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La mujer con visión de rayos X

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Por Ana Fornaro / Tomado de http://www.pagina12.com.ar/

Única representante femenina dentro del Nuevo Periodismo de Tom Wolfe y Hunter Thompson, cronista de los cambios sociales y de costumbres de California primero y Nueva York después, Joan Didion se convirtió en una de las principales escritoras de los Estados Unidos cultivando una literatura que nunca esquivó el matiz autobiográfico y la reflexión sobre la propia escritura. En los últimos tiempos, mientras en Argentina se dieron a conocer sus libros más personales e incisivos, El año del pensamiento mágico y Noches azules, sobre la muerte de su marido y de su hija, respectivamente, en Estados Unidos acaba de aparecer la biografía The Last Love Song, primer intento riguroso por penetrar en los secretos de una vida que osciló entre la genealogía aristocrática, la comprensión de lo moderno y la más descarnada autoconciencia.

Empezar por el final. Conocer a una escritora a partir de los escombros, de lo que va quedando de ella, de los objetos que encuentra en cajones y la obligan a recordar. Entrar en el universo, complejo, fragmentado, de una mujer que siempre estuvo en un podio y a quien, en cuestión de poco tiempo, se le vino todo abajo. Primero fue la muerte repentina de su marido mientras su hija de 37 años estaba internada, luego la muerte de esa hija, dieciocho meses después. A Joan Didion parece que no le quedara más nada, que todo es una larga y sincopada despedida, si empezamos por sus últimos libros, algo bastante inevitable para los lectores de habla hispana. Este año se publicó en Argentina, a diez años de su aparición original, El año del pensamiento mágico, un ensayo quirúrgico sobre el duelo: allí explora lo que vino después de que su compañero de cuatro décadas, el escritor John G. Dunne, cayera desplomado una noche con un libro en la mano mientras ella preparaba la cena. Su obra final, también traducida al español, Noches azules (2011) trata, en parte, sobre su hija –única, adoptada– Quintana Roo. Pero aquí no es cuestión tanto de duelo como de envejecimiento y de memoria. Pero tampoco fue el final. A los 81 años Didion sigue siendo sujeto de culto. Este año se transformó en la imagen de la marca francesa Céline, su sobrino está preparando un documental sobre ella y hace unos meses se publicó su primera biografía –no autorizada–, todavía sin traducción al castellano.

The last love song, del prestigioso escritor Tracy Daugherty, es una investigación rigurosa y exhaustiva que parte de sus libros y de todo el material de archivo disponible sobre la escritora. El autor recorre minuciosamente la vida de Didion pero cuenta con pocas voces –ninguno de sus allegados quiso traicionarla– que echen luz o completen la historia de alguien que se ha pasado la vida escribiendo acerca de sí misma. O lo que es más significativo, diseccionando su propia mirada. Entonces, ¿qué se puede decir –agregar– sobre quien hizo de la autoconciencia una forma de literatura? El libro de Daugherty busca responder a esta pregunta al retratar a una de las autoras estadounidenses más admiradas e indescifrables del siglo XX. Lo que hace el biógrafo es intentar llenar esos espacios en blanco, puntos de fuga, que la cronista fue dejando a propósito en sus libros.

“Como usa sus experiencias personales, pensamos que conocemos a Joan Didion. Desde sus primeras obras percibimos que una sola vida puede contener la vida de toda una época. Ella nos ayudó a admitir cosas que intuíamos y que se desvanecían: la fragilidad de nuestros mitos nacionales y la constante cercanía de la muerte”, dice Daugherty a modo de presentación y justificación de su trabajo titánico, que supera las setecientas páginas.

Didion empezó su carrera a los veinte años como becaria para la revista de adolescentes Mademoiselle y forjó su carrera en Vogue –además de colaborar para otras revistas– siendo reconocida como la única representante femenina del Nuevo Periodismo, junto a Tom Wolfe, Norman Mailer y Hunter S. Thompson. Pero ella no era salvaje. Tampoco disfrutaba del peligro. De hecho le gustaba bastante poco la interacción obligada que exige el oficio. Por eso se dedicó a escuchar más que a preguntar, a observar más que a reportear, intentando hacerse invisible para contar su versión de los movimientos culturales estadounidenses primero, y de los políticos más tarde. Didion le tomó el pulso de forma brillante a su época y lo hizo desde un extrañamiento que al principio tenía forma de pedestal y que luego fue transformándose en una distancia tan sensible como afilada. No creía en las entrevistas –pensaba que nada verdadero salía de allí– y le costaba pensar en el terreno. “Sólo puedo ser yo delante de la máquina de escribir”, le dijo, justamente, a otra periodista. En cincuenta años de actividad, su escritura sufrió mutaciones estilísticas e ideológicas pero siempre fue una trinchera. Desde allí, además de “contar Norteamérica con visión de rayos X”, como la caracterizó un colega suyo de The New Yorker, Didion nunca disimuló ni su elitismo ni su neurosis, ni sus miedos –arrastrados desde la infancia– sino que los colocó en el centro mismo de la escritura.

