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Los doce demonios

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Andrea Catalina Manchola/ Tomado de “Con-fabulación”/ Bogotá.

Estoy sentada frente a una mesa plástica, con un papel en blanco sobre ella. Es un cuarto no muy grande, con muros blancos y una ventana al frente que da a un patio con un jardín hermoso; todo está diseñado especialmente para evitar perturbarte. Tengo en las manos un lápiz que me han dado. Aunque la angustia se ha ido por las pastillas, la zozobra hace que el cuerpo tiemble como una hoja seca; mis miedos están alrededor de la mesa también, mirándome: expectantes, burlones, inquisidores, con soberbia. Hemos librado mil veces esta batalla; ellos siempre han ganado. Por eso prácticamente están seguros de que hoy también lo harán.

Él, el nuevo psiquiatra practicante, me mira desde una silla en la esquina del cuarto, igualmente expectante, aunque con curiosidad más que cualquier cosa. Yo soy su conejillo de indias en este nuevo tratamiento. He estado aquí por más de seis meses. Ahora lo sé, luego de que Mamá lo dijo la última vez que vino. Recuerdo sus palabras diciendo que ya eran seis meses y nada pasaba; yo seguía igual: en el mutismo, perdida, quieta, apenas moviéndome para comer. Lo que ella desconoce es que mi cabeza nunca para, ni siquiera cuando duermo. Y ya casi no duermo, más bien entro como en trance; me apago simplemente, pero no descanso.

Al principio venían todos con frecuencia a verme; las visitas eran constantes, pero no las notaba. Estaba entre ausente y dopada, por lo que logro recordar. Pero ahora, ahora casi no vienen, y eso me da más tiempo de pensar. Los miedos me acompañan, mientras los sentimientos se ausentan porque les temen.

Él hace un chasquido con los dedos y yo vuelvo al cuarto, supongo que es un truco que usan para devolverte al presente. Tengo el lápiz entre mis dedos y lo abandono sobre la mesa. Rueda hasta caer al piso. Yo lo sigo con la mirada hasta que la mesa se cruza con la ventana, y me pierdo nuevamente a través de ella. No sé cuánto tiempo pasó desde eso, no sé en qué pensaba, o qué recordaba. Tal vez solo esperaba que se fuera el tiempo, como lo hice con mi vida. Ha sonado la campana, así que debió terminar la sesión. Sin embargo él no se inmuta; me mira, lo noto, intenta mover los dedos y hacer el chasquido nuevamente, pero se arrepiente; sabe que yo estoy allí, con él.

No sé, no tengo la menor idea de por qué un papel y un lápiz frente a mí. Por qué ahora. Para qué si ya no sirve: ya no hay nada que pueda plasmar sobre esa hoja. La cabeza ya no crea; el corazón ya no siente los trazos; las manos ya no vuelan sobre esa hoja de papel; la mente ya no grita exigiendo que la libere. Y el papel, el papel ya es solo eso: una simple hoja sin alma. Los miedos me miran, se sonríen entre ellos. Él no los ve, pero yo sí. Y los siento, son míos. Han estado conmigo toda la vida: cómo no conocerlos, amarlos.

Me levanto, camino hasta él, lo miro a los ojos, recojo el lápiz del suelo y extiendo mi mano para entregárselo. Él me mira y sonríe limpiamente, como lo hacen los niños. Me dice “es tuyo, siempre ha sido tuyo; guárdalo, úsalo, escóndelo, rómpelo, haz lo que quieras con él; es tuyo, siempre ha sido tuyo”.

Le sonreí, aunque él no lo notó. El alma ardió al escucharlo, el corazón brincó, como si volviera a vivir.

Caminé hasta la puerta con el lápiz en la mano. Inexplicablemente mi cuerpo comenzó a dejar de temblar. Tomé la perilla, aseguré la puerta para que nadie pudiera entrar y comencé a dibujar sobre ella, como el más grande lienzo que nunca tuve, con el mejor pincel que jamás soñé. Si bien fueron apenas un par de trazos y un par de sombras, ahí estaba un ave, un ave liberándose.

Cuando me di cuenta, estaba en el piso, llorando mientras con una mano rozaba el ave de madera y con la otra apretaba fuerte el lápiz entre mis dedos.



Él se acercó y me miró. Dijo que los había vencido, que esta vez había ganado yo, que todos habían desaparecido, que estaba sola y lista para comenzar de nuevo: para alzar el vuelo.

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