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El lunar eterno…una buena novela panameña

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Por: Humberto López C.

Siempre es grato comentar la lectura de un libro. Cuando se enfrenta cualquier texto, el lector desarrolla siempre ciertas expectativas basadas en su propia imaginación o en experiencias previas. En este caso, al tener en mis manos un ejemplar de El lunar eterno, no pude evitar la asociación con la novela anterior de Javier Riba P., La segunda ley. Esta última está marcada por una contemporaneidad agresiva que se puede ubicar en cualquier paralelo de nuestras sociedades; en cambio, en El lunar eterno, encaramos un recorrido por los tiempos donde se puede fusionar un libro de La Biblia con páginas arrancadas de cualquier manual de historia teniendo, a su vez, el sentimiento humano como orquestador fundamental a la hora de hilvanar la trama. Por supuesto, para los que nos guste engarzar dos o más narraciones entre sí, fue una grata sorpresa la presencia de ese alter-ego comprometido del autor al que le ha sido impuesto el nombre de Mark Rodgers; su aportación es breve, pero importante; es como una conexión implícita con los que ya nos vamos familiarizando con la obra literaria, o trayectoria artística, de Riba Peñalba.

No pretendo hablar de la trama, ese debe ser un descubrimiento individual. A pesar de ello, hay factores que rotan alrededor de estas letras sobre los cuales debo señalar. La incorporación de personajes reales, y su desarrollo estético con los ficticios, es un recurso necesario para llevar de la mano al lector a través de los variados viajes en el tiempo. El autor propone que se acceda a una multiplicidad de planos donde el ahora se mezcla con el ayer y sorprendentemente, en un gesto arriesgado, con el mañana. Sin embargo, lo que queda por dilucidar es si estamos recorriendo capítulos de la historia o si es la historia la que destruye el tiempo y demanda que nuestra lectura se afiance en la llamada introyección del personaje. Me pareció que esta idea merecía una aproximación más detenida.

En realidad, la esencia de El lunar eterno se aventura por senderos que transgreden, y retan, la hegemonía estructural establecida en nuestra sociedad: en la novela, la mujer actúa como pilar de la humanidad; a veces, aparece también que mueve, oculta tras un telón imaginario, los hilos de la trama. No obstante, cualquier lector que decida tomar de la mano a Sonia Gómez, eje de la narrativa, y avanzar junto a ella a través de los vericuetos que ofrece la novela, entonces no podrá negar que está llevando a cabo una lectura ginocéntrica del texto.

Es posible que algún lector considere atrevidos algunos de los interrogantes con los que nos enfrenta el autor. También pudiéramos argüir que la intensidad del erotismo contenido en sus páginas no fuese del agrado de otros. Toda reacción es aceptable puesto que nadie ha garantizado que la aventura de la lectura navegue por mares de calma. Mi recomendación es avanzar en la búsqueda de respuestas en lugar de detenernos a juzgar conceptos por pensarlos irreverentes. Desde el momento que aparecen en el texto, en el diario acontecer del ser humano promedio, ya forman parte de un cuestionamiento necesario que todo individuo pensante se debe plantear a sí mismo; seguro estoy que aparecerán preguntas adicionales que, en vez de colectivas, podrían ser individuales dependiendo de las circunstancias de cada lector; no es una representación de signos convencionales ni una exposición palmaria de un conjunto de ideas. Es otra forma de referirnos a lo que podría considerarse la evolución del pensamiento; y muchos han luchado –y debemos seguir haciéndolo– para que éste sea libre y sin ataduras a intereses creados o impuestos. Estoy convencido que habrá diversas lecturas como diferentes también serán las conclusiones. A pesar de ello, un texto que estimule estas inquietudes constituye siempre una lectura bienvenida.

Regreso aquí al disfrute que, como lector, experimenté cuando leía La segunda ley. En aquel caso, había un personaje femenino que permitía una lectura alterna; otra visión de la realidad que aspiraba a proyectar la novela. Creo que, salvando las distancias, se puede establecer un ángulo comparativo entre ambas entregas; en otras palabras, aunque no vayamos a comentar ahora atributos significativos de La segunda ley, sí es imperativo mencionar la continuidad textual que se logra entre las dos novelas. Lo que Sonia Gómez parece sufrir, ese viaje interminable a través de diversos períodos históricos, podría ser muy bien las vidas paralelas referidas con anterioridad; todas las vidas, todos los tiempos podrían ocurrir a una misma vez. No en balde Brian Weiss (Muchas vidas, muchos sabios) desempeña con acierto su papel de personaje de Riba Peñalba. ¿Parece atractivo? ¿Inverosímil? Todo es posible en el mundo de la literatura, de la creación, pero más importante: es el mundo en el que se invita a pensar, a discernir entre unas ideas que surgen osadas en la mente del autor y que se desarrollan a lo largo de páginas que han dejado de estar en blanco para, exitosamente, ejercer una comunión directa con el lector y atisbar una de las tantas posibilidades de entendimiento y, por qué no, goce, cuando nos entregamos al placer de la lectura.