Cuando la escritora tenía doce años le preguntó a su madre a qué clase social pertenecían. Eduene Didion le respondió que su familia no pensaba en esos términos. Lo que le estaba diciendo, en realidad, es que ellos, quinta generación de californianos, no necesitaban cuestionarse eso porque eran los “originales”. Didion nació en Sacramento en el seno de una familia republicana y conservadora y se crió entre mitos fundantes que la escritora visitará y cuestionará obsesivamente en sus ensayos y crónicas. Su padre, un especulador inmobiliario que terminó como consejero financiero del Ejército, arrastró a la familia a una vida itinerante por distintas bases militares del país durante la Segunda Guerra Mundial, lo que hizo que la escritora se aferrara todavía más a la Costa Oeste. Para ella geografía y escritura –territorio y palabra– serán indivisibles y sus primeras novelas y crónicas se inscriben en California, aunque ella ya viviera en Nueva York.

A los doce años, también, Didion, que leía y llenaba cuadernos con sus “ansiedades” (como le había enseñado su madre) desde los cinco, descubrió a Ernest Hemingway y se identificó con sus frases cortas y punzantes, con su manera de decir dejando información afuera. En cuestión de meses, entonces, la adolescente tomaría conciencia de dos ejes que moldearían su vida y su escritura: la pertenencia de clase y el estilo. Convencida por su madre de su fragilidad –en realidad era Eduene la depresiva de la familia– la joven Joan se refugió en la literatura y empezó a fantasear con ser una escritora. Pero no cualquiera. Iba a ser una autora en un penthouse en Manhattan. Sus ensoñaciones adolescentes se hicieron realidad bastante rápido. A los treinta y pocos años Didion ya era considerada una escritora tan brillante como icónica. Su distancia, mezcla de timidez y misantropía, le daba un halo de misterio que la volvía irresistible. En las fotos mantiene siempre ese gesto entre angustiado y desafiante, cuando no está escondida detrás del glamour de sus enormes anteojos de sol o apoyándose en un cigarrillo. La pareja que formó con John G. Dunne –que venía de una familia irlandesa privilegiada– potenció esa imagen. Eran talentosos, vivían como ricos entre California y Nueva York, escribían guiones juntos y viajaban haciendo reportajes. Brillaron en el centro de la escena cultural y artística durante décadas. Pero la escritora nunca dejó de ser esa chica rara y bastante torturada, aquejada por migrañas constantes, que observa el mundo desde un lugar tan singular como inaccesible.

Demoliendo prejuicios


A mediados de los 60 le pasó lo que a gran parte de la intelectualidad conservadora estadounidense: los cambios vertiginosos, los movimientos de protesta y la contracultura le resultaron tan ajenos como incomprensibles. Sentía que ese mundo, que había dado por sentado hasta entonces, estallaba en pedazos. Todo era un caos. Sin poder escribir durante meses –no encontraba las palabras– le propuso al Saturday Evening Post un artículo sobre los hippies de San Francisco. La revista, como casi todos los medios mainstream, veía en ese mundo de sexo libre y drogas una postal atractiva que podía vender y a la vez ya tenía su sentencia: era un compendio de malvivientes responsable de la juventud perdida. Didion, que se metió en una comunidad de Haight-Ashbury durante semanas para el reportaje, escribió un artículo a lo gonzo, hablando con dealers y menores de edad que habían escapado de sus casas, tomaban ácido y fumaban marihuana.

Ese reportaje, estructurado como un collage de voces, de ritmo vertiginoso y alucinado, significó un quiebre y el comienzo de una experimentación estilística que desorientó bastante a los lectores. Por esa época estaba bloqueada, había dejado de creer en el poder de la escritura. El mundo era demasiado complejo para narrarlo de forma tradicional y sentía que tenía que encontrar nuevas formas.

“Todo lo que me habían enseñado me pareció irrelevante, que ya no servía para nada. La idea misma de ‘servir para algo’ me empezó a parecer cada vez más oscura”, dice en un artículo escrito en 1969 en la revista Life, hablando del cambio de su percepción del mundo.

