de autores en nuestra lengua cuya mención conjura un tipo determinado de historias y atmósfera: Cortázar, Puig, Dávila, Bolaño, Fresán, Enriquez. 


«Este apellido se suma a esa reducida lista de autores en nuestra lengua cuya mención conjura un tipo determinado de historias y atmósfera: Cortázar, Puig, Dávila, Bolaño, Fresán, Enríquez».

Entrevista con el escritor Edmundo Paz Soldán, foto de Liliana-Colanzi
Entrevista con el escritor Edmundo Paz Soldán, foto de Liliana-Colanzi

En La vía del futuro (Páginas de Espuma, 2021) los lectores van a descubrir una serie de historias que describen una realidad que podríamos estar viviendo o llegar a vivir en un período de tiempo muy cercano. En el cuento que da título al libro nos encontramos con una iglesia que le rinde culto a una inteligencia artificial y cuyo fundador desaparece dejando más preguntas que respuestas. Un holograma que dirige una fábrica empacadora de bananos en la selva de Bolivia; un comerciante cuya afición por los androides empieza a escalar hasta aislarlo de su familia; un astronauta que empieza a verse afectado por ondas electromagnéticas provenientes del sistema Alfa Centauri; drogas bañadas en los rayos X de un sincrotrón que pueden llevar a otra dimensión. “En la escritura de Edmundo, los personajes gravitan en torno a dispositivos tecnológicos para alcanzar un grado de plenitud que los límites naturales del cuerpo y sus órganos no siempre habilitan. Pero, a diferencia quizás de los dispositivos de la primera ciencia ficción, que buscaban con mayor preeminencia el conocimiento exterior, del espacio, del cosmos, Edmundo ofrece un reino de objetos que modifican con la misma intensidad la experiencia amorosa como la necesidad espiritual de trascender. El cuerpo parece ser una plataforma más, un software orgánico en el cual es posible elaborar todo tipo de injertos y propiciar así una ontología poshumana”, señala Rivero.

Las máquinas están presentes en casi todos los cuentos, en mayor o menor medida, en una coexistencia en apariencia normal que sin embargo esconde un temor expresado en el primer relato de esta colección: “La cosa es así: cuando las máquinas sean los nuevos amos de la tierra se acordaran de cómo las tratamos. Si las tratamos bien, con respeto y adoración, nos tendrán en alta estima y nos darán un lugar en sus vidas. Serán como nosotros con los perros y los gatos. Y si nos portamos mal con ellas, se vengarán de nosotros y puede que incluso quieran eliminarnos”. 

A continuación, un diálogo que tuvimos con el escritor acerca de La vía del futuro.

— ¿Cuánto tiempo transcurrió desde las primeras versiones de los cuentos de La vía del futuro hasta el estado en que los encontramos en la edición de Páginas de Espuma? ¿Fueron escritos pensando en formar un conjunto?

Seis de los cuentos fueron escritos cuatro años antes de su publicación, en la segunda mitad del 2017. Algo pasó en mi cabeza esos meses, venía de un período largo de no escribir cuentos, y de pronto casi todos salieron uno tras otro. Me salieron tan rápido que dudé de que el libro estuviera listo de inmediato, pero sí, apenas tuve la primera versión sentí que formaban parte de un conjunto. Dos años después escribí “Las calaveras”, el último del grupo. Entre el momento en que fueron concebidos y su publicación los fui puliendo y, sobre todo, reforzando las conexiones entre los cuentos, de modo que pudieran leerse de manera independiente pero que también funcionaran como un todo orgánico. 

—La portada del libro es llamativa, misteriosa y extraña. Cuéntenos un poco del proceso de cómo llegó a existir esta imagen.

Este fue un amor a primera vista. Tenía la idea de que la portada debía tener algo que ver con el cuento del astronauta, de modo que les pasé a Juan Casamayor, mi editor, y a Paul Viejo, el encargado de trabajar el manuscrito en la editorial, fotos de la tierra que un astronauta había tomado desde la Estación Espacial. Pensé que esas fotos quizás podían ser intervenidas. Un día me mandaron la imagen del astronauta y la paloma, y dije sí sin pensarlo dos veces. 


«Después de todo, de alguna manera nos postramos ante la inteligencia artificial todos los días. No hay una iglesia oficial, pero ya somos los feligreses obsesivos de un culto».

