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Caminando por América Latina

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Desdeñas de una cultura colorida 

David A. Jiménez 

“Quien no tiene de Inga, tiene de mandinga” así empieza Leopoldo Benites Vinueza( 1 ) un capítulo de su libro Ecuador: drama y paradoja (Vinueza) esta frase puede englobar todo el pensamiento cultural de una sociedad discriminadora y elitista. El fenómeno de la migración en los siglos 15 y 16 marcó el inicio de lo que conoceríamos siglos más tarde como “mestizaje” (cruzamiento de razas diferentes) definición según la real academia de la lengua. El bello continente antes desconocido para los ibéricos llamó la atención desde un principio, esta nueva India hizo derretir las retinas de hombres con caballos sedientos de riquezas, ellos sabientes de la vida occidental, excluidores de la desgracia musulmana, llegaban para quedarse, llegaban para postrar su espada ante la figura desnuda de hombres y mujeres, hombres y mujeres de la tierra aún no bautizada como “América”. No pasó mucho para que la tierra fuera poblada de norte a sur, las carabelas y la religión descargaban vehementes en las costas de sol radiante, fundaban ciudades y virreinatos, domesticaban animales y personas, los segundos salían más baratos. Extirpaban de las entrañas terrenales, piedras salvajes, brillantes, iluminantes, fulgores pero no eran sus pulmones los que sufrían la desdicha de yacer negros en los campos fértiles, eran los cuerpos de indias e indios que marcaban con su sangre el territorio que alguna vez poseyeron. No fue todo, la nueva máquina no industrializada no podía funcionar sin mano de obra barata; el genio literato de César Dávila Andrade ( 2 ) en unos versos simplifica de manera enervante el padecimiento de la mujer subyugada: 

“Mientras mujeres nuestras, con hijas, mitayas, 
A barrer, a carmenar, a texer, a escardar; 
A hilar, a lamer platos de barro –nuestra hechura-. 
Y a yacer con Viracochas, 
Nuestras flores de dos muslos, 
Para traer al mestizo y verdugo venidero” ( 3 ) 

No puedo negar que al escribir y en mi mente recitar esas líneas, mi sangre parece sentir el dolor. 

Los años avanzaron en la colonia, con ellos, culturas que tuvieron que soportar el látigo en las yagas. Ahora podemos hablar de resistencia, de héroes y heroínas, antes apenas se decía “igual indio es” qué triste es la historia… Vivimos, sentimos, nos sumergimos en las calles del pasado para sacar una historia actual, de enredos, de marionetas, de espectáculos, de citadinos y de errantes del destino predilecto, éste es el caso de un pueblo que sufrió toda la introducción, de una cultura valiente, de una cultura desdeñada por el color de llaguarlocros (4 ), hablamos de los “Otavaleños” esos risueños que vemos por todo lado, ubicados en cualquier parque de artesanías, no solo en Ecuador, están alrededor del mundo. Véanlos en Europa, Asia, América, su arte ha invadido el planeta ¿Quién no ha comprado una chalina por mera casualidad? ¿Quién no ha regateado el precio de un chal? Realmente no creo que exista dicha persona, y si la hay, pues es una pena. Su vestimenta es típica de la región de Otavalo, ubicada en Imbabura provincia del Ecuador; rodeados de montañas estos seres han sabido sacarle provecho a las circunstancias, geniales por el lado que se los observe, se caracterizan por sus tejidos en lana de Alpaca, realizan propicias ropas para el frío fulminante de la zona, pero su trabajo no queda ahí, la historia en algún momento los tenía que acobijar. 

