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Nostalgia del saco azul de cachemir

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Por: Felipe Lozano / Bogotá. Lo único que me mantiene cerca a él eres tú. Contigo lo recuerdo cada noche en la que te abrigas conmigo. Anhelo tu llegada en la tardes para que me saques de tu armario, me huelas hondamente y te abraces a mí para no olvidarlo.

Lo único que me queda de él eres tú. Cuando me vistes, siento las huellas de su piel en tu piel, sus besos buscando tu placer, sus manos envolviendo tus senos, recorriendo tu cintura, posándose en tu cadera, su cuerpo erizado, reptando sobre el tuyo. Es como si él me vistiera, aunque me arrojara a un costado de tu cama (o tú lo hicieras) al momento de amarte.

Y siento por un instante su olor. O el fantasma de su olor. Ya ni siquiera lo conservo, y lo sabes, aunque lo busques en vano. Lo has ido borrando con cada postura, con cada apretujón desesperado, con el fuerte agarre de tus manos que me clavan las uñas con desespero. Me siento él, junto a ti, muy cerca de ti. Te apretaba contra mí como si no quisiera jamás soltarte.

En las noches has leído lo que te escribía, acostada en tu cama, boca arriba, mientras te resguardo del frío. Sueles hacerlo en silencio, pero a veces se te escapa un susurro, dejas ir algunas de sus líneas, algo como Yo sé que te preguntas por qué clavo mi boca en tus mejillas, No desisto hasta que pueda perderme en la abstracción de tu ternura o Esos pucheros que haces cuando no podemos estar juntos. Así es como siento su voz y tengo la impresión de que tú también la sientes.

Una tarde me pareció que estaba acostado a tu lado, mientras veían una película. Me pareció sentir su risa, inconfundible, estruendosa, en ocasiones exagerada. Creí oír su manera tierna de hablarte, de halagarte, de decirte que te ama. Tal vez sentí esos típicos suspiros que ustedes dejaban ir de forma sincronizada, perfecta, cuando se abrazaban fuertemente.

Creí que un día me encontraba en su armario junto a sus otros sacos, a sus blancas camisetas interiores, las deportivas, sus buzos, los gorros, las bufandas que solía ponerse con tanta frecuencia. Una mañana me escogió y se metió en mí con delicadeza. Primero fue su cabeza, luego su brazo derecho, después el izquierdo. Me acomodaba suavemente en su cintura, halando un poco mis costuras laterales para alinearlas, para quitar esas arrugas que al ponerme en su torso se marcaban. Creí sentir las suaves caricias de las puntas de sus dedos.

Tal vez sueño demasiado. Y lo sueño. Me dejo perder en mis ilusiones, en mis delirios. Sé que no estoy con él, sino que me encuentro anhelando tu llegada en las tardes para que me saques de tu armario, me huelas hondamente y te abraces a mí para no olvidarlo. Para que en las noches me tomes con fuerza y escondas la cara justo donde yo solía abrigar su pecho. Para que dejes caer tus lágrimas en mí. Para que seamos cómplices mudos por su ausencia.

No me sueltes nunca. Vísteme, huéleme, guárdame, ponme junto a ti en la almohada donde él solía acostarse. No me dejes nunca, porque lo único que tengo de él eres tú y lo único que te queda de él soy yo.

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