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Keilbert y los sueños.

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No. 6.807, Bogotá, Lunes 1 de Septiembre de 2014 

Keilbert y los sueños. 


Por: Germán Borda, especial para Libros y Letras

Los sueños pueden lanzarnos a regiones impensadas e inusitadas, son una zona incontrolable, tanto como los recuerdos. Nunca podemos saber quién llegará a ese sector de la subconsciencia, de repente me encuentro de nuevo en clase y explico la manera de dirigir de Josep Keilbert, director alemán desaparecido hace años. Parco, con gestos cortos, precisos. Un gran control de la orquesta. Su muerte nunca la olvidé. 

Dirigía una de las obras más sublimes de la música, el preludio de amor y muerte de Tristán e Isolda. Basta para mí que Wagner haya escrito esa obra para que lo admire con todas mis entrañas. Sale la música de la nada con una melodía que va creciendo poco a poco, se introdujo en los nervios más profundos de Keilbert, se fue unificando con cada una de sus partículas. Su ser fue aumentando con las notas, compenetrado de la manera más intensa. Los brazos, aumentaba la intensidad de acuerdo a la partitura magistral de Wagner, el ímpeto había arrastrado a toda la audiencia. Ese clímax gradual dominaba e iba a un punto culminante con la aparición de la cantante. Las melodías impugnaban dentro de las venas y ampliaban la fuerza interior, una erupción se preparaba, todo se iba a resolver, con la llegada de la cantante. Faltaban unos segundos, Keilbert había ampliado los brazos, la energía se percibía en cada partícula de su ser, levantó el brazo derecho, la mujer guardó su respiración el director en ese momento cayó. Un río de sangre inundó los violines y Keilbert estaba muerto entre los músicos. Un grito desgarrador irrumpió. 

Había fenecido envuelto en las redecillas de la música de Wagner, con la descripción del amor que siempre conlleva la muerte. 

Los que hemos sido favorecidos —o penalizados— muy jóvenes con muchos años, sabemos por inercia que la última cita se ha delimitado. Y no nos queda más que desear que el último trecho sea llevadero, y que a la manera de los soldados valientes, muramos con las botas puestas. O como los directores, con la batuta en alto; hoy la memoria me trae a otros dos casos, Mitropoulos y Sinopoli. 

Que yo sepa ningún compositor ha muerto mientras escribía, puede ser un agujero negro en mi memoria. Yo desearía que la guadaña se esgrimiera, mientras busco la relación y concordancia del viento con la brisa del amanecer; o quizás, escuchando la melodía de los cellos en los cipreses negros. Así sentiría que me ocurre con las botas puestas. Los sueños, son eso, como decía Calderón. Seguro llegará a la celda, mi alcoba, donde cautivo cumplo la eterna condena de soledad impuesta desde la niñez, perpetua e inflexible. 

El destino, como los sueños y los recuerdos, se escapa de nuestro control, solo hay que enfrentarlos.

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