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Rabo de paja

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No. 6.411, Bogotá, Jueves 23 de Mayo del 2013 

No hay ninguna lectura peligrosa. El mal no entra nunca por la inteligencia cuando el corazón está sano. 
Jacinto Benavente 

Rabo de paja 

El tamaño no es lo de menos 

Por: Esteban Carlos Mejía/ Nota enviada por el autor. Mi amiga Isabel Barragán llega tarde: le gusta que la espere. Está hermosa y radiante. Tiene 33 añitos y parece de 27 o 28: esbelta y flexible, tonificada por la buena vida, con un sex-appeal impresionante. Nos sentamos en un rinconcito del bulevar de su universidad. Pienso que me va a decir “papi”. Pero no: “¿Qué estás leyendo, cucho?”. 

Le cuento mis penas: ando medio desanimado. “Tengo lo que José Asunción Silva llamaba spleen”, digo. “Sólo me provoca dormir y soñar”. “La edad”, se burla, implacable. “Pídale cita a la uróloga o cambie de dieta”, añade a las carcajadas. 

“En cambio”, dice, “soy feliz leyendo Las mil y una noches, joya de la literatura árabe. Apenas voy en la 153 y ya amo a Sahrazad, la narradora. La amo de pies a cabeza. Por su ingenio y también por su ingenuidad. Por su inteligencia, ingobernabilidad y pasión, carajo”. Sonríe con maleficio. “Son miles de historias, una dentro de otra, como matrioskas o muñecas rusas. Cuentos maravillosos y novelas de caballería, didácticas, esotéricas, amorosas, picarescas, poemas, relatos edificantes, anécdotas, fábulas”. “Te enardecen los libros gordos”, digo, por decir algo. “El tamaño sí importa”, me contesta no sin marrulla. 

Saca un librito chiquito, una cosita de nada, menos de ciento cincuenta páginas. Maigret se equivoca. Me escandalizo o, mejor, finjo que me escandalizo: “¿Georges Simenon?”. Pone cara de diva incomprendida: “¿Por qué no?”. Unos aseguran que escribió quinientas novelas. Otros dicen que mil. Isabel se atiene al catálogo: “Ciento noventa novelas con su nombre y otras treinta bajo más de veinticinco seudónimos. Ciento cincuenta y cinco nouvelles, veinticinco autobiografías, más de mil ochocientos lugares, más de nueve mil personajes. ¡El retrato del mundo!”. “¿Retrato o tomografía?”, digo. 

“Y eso no es nada. En 1977, a sus setenta y cuatro años, Simenon le confesó a Federico Fellini que desde los trece y medio, cuando se inició en las artes del amor carnal, había tenido más de diez mil mujeres”. Abro los ojos, como si me fuera a echar gotas. “¡Diez mil!”, me quejo. “Denyse, su segunda esposa, lo corrigió con severidad: apenas fueron mil doscientas”. Cojo el celular y hago cálculos: “Diez mil en, pongamos, sesenta años y medio de vida útil, da ciento sesenta y cinco al año, casi catorce por mes, una mujer distinta cada dos días. Si fueron mil doscientas, como creía la esposita, el promedio baja a veinte mujeres por año, o sea, una cada quince días”. “¡Eso sí es próstata, papi”, ruge Isabel, con mucha saña. “Era todo un kinki”. “No entiendo”, digo. “Pa eso inventaron Google”, dice y se apiada de mí: “Un kinki es un pervertido... como tú”. “¿Pero qué es eso, por Dios?”. “¿Ah, no?”, y la risa se le ilumina en una explosión de full picardía. “En literatura, el tamaño sí importa”, pontifica, ya sin ton ni son. “Porque leer es un placer errático”. “¿Erótico?”, la puyo, a ver qué pasa. “¿Sí ve? Kinki kinki”.

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