Esa idea de no dar en el clavo, de no encontrar sentido, aparece en su artículo “The Hippie Generation: Slouching Towards Bethlemen” (“La generación hippie: arrastrándose hacia Belén”) cuando dice cosas como: “De alguna manera fallamos al contarles a estos chicos las reglas de esto a lo que estamos jugando”. Lo que percibía la escritora –con los adolescentes que huían de sus casas y experimentaban con drogas, con los movimientos contraculturales y las revueltas sociales– era una sociedad en descomposición. Pero algo no funcionó y no logró transmitirlo como ella quería. De eso habla en el prólogo de su primer libro de crónicas Slouching Towards Bethlemen (1968) que retoma el título del reportaje, y un verso de un poema de Yeats que le resonaba en su cabeza por esa época como un mantra.

“Luego de ver el artículo publicado me di cuenta que, a pesar de todo lo directa y rotunda que quise ser, fallé en llegarles a varias de las personas que lo leyeron, e incluso alabaron. Fallé en hacer entender que estaba hablando sobre algo mucho más abarcador que un puñado de chicos con mandalas. Supongo que todos quienes escriben tienen a veces la sospecha de que nadie está escuchando, pero me pareció (quizá porque el reportaje fue muy importante para mí) que nunca había tenido una recepción tan errada.”

La experimentación literaria fue de la mano de un despertar político y a partir de la década del 70 la escritora empieza a narrar, y a mirar, con mayor desconfianza, y conciencia de clase. En The White Album (1979), su segunda recopilación de crónicas, explora la violencia y apatía de la sociedad estadounidense, a la vez que retrata movimientos culturales y civiles –con reportajes que van desde los Black Panthers hasta Jim Morrison– que chocaban con los relatos del Sueño Americano que ella había absorbido durante su infancia. Allí comienza a dejar espacios en blanco. A sugerir en lugar de decir. A ritmar las frases como telegramas. A repetir obsesivamente para subrayar. Repetir para subrayar. Buscando un sentido con bastardillas.

Ese estilo, que hoy es su marca registrada, al punto de que varios hablan de una escritura “didionesca” también la volcó en sus ficciones como Plays as It Lays (1970), un éxito de ventas que fue llevado al cine, y A Book of Common Prayer (1977) situada en Boca Grande, un país inventado de América Central muy parecido a El Salvador. Seis años después publicará un libro de ensayos donde analiza la violencia y desesperación de la población de ese país. No es casual que por esos años también cambie de medio y se sumerja de lleno en la política. Gracias al estímulo del editor de The New York Review of Books escribe los artículos recopilados en El Salvador (1983), Miami (1987), sobre los exiliados cubanos, y después vendrían After Henry (1992) y Political fictions (2001).

La particularidad de Didion en estos reportajes, lo que la diferencia de otros periodistas, es que hizo un análisis de la sociedad estadounidense, y de su cobertura mediática, encontrando las razones de su fracaso en la inequidad y la cuestión de clase. Y encontró esas respuestas mirando hacia adentro, rastreando sus propios prejuicios y mitos que pudo ir desarmando a lo largo de su vida.

Variaciones de la fragilidad


Empezar al revés. Leer primero la secuela y confirmar con la precuela que no importa tanto el orden como las correspondencias entre dos escrituras que forman un mismo bordado. El año del pensamiento mágico y Noches azules son los dos últimos libros de Didion y fueron publicados con seis años de diferencia. Ambos hablan de la muerte. Ambos recorren su vida a partir de la pérdida. Primero la de su marido, luego la de su hija. Pero por las particularidades del mundo editorial en español y sus traducciones, en Argentina se editó primero Noches azules.

Didion tiene unas veinte obras publicadas entre novelas y recopilaciones de artículos, desde donde siempre filtró detalles de su intimidad. Para ella vida y escritura son cuestiones inseparables. Sin embargo sólo estos dos ensayos pueden considerarse exclusivamente autobiográficos. La única excusa es ella misma. Llevando su prosa al límite, entre la depuración y la condensación, ambos libros tienen en común la desaparición de su familia como punto de derrumbe pero se diferencian en el abordaje. El año del pensamiento mágico es una obra maestra tanto por el tema que elige, disecciona un duelo, como por los mecanismos formales que encontró para hacerlo.