Portada del libro La vía del futuro de Edmundo Paz Soldán
Portada del libro La vía del futuro de Edmundo Paz Soldán

—Teniendo en cuenta la forma como la tecnología domina la vida de muchas personas, el hecho de que pueda existir una iglesia dedicada a adorar una inteligencia artificial (como en el cuento que le da título al libro) no suena tan descabellado. ¿Cuánto falta para que esto sea una realidad?

El cuento está inspirado por una noticia que leí en una revista, y que hablaba precisamente de un ingeniero de Silicon Valley que había sacado un permiso de la oficina de impuestos para crear una iglesia de la inteligencia artificial. Al final la idea no prosperó, pero cuando leí la noticia pensé que en el cuento yo podía trabajarla como si hubiera ocurrido. Después de todo, de alguna manera nos postramos ante la inteligencia artificial todos los días. No hay una iglesia oficial, pero ya somos los feligreses obsesivos de un culto. 

—Uno de los temas principales del libro y que recorre la mayoría de los cuentos es la manera como las nuevas tecnologías están cambiando la psique de las personas y la forma de relacionarnos con los demás. ¿Su labor como docente le ha permitido atestiguar algo de esto? ¿Cómo ha nutrido la enseñanza su ficción?

Bueno, puedo ver los cambios en mí mismo. Espacios en mi cerebro que estaban dedicados a la memorización de datos o a orientarme en una ciudad ahora los utilizo para otras cosas, pues las nuevas tecnologías me han liberado de ciertas prácticas. La enseñanza me permite no ser tan presentista, a la hora de preparar un curso lo organizo en torno a textos y autores que abrieron el camino y me ayudan a entender este presente. Por dar un ejemplo, los cuentos de Horacio Quiroga sobre espectros conectados con el medio del cine a principios del siglo XX son muy útiles para ver cómo los nuevos medios actualizan o intensifican viejas preocupaciones humanas sobre nuestra relación con las ciencias.

—En la contratapa del libro se menciona al escritor norteamericano Brian Evenson como influencia o afín con los cuentos de La vía del futuro. Evenson, a pesar de tener más de una docena de libros publicados y haber ganado premios importantes, es prácticamente desconocido para la gran mayoría de lectores hispanohablantes amantes del terror y la fantasía oscura. ¿Por qué cree que esto es así y qué considera que es lo más notable de este autor y cómo lo ha inspirado?

El género del horror tiende a estar conectado con la cultura popular, con pasiones viscerales. Aunque no toda su obra es así, Evenson tiene algo cerebral en la forma en que trabaja algunas descolocaciones de la psiquis, cosas que a ratos lo conectan más con un Beckett que con un Stephen King. A mí me inspira la forma en que trabaja el desorden mental, el brote psicótico, a partir de ciertas repeticiones en las frases y escenas que van descolocando al personaje lentamente. Me fue muy útil leerlo para enfrentarme a cuentos como el del astronauta o “Las calaveras”.

—Precisamente en “Las calaveras” y “El astronauta Michael García” la narración concluye justo antes de que empiece el horror, dejando el desenlace en la imaginación del lector. ¿Cómo sabe o decide cuándo terminar un cuento? ¿Cómo fue el proceso con estos dos relatos en particular?

La idea es comenzar un cuento una escena después de donde debería haberlo comenzado originalmente, y terminarlo una escena antes. Suelo revisar mucho los principios y los finales, buscando cómo hacer más compacto el cuento, cómo conseguir más fuerza a través de la condensación. En “Las calaveras” sentí que era un cuento de la tradición gótica, de iniciación a un nuevo mundo, y que el viaje subterráneo debía ser esa iniciación: a la salida esperaba el nuevo mundo. Fui desde el principio sembrando detalles que insinuaban ese mundo por venir. Intuía que el nuevo mundo no debía ser narrado, que el cuento terminaba con su llegada. El del astronauta fue más complejo porque lo veía como un cuento más largo, a partir de una pregunta básica: ¿cómo sería tener un brote psicótico en una estación espacial, muy lejos de la tierra? En ese cuento jugaba con la idea de que el personaje debía desconocerse, y para ellos fui poniendo datos en los otros astronautas que le servirían al personaje principal para irse apropiando de ellos, creando así una nueva identidad prácticamente sin darse cuenta. Me puse a averiguar sobre cómo funciona el cuerpo humano en la estación espacial, y pensé que los quiebres corporales debían tener un correlato psíquico. Lo terminé en una afirmación porque sentí que con eso ya estaba todo dicho: había ocurrido el brote neurótico y no era necesario contar más. 

