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Las armas no son un juego

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Por: Jorge Eliécer Pardo. 

Las armas de juego de Marco Polo (Trilce Editores), es un enjundioso libro que combina múltiples estructuras narrativas. Me introduje como en un inmenso laberinto y me hallé devolviendo los pasos de mi infancia. Huila o cualquier departamento donde los niños eclosionan en historias locales y regionales para dar ese tinte universal que requiere la literatura. 

Y si uno se pega a esa primera sentencia, que viaja por el libro cuento-novela, fragmentos, poesía, canción: “Estoy muerto”, se da cuenta de que encontrará un texto sobre la guerra. Bien pudiéramos decir que el lenguaje de la crónica intuye una serie de sucesos en tiempo y espacio, pero no es así. Las referencias históricas, de personajes de nuestros manuales de próceres y antihéroes, no cubre esas hojas iniciales, no. Al aparecer la voz de la infancia, verosímil y poética, la literatura salva el avance de las iniciales 40 páginas. Y hay un nuevo nivel lingüístico en las croniquillas, en el lenguaje de Cervantes, donde pululan leyendas de pueblo, mitos del río. Enriquece el texto pero el lector quiere más de esos niños que somos todos y que alguna vez vimos esos paisajes en otros contornos. Van y vienen en un juego de escondidas, con evocaciones que tocan la piel y más abajo. Alcohol, juego politiquería y maltrato infantil se anuncian como final trágico. Nada más doloroso que agredir a un niño. Y nada más triste que narrarlo. Con los fragmentos, la novela no aparece completa, los personajes anunciados van y vienen y la estructura se anuncia en las primeras 61 páginas. 

Entrecruzadas, nuevos hitos de la historia patria manidos para muchos y nuevas para la mayoría de los lectores de las actuales generaciones de jóvenes tan escasos en conocimientos de nuestra realidad. Sin ser literatura didáctica, el libro podría enseñar el devenir de nuestro Estado nación, como si escucháramos a los abuelos, en las noches de luna llena, narraciones de sus tiempos, dolores y alegrías. 

“Cuando empiezan a aparecer cadáveres tasajeados en picadillo de bocachico en las labranzas a orillas de la carretera, quienes no tienen otra diversión diferente del cine que se presenta en el teatro Real, o los cafés de San Juanito asisten en grupos numerosos a observar los aparatosos y macabros levantamientos practicados por el inspector ignaro en asuntos judiciales pero ubicado a dedo en el cargo por el doctor Placer, desde la capital” (pp.72). 

Bien hubiéramos escrito el mismo episodio en El Líbano, Tolima, mi pueblo, sólo cambiando algunas palabras: 

“Cuando empiezan a aparecer cadáveres tasajeados en picadillo de bocachico en las labranzas a orillas de la carretera, quienes no tienen otra diversión diferente del cine que se presenta en el teatro Andino, o el café Águila asisten en grupos numerosos a observar los aparatosos y macabros levantamientos practicados por el inspector ignaro en asuntos judiciales pero ubicado a dedo en el cargo por Desquite, desde la capital” (pp.72). 



Nos hace rememorar en el tejido de la memoria histórica, que tanto hace falta en Colombia, sucesos que no han podio dejar en el olvido de las falsas amnistías, perdones y armisticios. Es, lo que he venido en llamar, la estética del horror. Trashumancia desde los ángulos de la perdida de identidad y, sobre todo, perdida niñez. 

Marco Polo no le teme a la evocación, menos a la política, tampoco a contar su pequeño espacio de abuelos y padres, se arriesga y logra un buen libro en el marasmo y el riesgo con el tema. Valiente, avezado y buen escritor, este abogado sale bien librado con un libro que no solo exige sino que es guillotina para quienes intentan abordar lo escabroso de la niñez maltratada, de los éxodos y asesinatos, de la violencia partidista, de la sangre sin temerle a la crónica, a la manera de Roberto Bolaño

A veces la historia novelada de Armas de juego se susurra al oído del lector, en primera, segunda, tercera personas. Nos dice las verdades literarias, que no son más que las del tiempo de este tiempo. 

Erotismo y descubrimiento del amor y el sexo, en los flirteos de niñez, adolescencia y madurez. 

Recrea música, literatura, filosofía, cine, política, coherencia y locura. No es un libro facilista, de esos que se contentan con una anécdota llana y aséptica sociológicamente. No. Es un libro digno de leerse por cucharadas: un fragmento, cerrar el libro y hacer una reflexión. Ahí está el sentido de la buena literatura. No avanza rápido como tantas novelas-guión, no te atrapa con datos escondidos. Juega con todo, lenguaje, palabras, estructuras, tiempos y gemelos, novias y amantes, asesinos y bondadosos. Rico en personajes. 

Armas de juego, un texto para largos viajes y lentos amaneceres. Así me ocurrió con su lectura. Ahora comparto sensaciones que me dejó en su compañía.

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