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La escritura incubada de Higa

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Tomado de La República/ Lima. Augusto higa. Su novela presenta un personaje que se define no a través de sus actos, sino de sus meditaciones. El autor con una prosa compulsiva revela su humanidad. 

Ingresar a su escritorio, después de haberlo leído, es como adentrarse en un laboratorio en el que uno tiene la sensación de que allí se prefabrica seres humanos como personajes. Viejos y abultados archivos, papeles, apuntes en hojas sueltas, anotaciones a lápiz y lapiceros, y más papeles, más datos. Allí, iluminado por un tenue foco clásico, y hasta seguro también por la luz del alba, Augusto Higa Oshiro debe decir, tal vez afiebrado, el rostro y perfil de sus personajes de cuentos y novelas. 

Este buen escritor, que a veces se parece a un personaje ribeyriano, no hace mucho ha publicado la novela Gaijin (Ed. Animal de invierno). En realidad, una novela breve pero poderosa tanto a nivel de escritura como imaginación. En ella, entre sus pocas páginas, relumbra la figura de Sentei Nakandakari, un japonés venido a menos a nuestra país, pero con la obstinada y silenciosa intención de hacer rico, no importa si empezara como vendedor ambulante en el Mercado Central de Lima. 

La primera vez que escuché el nombre de Augusto Higa fue a finales de los años setenta, cuando su cuento “El equipito de Mogollón”, de su libro Que te coma el tigre (1978), se hizo popular con la rapidez y la alegría con que los hinchas suelen celebrar un gol. Pero ese cuento, como otros de aquella época, tenía un registro barrial. Era una suerte de relato de collera, de muchachos esquina, de barrios populares como El Porvenir, de la Victoria. 

Señalamos esto porque es una de las canteras bien ganada y bien escrita que tiene este autor. La otra fuente de creación de Higa se vincula más con el mundo de sus ancestros, de personajes japoneses, quizás replanteada a partir de su difícil experiencia en el país oriental, la que narra en su libro Japón no da dos oportunidades (1994). En esta línea, de los personajes japoneses, anteriormente ha publicado la buena novela La iluminación de Ketzuo Nakamatsu (2008). Será oportuno decir que la editorial CampoLetrado acaba de editar la suma de sus narraciones con el título Todos los cuentos. 

Gaijin (extranjero) cuenta la historia de Sentei Nakandakari, quien llega a Lima desde una provincia. Se instala en el Mercado Central y, casi sin conversar con nadie, lleva adelante su plan de hacerse rico. Es mal mirado por propios y ajenos, pero a él no le importa. Taimado, establece relaciones y complicidades no solo para ser negociante, sino para montar un prostíbulo. Pero también para casarse con una peruana y tener a buen recaudo lo ganado. Sin embargo, el destino, como el destino griego, vino a comerse su felicidad. A causa de los resultados de la guerra mundial, los japoneses en el Perú son hostilizados, saqueados y Nakandakari no es la excepción. No aceptó ser un perdedor. Se encerró en su negocio por más de mil días y casi no probaba alimentos y, en noches de delirio, gritaba que Japón ganaría la guerra y se vengaría de sus enemigos. 

Higa ha logrado incubar un personaje definido más que por sus acciones, por sus pensamientos. Así, Nakandakari es concebido en su presión psicológica, en su mutismo elocuente: “Para bien o para mal, Sentei Nakandakari se convenció a sí mismo que respiraba, quizás también le palpitaba el corazón o podía caminar, igualmente sonreír o retorcerse de dolor. No, nada impedía en los siguientes días y el tiempo sucesivo, permanecer arrobado, observando en cuclillas el azul del cielo, inmodificable (pág. 17). 

Igual que su personaje, su prosa es compulsiva. Cincelada en frases cortas, una escritura contenida, volátil. Palabras exactas, pero al mismo tiempo desbordan la imaginación.

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