Diferentes autores los llaman “Aristocracia aborigen de América” ( 5 ) la verdad, no comparto el término. Su ingenio los hizo avanzar, su rabia acumulada emergió de la tierra latente aún y su nombre empezó a sonar por ahí. Las carreteras eran malas, pero “indios curtidos” caminaban o viajaban a caballo hasta las ciudades principales a vender sus productos, de a poco se fueron dispersando pero jamás perdieron sus costumbres, no perdieron de vista sus bases, se fueron mezclando como la vida de una planta juega con la lluvia, así, ellos y ellos perduran.
Otavaleños y otavaleñas se sitúan en la plaza “San Francisco” de nuestra ciudad o mejor conocida como la plaza de los “otavaleños” ocupan toda una cuadra, separada en una especie de quioscos donde cada uno exhibe su mercancía, han sabido convivir en armonía, es base de su estilo, conversaba con algunos de estos similares comerciantes. Jorge Morales de veinte y siete años, soltero, comentaba que lleva dos años establecido en la ciudad, no se queja del negocio, dice que los “gringuitos” pagan bien. Él mismo viaja a ver la mercancía en su Otavalo querido, pero no es un hombre de un lugar fijo, Jorge ha estado en diferentes ciudades de Colombia; Cali, Bogotá y Pereira (su favorita es la primera) la conversación era fluida me contaba las razones de su soltería “no soy hombre para tener guaguas aún” mientras reproducía música andina en su pequeña Dell. Algo peculiar de Jorge era su fluidez en las respuestas, nada cortas, todas me dejaban con intriga, de suma inteligencia en cada intervención, luego pasaba por la tiendita de María Maldonado, señorita de vestimenta tradicional, también soltera por la gracia de Dios, decía, mujer que acompaña a su padre en la actividad comercial desde hace ya 6 años, me indicaba los, chales, bolsas, camisetas y un sinfín de productos, casi todos llevaban la palabra Ecuador sobre el lomo de una alpaca bordada ¡Qué habilidad! 

El reloj daba las 4:00 p.m. me di cuenta por las campanadas de la iglesia, amenazaba el cielo con lluvia, aceleré el paso y me acerque al sujeto que me llamó la atención toda la tarde “venga venga ¿qué desea?” muy amable me presente, igual él, se trataba de Franklin Yaselga, veinte y cinco años llevaba encima, un atuendo originario de los estados unidos lo vestía, eso sí, con su guango bien amarrado, conversamos por largo rato, contaba que gracias al negocio ha podido salir fuera del país, tiene parientes por Europa y EUA quienes lo han ayudado a establecer el negocio, argumenta que no viste como sus coterráneos simplemente por una moda que no es de su agrada, festeja sus fiestas, mantiene su lengua aborigen, pero no viste de manera singular. Franklin se preocupa de la reforma de la plaza, dice que no sería beneficioso para ellos pues ya no se los vería, perderían su espacio y hasta quién sabe, su negocio, es normal su preocupación, la prevención viene siempre por el pan que se lleva al hogar, a una persona acostumbrada a trabajar de alguna manera es muy difícil que en menos en cierto tiempo específico se acostumbre a ganarse la vida de otra forma: “imagínese que me toque viajar lejos, a mí me gusta Cuenquita, no quisiera salir, ojalá todo vaya para bien” nos despedimos de Franklin y emprendí la caminata hacía un café, necesitaba escuchar todas las entrevistas, revisar las fotos, y procesar toda la información recibida para elaborar a manera de ensayo el punto de vista de una cultura que vive dentro de otra, sin embargo su vida no es ajena, los rasgos culturales se vuelven cada vez más comunes con los locales, un resurgimiento del valor autóctono ha empezado a brotar, parece que regresamos a los orígenes, rescatamos lo perdido. 

Llegué al café, saqué de mi bordado de alpaca la computadora, empecé a redactar lo que ahora usted tiene entre sus manos, algo sencillo y simple, historia mezclada con presente, esperanzas del futuro y percepciones vigentes. Gracias. 

Andrade, César Dávila. Boletín y elegía de las mitas. Quito: Casa de la cultura Benajamín 
Carrión, 1956. 
Diccionario de la Real Academia de la Lengua. 2012. 
Vinueza, Leopoldo Benítes. Ecuador: drama y paradoja. Vinueza, Leopoldo Benítes. 
Ecuador: drama y paradoja. México: Fondo de cultura económica, 1950. 134. 

__________________
( 1 ) Leopoldo Benítes Vinueza (1905-1955) Poeta, ensayista, periodista y catedrático ecuatoriano, es una de las figuras destacadas de la literatura ecuatoriana. Licenciado en Ciencias políticas y sociales de la universidad de Guayaquil y Doctor honoris Causa de las universidades de Montevideo, Setton Hall de Nueva York y Guayaquil. 
( 2 ) César Dávila Andrade (1917-1967) Poeta, narrador y ensayista ecuatoriano nacido en Cuenca, perteneció al grupo literario madrugada, una de sus obras más influyente es “Boletín y elegía de las mitas” un recuento del padecimiento indígena durante la colonización española. Murió suicidado en Venezuela. 
( 3 ) Boletín y Elegía de las mitas. César Dávila Andrade 
( 4 ) Llaguarlocro: Sopa de Sangre. 
( 5 ) Varios sociólogos y antropólogos los designan de esta manera, no existe autor específico a quien designar la frase. 

Nota: una historia singular de algún lugar de sus países será publicada en este boletín; envíenosla a culturalibrosyletras@gmail.com

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