—Estos dos cuentos son los que más se inclinan hacia el terror, aun teniendo en su historia elementos de ficción especulativa. Esa mezcla de géneros está presente en todo el libro. ¿Cómo logra ese equilibrio o ese tránsito entre los géneros?

Para serte sincero, no es algo que haya ocurrido de manera consciente. Durante muchos años me acercaba a los cuentos pensando en modos narrativos como si fueran parte de una caja de carpintero: esto lo puedo resolver desde el realismo, esto desde la ciencia ficción, etc. De pronto hubo un momento en que esas diferentes perspectivas se fundieron en una sola, y ahora no es que intente hacer un cuento realista o uno de horror o de ciencia ficción; simplemente, es la forma que tengo de percibir el mundo estos días, en el que la realidad ha perdido materialidad y se ha disuelto un poco.

—Aunque la mayoría de los cuentos son historias independientes, se menciona en muchos el culto al Profundo, sin sumergirse demasiado en su significado o detalles. Es algo que se podría utilizar en otros relatos. ¿Sabremos en algún momento más sobre este culto en alguna nueva historia suya?

Hace rato que quiero escribir una novela corta en torno al Profundo. Pero antes viene otra novela larga ambientada en la selva, y un libro de cuentos sobre nuestra relación con los animales y la tecnología…


«El horror se ha consolidado como el gran subgénero desde el cual leer lo político y la crisis ambiental: pienso en Mariana Enriquez y Samanta Schweblin».

Entrevista con el escritor Edmundo Paz Soldán, foto de Liliana-Colanzi
Entrevista con el escritor Edmundo Paz Soldán, foto de Liliana-Colanzi

— ¿Cómo ve el panorama de la ficción especulativa en nuestro continente? 

El horror se ha consolidado como el gran subgénero desde el cual leer lo político y la crisis ambiental: pienso en Mariana Enriquez y Samanta Schweblin. La recuperación del gótico también nos está permitiendo un diálogo renovador con tradiciones nacionales, como en el caso de Giovanna Rivero y Mónica Ojeda. Para lo que se viene, que será sobre todo la profundización de cuestiones relacionadas con la desestabilización de los ecosistemas, la emergencia ambiental y la crisis del modelo de desarrollo extractivista, la ficción especulativa seguirá abriendo caminos, como se puede ver en la obra de Fernanda Trías y Verónica Gerber.   

— ¿Qué cree usted que es lo más importante que debe lograr un cuento?

Llegar a un punto a partir del cual la realidad ya no sea lo que solía ser ni para los personajes ni para los lectores.

—¿Cuáles son sus libros de cuentos de ciencia ficción favoritos?

Ficciones de Jorge Luis Borges, que puede ser leído tanto desde el fantástico como desde la ciencia ficción, es mi libro favorito y punto. Los Cuentos completos de J. G. Ballard, Pump Six de Paulo Bacigalupi, The Wind’s Twelve Quarters de Ursula LeGuin, Cuentos escogidos de Philip K. Dick, On the Origin of the Species and other Stories de Kim Bo-Young.   

— ¿Qué consejo le puede ofrecer a los jóvenes autores que lo ven como ejemplo y quieren abrirse su propio camino en el género de la ciencia ficción?

Que no piensen tanto en los géneros. La tradición latinoamericana nos muestra que se puede dialogar mejor con la ciencia ficción desde la antropología, desde la literatura de las minas, etc. La mejor formación es la de las lecturas salvajes. 

—Por último, ¿cuáles son esos escritores/as que usted considera que más han influenciado su narrativa?

Sin duda en mis primeros libros están Borges y Kafka. En mi última novela, La mirada de las plantas, creo reconocer al Rivera de La vorágine y al Bioy Casares de La invención de Morel. En Allá afuera hay monstruos está, obviamente, Cartucho de Nellie Campobello, un libro que siempre quise reescribir. En un par de cuentos de La vía del futuro está Caitlin Kiernan. En los cuentos que estoy escribiendo ahora mismo noto la presencia de LeGuin. 

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