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Emil Cioran. Un suicida inmortal 

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A su muerte en 1995 el legado de sus aforismos abarcó dieciséis libros, de los cuales solo seis se habían escrito en su idioma natal y los otros diez en francés.


Por: Jack Farfán Cedrón*


Padecía de insomnio; eso lo llevó al solaz de un alucinante éxtasis infernal propio de los apestados, de los descontentos en un mundo que podía ser mejor, pero no persiguiendo un aplicado optimismo de vitrina. 

El fuego eterno de la gloria le lamía los pies mientras deambulaba por las estrechas calles de su natal Sibiu, en Rumanía. Allí, bajo una luna neutra, abortada de luz, preñada de vacío, roía sus pensamientos, los edulcoraba charlando con mariposas nocturnas e insanos que veía una sola vez tras el desván de la memoria que ve y olvida infiernos sucesivos. 

Un pesimista que, hacia el descorrido telón del mundo actuado, desvelaba una realidad sin careta, un discurso de aguas irrepetibles por donde nadie pasa dos veces, como por el río de Heráclito.

Mientras repasaba las calles bajo una cúpula helada, descubría a su paso fragmentos de una filosofía desencantada, como Estrellas de San Antonio o meteoros ácimos de pensamiento, que encontraba a su paso mientras el mundo perseguía el sano ideal rutinario: el abismo del hastío, el sinsense (sinsentido) propalado únicamente por mentes pensantes, desgraciadas. 

Tendría unos veinte años o más cuando simulaba escribir una tesis sobre Henri Bergson, para engañarse a sí mismo o para engañar a sus padres que planeaba algo útil y no un volcán pensante que, de no haberlo escrito, hubiese hecho volar en pedazos su espíritu de gloria o de fuego. De no haber escrito En las cimas de la desesperación (Rumanía, 1934), título que tomó de un titular periodístico, descriptor de muertes suicidas en su pueblo, habría sucumbido a la noche total, a la muerte a pausas de los vencidos. Este libro, galardonado con el Premio de la Comisión y el Premio de Jóvenes Escritores, “fue una de las mejores obras narradas por un joven escritor inédito”1.

Emil Cioran, el maldito Yo, el desesperado nihilista que recorrió toda Francia en bicicleta, en 1937, so pretexto de escribir una tesis sobre la moral de Nietzsche, uno de sus filósofos preferidos. Ganó una beca que le permitió habitar en una pensión para estudiantes con que no solo enriquecía su argot enciclopédico propalado en aforismos a lo largo de casi todos sus libros, sino que se mantenía en pie, encendiendo la mecha que haría volar la montaña rutinaria de una humanidad condescendiente en el redil. 


Emil Cioran. Un suicida inmortal
Emil Cioran. Un suicida inmortal

A su muerte en 1995 el legado de sus aforismos abarcó dieciséis libros, de los cuales solo seis se habían escrito en su idioma natal y los otros diez en francés. Existe uno publicado póstumamente en rumano que simpatiza con la Guardia de Hierro; para unos “un pecado juvenil”; para otros más, un pretexto para descalificarlo injustamente, pese a su libérrimo talento como pensador. Sucedió con Louis-Ferdinand Céline, Martin Heidegger y Knut Hamsun. Lejos de las ideologías se asienta en el lago de la sabiduría el talento que las corrientes bravas de las masas no podrán dispersar. En lo profundo de la mente sabia habita la entrega absoluta por el bienestar de los hombres, en un futuro próximo.

Cioran vivió por varios años en diferentes hoteles parisinos, hasta que se instaló en una buhardilla de la Rue de l’Odeon. En sucesivas entrevistas describe al lugar como “minúsculo, sobrio y caótico”2, tres palabras que para un escritor afincado en París significarían un habitáculo bohemio cerca al Jardín Luxembourg, lejos del pantanal ruido ensordecedor, insomne. 

Su primer libro escrito en francés, Breviario de podredumbre (1949), reescrito muchas veces, fue como una estaca clavada en el tiempo, su tiempo. Desde entonces, Cioran se fue silenciando hasta lapsos de cinco o seis años en que aparecía un nuevo libro suyo; era como si −él lo dijo− “ya hubiera calumniado bastante al universo”3. En este libelo aforístico fraguó toda su desesperanza, entre el insomnio en blanco y la nada, que desde 1949 pasaba por su sombra como una sábana invisible borrando su memoria.

Una veintena de libros suscribieron su prontuario de gran pensador, entre los que se cuentan, como los más importantes: En las cimas de la desesperación (Pe culmile disperarii, 1934), El ocaso del pensamiento (Amurgul gîndurilor, 1940), Breviario de podredumbre (Précis de décomposition, 1949), Silogismos de la amargura (Syllogismes de l’amertume, 1952), La tentación de existir (La tentation d’exister, 1956), y El aciago demiurgo (Le mauvais démiurge, 1969); entre otros, que lo catapultaron como autor de culto, ya que en Rumanía era prácticamente un desconocido que encontraba más filosofía conversando con obreros, prostitutas e insanos, que con letrados. 


