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¿Quiere conocer el porqué de los dichos?

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Tomado de Estandarte.com. En El porqué de los dichos, José María Iribarren satisface la curiosidad de todos los que a menudo nos preguntamos de dónde vienen dichos y refranes como “Culo de mal asiento”, “Quien se va a Sevilla pierde su silla”, “Tener guardadas las espaldas”, “A palo seco” o “Vete a la porra”… 

El título de la obra resume muy bien su objetivo: El porqué de los dichos quiere responder a la pregunta que cualquier hablante se ha hecho respecto del significado y origen de muchas expresiones coloquiales. Es este aspecto lo que más lo distancia de otras obras dedicadas a refranes y dichos que existen hoy en el mercado: el libro explica qué significa cada frase proverbial pero también de dónde proviene. Es esto, precisamente, lo que “pica”, a la vez que “colma”, la curiosidad del lector. 

El porqué de los dichos se publicó por primera vez en 1955. Ariel lo republica ahora, con un diseño más actual, edición bicolor e ilustraciones. Para ponerte la miel en los labios, aquí tienes la explicación breve de tres famosos dichos: 

“Culo de mal asiento”: dícese de los inconstantes, de los que no se sujetan a un trabajo u oficio por mucho tiempo, de los que van de aquí para allí, sin asentarse en ninguna parte. La expresión alude, no al trasero del hombre, sino al culo de las vasijas, que cuando no es plano, hace que aquellas bailen. 

“De hito en hito”: mirar de hito en hito equivale a fijar la vista en algún objeto sin distraerla a otra parte. …. “Hito” o “fito” es el mojón o poste de piedra que señala los linderos y da a conocer la dirección de los caminos. Mirar de hito en hito, es decir, de mojón en mojón, es frase que denota la atención del que camina por lugar desconocido, valiéndose de estas señales para no extraviarse. 

“¡Vete a la porra!”: esta castiza expresión, que muchos creen nacida y cultivada en Madrid, pero cuyo uso se extiende hoy a toda España, procede de la expresión militar de castigo “¡Vaya usarced a la porra, seor soldado!”, y tiene su origen en el colosal bastón que llevaba el tambor mayor de los antiguos regimientos. Este bastón, muy labrado y rematado por un gran puño de plata, era conocido con el nombre de porra. El tal bastón, clavado en cualquier lugar del vivac, acantonamiento o campamento, marcaba el sitio adonde tenían que acudir los soldados durante el descanso para sufrir el arresto impuesto por faltas leves que hubiesen cometido. La fórmula “¡Vaya usted a la porra!” era correcta y usual, aunque ahora nos parezca dura y graciosa. El oficial, al imponer el arresto a un soldado, se expresaba en tales términos.

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