Estos placeres reclaman complicidad y el mejor cómplice para el autor es el lector. Desde el comienzo, la figura de nada menos que de Erick Fromm, también como personaje, hace guiños al lector con frases que parecen avanzar por el tiempo y transmutar su presencia física a las páginas de la novela. El autor de El arte de amar y de El miedo a la libertad guía el andar de la protagonista por medio de la inviolable extensión de su memoria para despertar el recuerdo de la humanidad, en momentos difíciles pero hermosos, cuando se visitan etapas en las que Sonia parece haber desempeñado, o vivido, un papel fundamental. Se podría aducir, en un primer intento, que estamos presenciando una reescritura de la historia desde el punto de vista de la memoria. El telón de fondo: el amor; un tema que de por sí puede utilizarse como el eje de esta breve recensión. Solamente quiero dejar sentado, sin revelar más de lo debido, el doble juego llevado a cabo por el autor y la duplicidad del evento en cuestión: en los pasajes donde se vea el presente, se construye, poco a poco, el andamiaje necesario para cobijar la relación que en su momento podrá desarrollarse a plenitud; o sea, la historia de amor entre el psiquiatra y la paciente, entre Fromm y Sonia. Simultáneamente, el amor a través de los tiempos y como eslabón unificador entre sociedades, entre generaciones, aparece en cada uno de los recuerdos, de las viñetas a donde somos conducidos y donde el tiempo carece de importancia puesto que estamos más interesados en el comportamiento del individuo que en la reconstrucción histórica.

Un aspecto que no debe pasar inadvertido es una característica que se viene observando en las letras nacionales: los autores exportan su narrativa fuera de las fronteras del istmo. Este dato es de suma importancia si se toma en consideración la universalización de la lectura y hasta dónde puede llegar el mensaje que porta. El lunar eterno no tan solamente destruye la barrera del tiempo sino que borra fronteras y la trama transporta por parajes insospechados a quienes se aventuran por derroteros hasta entonces desconocidos. Aquí, en este “desconocimiento” es que podemos afirmar que el autor conversa con cualquier lector que quiera leer su novela. Se prueba, al mismo tiempo, que la concomitancia perseguida entre texto y espacio abarca una geografía más extensa que se ha de tomar en consideración a la hora de situar la narrativa en el sitio adecuado. Cuando Thomas Friedman dijo que “la tierra es plana” se refería a esta afinidad del individuo con sus semejantes; esta novela de Riba Peñalba acarrea un enunciado de inclusión y, a la vez, accede a lugares en el mapa global que podrían provocar un alud de reacciones positivas. Esto, ciertamente, es un llamado a la posibilidad de verter El lunar eterno a otros idiomas.

Hay además, es difícil negar, gran optimismo en la mencionada lectura. Al atravesar momentos escabrosos para el género humano en esta aventura que llamamos vida, se vislumbra un ápice de esperanza en el proceder del individuo promedio. No tan sólo aparece en el horizonte el voto de confianza hacia la humanidad, sino que se reconoce a la mujer, en todas las consecuencias de su sexo y humanismo, como elemento clave para la evolución; de hecho, el propio autor lo señala, su aserto no podría estar más claro: la mujer es la evolución: nos enseña a todos, si queremos aprender. 

A estas alturas, ya es más fácil inferir que se trata de un compendio extraído de los referidos libros de historia que se afirma en la persona de Sonia Gómez. ¿Personaje ficticio? Me atrevo a dudarlo. Que cada lector se pregunte a sí mismo cuántas Sonias ha enfrentado o, simplemente, con cuántas Sonias se ha tropezado a lo largo de su existencia; la respuesta a estas preguntas comprobará que la presencia de nuestra Sonia puede ser real, palpable y duradera.



El referido y siempre añorado placer de la lectura ha quedado comprobado. Ahora lo que necesitamos saber es cuánto tiempo más tendremos que esperar hasta que Javier Riba P. nos entregue su próxima creación y así no permitir que disminuyan experiencias tan provechosas.

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