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Gabo: entre el pueblo sin nombre y Macondo

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Por: José Luis Díaz-Granados


El universo narrativo de los primeros libros de Gabriel García Márquez ---entre La hojarasca y Cien años de soledad---, se divide en dos territorios ficticios que nacen de su realidad vivida desde la infancia hasta bien entrada su primera juventud: el pueblo sin nombre y Macondo.

En el pueblo sin nombre se desarrollan las novelas El coronel no tiene quien le escriba (1958) y La mala hora (1963-1966). Parece ser que las dos obras tuvieron un mismo origen en su escritura, inicialmente en Bogotá, luego en París y finalmente en Bogotá en 1960, cuando Gabo orientó esa segunda novela como “La dictadura de Rojas Pinilla en un pueblo”.

Asimismo, en ese pueblo sin nombre ocurren sus cuentos: “Un día de estos” -con marcada influencia de “Espuma y nada más” de Hernando Téllez- y “En este pueblo no hay ladrones”.

Entre esos dos orbes iniciales de Gabo se suceden los acontecimientos de los cuentos "Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo", “La prodigiosa tarde de Baltazar” y “La viuda de Montiel”. Y definitivamente, en Macondo: “Un día después del sábado”, “Rosas artificiales” y “Los funerales de la Mamá Grande”.

Y solamente en La hojarasca (1955) y Cien años de soledad (1967) se despliega el universo narrativo de Macondo. Ni en los cuentos anteriores a la publicación de La hojarasca–reunidos posteriormente en Ojos de perro azul (1974)- ni en los que escribió García Márquez después de Cien años de soledad, existieron esos territorios preliminares.

Sobre la temática de los dos mundos ficticios iniciales –el pueblo sin nombre y Macondo-, yo comencé a fraguar una especie de teoría que con los años siempre fui considerando racional, hasta el punto que alguna vez se lo manifesté a Gabo en su casa de La Habana. (Ya lo había hecho con su hermano Eligio, delante de Margarita Márquez Caballero y del novelista José Stevenson, cuando Yiyo estaba preparando su libro Tras las claves de Melquíades).

Como era característico en Gabo, él escuchaba con mucha atención, sin dejar de mirar fijamente los ojos de su interlocutor, y una vez escuchada la “teoría”, miraba para otra parte sin musitar palabra.

Le dije en aquella ocasión, palabra más, palabra menos: “Para mí, tus territorios narrativos en Colombia, donde se encuentran las bases fundacionales de tus primeras novelas, están divididos por el río Magdalena”.

1)    Al Occidente (Atlántico, Bolívar, Sucre) está el pueblo sin nombre y representa al padre [don Gabriel Eligio García quien era oriundo de Sincé, hoy Sucre]. Establece un universo de realismo social e incluso político en los años 50. Está escrito a manera de crónica y la influencia de Hemingway es fuerte: allí tu estilo es directo, depurado y preciso, sin arrobamientos líricos.

(El día en que Gabo llegó con su familia a establecerse en México el 2 de julio de 1961, se enteró que Hemingway acababa de morir. Ese día también murió para él y así, retorna a la fosforescencia mitológica de Faulkner de su Mississippi natal).

2)    Al Oriente (Magdalena, Cesar, Guajira) está Macondo y representa a la madre [doña Luisa Santiaga Márquez, quien había nacido en Barrancas y se había criado en Riohacha y más tarde en Santa Marta]. Allí se recrea un espacio lleno de referencias históricas contadas por tu abuelo [el coronel Nicolás Márquez] y complementado con los relatos fantasiosos y las supersticiones de Mina [la abuela Tranquilina Iguarán Cotes]. Allí ocurren cosas absolutamente mágicas, descritas con ese lenguaje lírico heredado de tu maestro Faulkner, en el idioma acertado para elaborar una obra como Cien años de soledad.

Si la teoría esbozada es correcta o errada, lo dirán los estudiosos y los más rigurosos críticos de la obra garciamarquiana. Lo mío es tan solo un mínimo aporte, un granito de arena, en la vasta y esplendorosa playa de infinitos joyeles creada por el genial fabulista del Caribe.

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