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La Antonia Santos de Flor Romero II parte

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No. 6.850, Bogotá, Martes 14 de Octubre de 2014

La Antonia Santos de Flor Romero II parte


Trabajé el perfil de la heroína y mártir como relato así: 

Aún no se había secado la sangre derramada por los mártires comuneros Galán, Molina, Alcantúz y Ortíz. Aún olía a pólvora esparcida por los fusileros de Morillo aquel amanecer de febrero de l782 en Santafé. Las gentes se hacían cruces, pensando en la traición de las capitulaciones firmadas en Zipaquirá un medio día de junio de l781, cuando llegaba al mundo en las vecindades del pueblito empedrado de Pinchote, María Antonia, una inquieta chiquilla de grandes ojos almendrados, nariz aquilina, cuello largo y orejas grandes bien diseñadas.

Llegaba a matizar las horas apacibles de Pedro Santos y María Petronila Plata, en su finca cafetera de El Hatillo, en donde también cultivaban tabaco y cuidaban palomas rosadas. 

La niña creció escuchando en los tiempos de la cosecha, las historias macabras de los fusilamientos, por las desobediencias a los mandatos del rey, historias que la hacían temblar en las noches oscuras y desconfiar de los ruidos extraños que los grillos y las ranas hacían en mitad de las plantaciones de tabaco y a orillas de las quebradas.

Su espíritu se nutría del fervor patriótico de papá Pedro y mamá María Petronila, pero sobretodo de las rabias con pataleta y todo, de la abuela Francisca y de las amenazas a los chapetones en labios de la madrina Cacilda.

Yo le enseñaré a leer y a escribir - la previno el padre.

Lo más pronto será mejor - respondió Antonia. Porque en este pueblito de Pinchote, no hay escuela para niñas. Quisiera además, saber quiénes fueron los caciques Guanentá y Chanchón.

- Algún día quizá podré mandarla a Charalá o al Socorro para que los sacerdotes le den clases de redacción y de religión; quizá le enseñen algo de historia. A medida que los años pasen, quisiera un mejor porvenir para mi preciosa hija.

- Padre, usted llamándome preciosa. Lo mismo que el chapetón que me encontré a la entrada del pueblo...

- Cuidado con contestar los piropos de esos forasteros.

- No se preocupe, padre, yo me sé cuidar solita. ¿No ha visto cómo me visto sin ayuda de nadie, cómo preparo mis comidas, cómo remiendo mis faldas, cuando se engarzan en las espinas del camino? Es que papá, a mí no me gusta que me atiendan. Por eso los esclavos que me ha destinado, quisiera dejarlos libres. Le juro que me da pena que se sientan inferiores a mí. Si algún día me llego a casar, que lo dudo, el regalo de bodas que le pediría sería que me dejara conceder la libertad a la dulce Juana y a mi valiente Juan Neponuceno.

En las caminatas con la guerrilla de Coromoto, María Antonia se topó con un guapo oficial embarcado en la aventura patriota de los Llanos Orientales. Era de su región y la cautivó su decisión por la causa de la libertad.

María Antonia, cuando todas estas escaramuzas no queden sino en el recuerdo, viviremos juntos para siempre.

- Habrá tiempo para esto, José María. Por ahora tendremos que vencer a Morillo y a Sámano, y a tantos otros tiranos mandados por la corona española. No descansaré hasta ver a mi patria libre de esos gavilanes. ¿No ves como mandan matar jóvenes? Ni las mujeres se escapan.

- Cada vez que la veo me llega el alma al cuerpo. Es que usted María Antonia de los Santos, se parece a su apellido. Sos una aparición.

- Tendremos que esperar tiempos mejores, para hablar de amor, para amarnos sin temores.

- Pero es que no puedo vivir sin usted.

- ¿Cómo podríamos casarnos en estos tiempos azarosos? ¿Para que degollaran a nuestros hijos, como a los niños de Charalá? ¿Para que a nosotros nos cazaran como a tórtolos? Ay José María Rosillo, no sea impaciente. Mire que ya paso los treinta años y no tengo ningún afán. Estos son tiempos de guerra; mire que soplan vientos ensangrentados. Ya sé que si vivo, mi destino será el suyo. Y si muero, pues seguiremos amándonos en el otro mundo.

Pasó su adolescencia jugando con su hermano Fernando a los soldados, a las escondidas. Por esa costumbre de formar grupos de chiquillos que atacaban a otros forasteros, representando a los invasores españoles, la niña Antonia fue organizando sin darse cuenta, la guerrilla de Coromoto que tanto colaboró con los patriotas, buscando la independencia.

La asistencia de la guerrilla independentista copó sus horas y sus desvelos. La herencia que sus padres le destinaron la dedicó al mantenimiento de los insurgentes de Coromoto.

Su hermano Fernando fue encargado por Antonia de dirigir la guerrilla, mientras ella vigilaba de cerca las estrategias para atacar, y proveía las necesidades materiales de los alzados en armas. Su astucia y sus argucias estuvieron presentes en la Batalla de Charalá que cortó el paso al general español González. Derrotas y triunfos se mezclaban en sus noches de El Hatillo, sin resignar un solo día, en su empeño de ayudar a la causa patriota. Varias veces escapó de caer prisionera, pues ella misma caminaba al lado de las tropas, llevando avituallamiento.

Por poco logra el mandatario Fominaya obligarla a empedrar la plaza del pueblo como lo había hecho con parientes suyos. Lloró cinco días con sus noches por las matanzas ocurridas en Charalá, que sumaban cerca de 300 cabezas patriotas degolladas.

Consuélese, hija - le dijo el Padre Joaquín Guarín, a tiempo que le escuchaba la confesión. Esta noche negra dará paso a un amanecer de libertad.

- Usted con tantas ilusiones padre... Pero mire que están expatriando también a los curas.

- Dios nos protegerá porque estamos apoyando una causa justa.

- Presiento que vendrán días aciagos para mi. Pero si eso es así como lo he visto en sueños tantas veces. No voy a dar un paso atrás. No venderé a ninguno de los guerrilleros de Coromoto. Téngalo por seguro.

- Será mejor que no se exponga a la ira de los tiranos.

- No podría ser de otra manera, padre.

Aquella mañana de abril, María Antonia corrió por el patio empedrado de El Hatillo para recibir a su papá, que llegaba a lomo de mula, de Charalá.

Amanecí muy feliz, padre.

¿Le han dado buenas nuevas de las guerrillas de Coromoto?

Entró al comedor una paloma carmelitosa, con el pecho rosado. Llegó a picotear las migajas de arepa que había en mi plato. Miraba azorada para todos lados. Volaba descontrolada de esquina a esquina, estrellándose contra los trechos trenzados de las paredes. De pronto cayó cerca al moyo de agua filtrada. La recogí entre mis dos manos. La saqué al grocello del patio y la dejé en una horqueta. Le sentía palpitar el corazón, como si estuviera al borde de la desgracia. Estoy feliz porque la paloma rosada recobró su libertad.

Así debe ser. Ni los pajaritos deben permanecer encarcelados. ¿Para qué? Mire, le traje un regalo. Se lo manda la familia de su amigo Rosillo. Un paquetón de hormigas culonas. Ellos saben que a usted le gustan mucho.

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