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El Marco Polo de Lorica

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Crónicas de una vida de novela.​


Por: Manuel C. Díaz/ Miami/ Especial para Libros y Letras.

La crónica es uno de los géneros periodísticos que más se acerca a la literatura. Hay algunas de ellas escritas tan creativamente y con tantos recursos lingüísticos, que bien podrían considerarse obras de mayor envergadura. La diferencia podría estar entre la objetividad de la primera y la subjetividad de la segunda. Gabriel García Márquez, uno de los mejores cronistas de todos los tiempos, ha afirmado que a veces es difícil distinguir entre una crónica y un cuento. Esa tenue línea divisoria entre ambos géneros fue quizás la que le permitió pasar sin dificultad de las páginas de El espectador a las de La hojarasca, su primera novela, escrita de madrugada en la desierta redacción del mítico diario bogotano. Hay varios tipos de crónicas: policíacas, políticas, deportiva, sociales y culturales, por sólo citar algunas. Sin embargo, son las de viajes las que más oportunidades ofrecen de ser consideradas verdadera literatura, como ocurre con las que el destacado periodista colombiano Enrique Córdoba ha venido escribiendo desde hace muchos años y que ahora, después de un largo proceso creativo, las ha convertido en un estupendo libro, El Marco Polo de Lorica (Editorial Palabra Libre, 2013), en el cual nos cuenta, a través de sus andanzas por el mundo, la historia de su vida. 

Todo comenzó cuando Córdoba supo, por boca del cura de su pueblo natal, Lorica, que Marco Polo se había ido de Venecia a recorrer el mundo a los 17 años de edad. No lo pensó dos veces: "Antes que despuntara el amanecer del día siguiente, empaqué todo mi patrimonio en una tula y me fugué de mi casa". Lo que sigue son más de cuatrocientas páginas de extraordinarias aventuras que, geográficamente, se extienden desde el Orinoco, uno de los primeros lugares que Enrique visitó cuando se escapó de su hogar aquella madrugada lejana, hasta los más apartados confines del planeta. Es imposible enumerarlos todos; pero basta una mirada a los títulos de los capítulos para comprender la vastedad de su periplo vital: Un costeño en el páramo, Mochilero en Centroamérica, Entre rotativas, diplomacia y la radio de Miami, Tarde en el Trastévere, Un gelato entre el caos de Nápoles, París invita al amor, Londres es de película, El mejor cuscús de Tánger, Los callejones de Rabat, Mumbay es un carnaval, Gitanos de Rajastán, Una cerveza en Florencia con Botero, Venecia una vez a la semana, Noches pornos en Amsterdam, !Qué vinos los de Madeira!, Joe Arroyo en Galilea, Un salsero en Polonia, Los sastres de Tailandia, Singapur, una tacita de plata y En casa de Chopin, entre otros muchos.

El recorrido que Enrique Córdoba emprendió aquel día terminaría por abarcar varios continentes, múltiples islas y numerosos archipiélagos. Un abanico de países en los cuales se fueron acumulando los distintos episodios de su vida. Y es que este libro es mucho más que un simple compendio de crónicas de viajes. En realidad, lo que Enrique Córdoba ha hecho es utilizar sus viajes para escribir su autobiografía: desde sus primeros trabajos como vendedor de enciclopedias, guía turístico y patrón de barcos, hasta su consagración como diplomático, escritor y periodista. Y lo ha hecho mezclando sus vivencias con sus interminables viajes alrededor del mundo, en una suerte de híbrido periodístico-literario en el que, además de describir catedrales, señalar datos históricos de interés y sugerir platos regionales, también introduce personajes famosos (Donoso, Skarmeta, Botero) y relata anécdotas de carácter personal que le otorgan a los relatos no sólo rigor informativo, sino también pasión, humor y un toque de cálida humanidad. 

El Marco Polo de Lorica es un magnífico libro en el que se comprueba lo que muchas veces se ha dicho: que la realidad supera la ficción. En sus diversos escenarios ocurren tantas cosas que, si se tratase de una novela, a Enrique Córdoba le habría resultado difícil concebir una trama semejante. Pero no lo es: son crónicas de viaje convertidas en crónicas de vida. Sólo que escritas con una prosa de deslumbrante lirismo y como si fueran parte de una obra cuyos capítulos, al igual que los de El libro de las maravillas, de Marco Polo (el de Venecia, no el de Lorica), se desplazan de ciudad en ciudad, en un viaje increíble y fascinante: el de su propia vida.

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