“Llevo toda la vida siendo escritora. Mi forma de escribir es mi forma de ser, o la forma en que terminé siendo, y sin embargo en el presente caso me gustaría tener, en vez de las palabras y sus ritmos una sala de edición equipada con una Avid, un software que me permitiera pulsar una tecla y desmontar la secuencia temporal, mostrarles a ustedes todos los fotogramas de la memoria que me vienen ahora a la cabeza, dejar que sean ustedes quienes elijan las tomas, las expresiones ligeramente distintas, las lecturas variantes de las mismas líneas. En este caso las palabras no me bastan para encontrar los significados. En este caso necesito que lo que yo pienso y creo sea penetrable, al menos para mí misma”, dice a modo de ruego al principio del libro.

A Didion se le murió su compañero, de golpe, el 30 de diciembre de 2003. Esa noche habían llegado del hospital de visitar a su hija Quintana Roo, que estaba gravísima desde el 25 de diciembre. La que estaba inconsciente era Quintana, pero el que se muere es su marido. Y ella se queda sola tratando de entender qué fue eso que pasó, tratando de comprender qué está sintiendo –y qué debería sentir– mientras tiene que mantenerse viva para cuidar a su hija. De alguna forma tiene que elegir entre uno y otro. Aunque quiera, ella no puede sucumbir. “La vida cambia de prisa/ La vida cambia en un instante/ Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba/ La cuestión de autocompasión”, escribe dos días después de que se llevaron en una camilla a su marido infartado. Archivó esas palabras en un documento titulado “Notas sobre el cambio” y no pudo volver a esa escritura hasta recién nueve meses después, cuando salió de ese estado alterado, un tiempo entre paréntesis que la enfrentó con laberintos que desconocía.

Ella funcionaba en automático, ateniéndose a los protocolos de la muerte, intentando dilucidar qué es eso de “ser fuerte”. Pero durante todo un año una parte suya estaba convencida de que si actuaba bien, si no tiraba sus zapatos, si no dejaba de pensar en él, su marido iba a volver. Sobre eso discurre El año del pensamiento mágico, que funciona a varios niveles. La recreación obsesiva del momento preciso de la muerte –esperando encontrar allí alguna pista de lo imposible– se mezcla con el análisis de sus pensamientos, como si tomara un bisturí y diseccionara su mente. A su vez aparecen fragmentos de sus lecturas tanto sobre el duelo como sobre el estado de coma de su hija, que le dan una base teórica –porque “la información es control”– a lo que le está pasando. En el medio, el día a día, vivir sola, las visitas al hospital para ver a Quintana, los recuerdos que la asaltan y pasean al lector por una vida llena de éxitos y privilegios, de casas en Malibú y cenas en Nueva York pero también de miedos y ansiedades. Y en ningún momento la narración se sale de cauce ni abandona la tensión poética. Su ruego del principio surtió efecto y Didion lo hizo otra vez: encontró las palabras para contar lo indecible. Pero no se quedó allí.

Dieciocho meses después del “te sientas a cenar y la vida cambia en un instante”, su hija se murió de pancreatitis. Su primer libro, Slouching Towards Bethlemen, se lo dedicó a ella, a quien acababan de adoptar. Su última obra, Noches Azules, también. Didion, que escribió el libro a los 75 años, percibe “el acortamiento de los días” y necesita ir cerrando círculos. Y una conversación con Quintana era necesaria. Allí nos enteramos de cómo fue su adopción, de qué tipo de niña era, de cómo se percibía Didion como madre. Quintana creció haciendo vida de hotel, vida de escritores, vida de adultos, y evidentemente seguirles el ritmo a dos padres ensimismados no le fue fácil. Tenía una fragilidad psicológica que la llevó a beber hasta la enfermedad. “El alcohol es el único ansiolítico que realmente funciona”, dirá Didion, que va revisando cajones llenos de pasado con “objetos para los que no existe una resolución satisfactoria”, leyendo los diarios de su hija, recorriendo una vida, a través de la de Quintana, que siente que se le escapa. “Los recuerdos son las cosas que ya no quieres recordar”, sentencia. Pero no puede parar de recordar, como si fuera un antídoto contra el envejecimiento, el tema que estructura este libro. La escritora, que tiene una capacidad insólita para desarticular los lugares comunes, aislarlos, y dotarlos de brillo, vuelve a sumergirse en aguas tan universales como poco exploradas. Y busca sentido, otra vez, intentando establecer correspondencias secretas mediante mecanismos de repetición obsesiva. ¿Qué le pasaba por la cabeza a su hija? ¿Cómo fue ella como madre? ¿Cómo fue su propia infancia? ¿Dónde hay que buscar realmente para encontrar una “resolución satisfactoria”? Su último libro vuelve a confirmar que, para quien pasó toda su vida buscando las palabras justas, la escritura sigue siendo el lugar.

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