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Armas de juego

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Por: Delimiro Moreno.

Armas de Juego, de Marco Polo S., es la epopeya idealizada de un pueblo, Gigante; de una difícil familia, la suya; de un padre, el propio, más complejo que el de Kafka, cuya memoria se recupera después de haber fraguado edípicamente su muerte; reconstrucción novelada de una infancia difícil, escurridiza y rica; de un pueblo, cuya historia quizá quede mejor descrita en esta novela balzaciana que en las páginas eruditas de los historiadores; con la Violencia colombiana, con mayúscula, como telón de fondo o como único escenario de la obra de unos actores cuya tragicomedia está en que en ese drama las víctimas se rebelan y se convierten en victimarios. Novela total, que recurre a todos los elementos del arte de la narración; que evoca desde el mítico Marco Polo cuyo nombre fue dado por razones tan misteriosas como ineludibles al futuro creador de sus propios mitos, hasta la expedición al Guayas y todos los demás sucesos históricos de los que es escenario ese Gigante habitado tiempo ha (en un pasado hecho presente 

artísticamente) por José Hilario López, y dominado por ese árbol tan gigantesco como el nombre contradictorio del pequeño pueblo y tan obsesivo y simbólico de la libertad como el mismo libertador de los esclavos. Mucho más podría escribirse sobre esta novela, pero mejores críticos que nosotros seguramente lo harán. Por el momento, queden estas deshilvanadas frases como homenaje a la extraordinaria novela que es Armas de Juego y al inmenso escritor que es Marco Polo S.

No podía menos, que repetir mis palabras al leer, las que sobre la novela hace el conocido periodista del Huila, Colombia, de momento por su Facebook, para precisar que la hermosa apreciación de Armas de Juego debo agradecerla porque su voz es la de un profundo y crítico historiador que acaba de publicar la monumental obra de atrevido título, sobre el departamento del Huila, “Más de 5000 años de historia en el Huila” como que se trata del mas antiguo de los historiadores de mi tierra, que siendo “paisa” arraigó al ritmo de nuestras historias y luchas populares en la rivera del Magdalena, con esos ojos contradictores de un masón no tan anticlerical, de un liberal de izquierda, que sufre a sus ochenta y tres años una caída como la del padre al final de la novela, que pudo ser su deceso y en cambio a escasos meses del accidente, recibe de pie a sus amigos, caminando sobre el tiempo que no pudo recorrer ni el Nobel. 

Este hombre extraordinario, en mi concepto, tiene la lucidez como la única cura para la fractura de los colombianos. 

Y creo oportuno compartir sus palabras sobre mi libro. Porque como ya lo dije con el maestro Fernándo Soto Aparicio, no tenemos para culminar la edición de la novela, ni 
editor, ni promotor, ni “Ateneo”. para mostrarla.

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