Portada de Breviario de podredumbre de Portada de Emil Cioran
Portada de Breviario de podredumbre de Portada de Emil Cioran

Tras cincuenta años de silencio editorial, aparte de las entrevistas que rompían su silencio (1949-1995), Cioran pareció pasar desapercibido en el tiempo; fue de aquellos pensadores que, guiados por el ímpetu de la juventud, crearon obras de gran fuerza. Tras de sí, un prolongado silencio: “Empecé con un libro absolutamente loco, poco a poco me he ido haciendo normal, incluso demasiado normal”4.

Si no hubiese tomado la resolución de salir de Sibiu, tal vez no tendríamos aquellas bombas de tiempo de hoy; esa recalcitrante visión desencantada del mundo desmoronándose a cuentagotas; tal un río desbocado que encontrara la puerta del infierno a quemarropa; las babas del instante; la cura del insomnio para suicidas, el resquemor infinito de un ente pensante a fuego vivo. 

Cioran es el autor rumano de expresión francesa que ha visto a la humanidad con ojo acre para rescatar, paradójicamente, una esperanza reveladora frente a las tumbas de la realidad que entre la velada falta de sueño se le aparecían, sombras desesperantes, despiertas y sedientas de limo rarificado que supura ansias, deseos caídos como las mismas manos de un anticristo hundido en el tiempo, en el barro de la derrota de la que se levantan exclusivamente los malditos. 

Quizá si no hubiese escrito, la parca se lo hubiese adjudicado a su nómina de caídos, de ángeles infernales que tuvieron una voz estruendosa y felina, como una agonía críptica y voraz que al tiempo de salvarlo de la muerte o del suicidio, lo hundieron en un desesperante descontento por un mundo gangrenado y putrefacto que requería el gran resplandor del puñetazo en la cara para que despierte, iluminado o devorado por sus propias fieras internas. 


Portada de En las cimas de la desesperación de Emil Cioran
Portada de En las cimas de la desesperación de Emil Cioran

Acerca del suicidio puedo rememorar en sus aforismos que el suicida es una especie de médium autocompasivo cuya muerte a nadie le importa. El suicida ha llegado demasiado tarde a la guillotina, al cadalso, al manicomio o al río de sangre apocalíptico. Él ya no tiene Paraíso ni Purgatorio ni Infierno. Al suicida lo único que lo revela es la caída interminable, sumido en el espanto de su propia maldición que lo crea o lo destruye. El suicida es el 0 ad infinitum, libre ya de encrucijadas.

Emil Cioran, un pesimista en una sociedad de felices. La felicidad como florecillas de Bach, cuya caducidad y bienestar dura una fiesta de comida chatarra, un coctel de estupefacientes, una desvelada reunión con alcohol y horas desperdiciadas. El sueño artificial, la conferencia que te cambiará la vida, los acordes de una balada, himno urbano al paso, en la misma calle donde merodean jaurías devoradoras de insomnes ratas borrachas y perros de nadie.

Emil Michel Cioran, Răşinari, Rumanía, 8 de abril de 1911; París, 20 de junio de 1995, creía en un dios crepuscular afincado en las devastadas zonas de un mundo declinado, que opta y optará por recetas fáciles y no por el amargo sabor de la derrota, charco desde el cual el ser se levanta para conquistar por fin la victoria pesimista.


¿Acaso la victoria existe? 

Sumidos en espasmos de locura, arrastrados por sierpes que ya nos han tragado en la estación de los derrotados. La derrota es el bastión desde donde se calcinan todos los milagros.

Emergimos de un huevo, símbolo del alma; cigoto que nos fue transformando en sucesivos estadios de carne latiente hasta que en berridos y griteríos nos obligaron a ver la luz, a no ser abortados a una maldición o al encierro (sin pegar el ojo al abismo). 

La luz de la vida nos arrastra. Somos candentes desvelados por una insana putrefacción reflejándonos, espejos cóncavos; duplicándonos infinitos; mientras más miramos la imagen clonada del instante, agua de oro o de mierda lúcida, reloj gangrenado en el colapso del tiempo. 

Su filosofía nihilista frisa los bordes mismos de un desvelado que, viajero alrededor de paisajes y lagos existenciales, pensantes, se encumbró al mundo en picada, a la gran derrota existencial superada únicamente con y desde su gran pensamiento. 


Jack Farfán Cedrón. Escritor peruano. Modera el blog ‘El Águila de Zaratustra, además de editar las revistas digitales Kcreatinn Creación y más & la Plaquette El Cabuyal. Es Socio Fundador de El Cabuyal Editores y Kcreatinn Organización. Algunos de sus textos han sido publicados en diferentes revistas virtuales. En 2016 formó parte de los ciento cinco poetas de todo el mundo, invitados al III Festival Internacional de Poesía de Lima, FIP Lima

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2    M. Liliana Herrera A. y Alfredo A. Abad T. Cioran. Ensayos Críticos. Universidad Tecnológica de Pereira, Colombia, 2008. 235 págs., p. 9.
3    Op. cit. P. 10.
4    Op. cit. P. 10.

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