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Un cuarto de siglo sin Karajan

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No. 6.765, Bogotá, Lunes 21 de Julio de 2014 

Un cuarto de siglo sin Karajan 


Por: Germán Borda, especial para Libros y Letras

Decían los antiguos latinos, los romanos, “tempo fugit” el “tiempo vuela” sería una traducción más o menos acertada, o huye, más precisa. Y parece increíble que ya pasaron veinticinco años desde la desaparición de uno de los mayores genios de la batuta de la historia; Herbert von Karajan

Para el joven maestro de Salzburgo–coterráneo de Mozart— era imposible no amarse con una desbordada pasión argentina. Muy buen mozo; de familia noble y pudiente; con un talento fuera de serie, el porvenir se abría como un abanico de posibilidades maravillosas. Y el destino las cumplió. 

La vida enriqueció lo que parecía difícil de impulsar, un ego sobresaliente, que mereció toda clase de chistes, comentarios y sufrimientos de algunos solistas y músicos. De inmediato sale de una época de adiestramiento en Alemania, en Ulm, ya se hacen lenguas de su memoria prodigiosa. Dirige la Flauta mágica sin partitura, el hecho lo señalan los principales diarios del país. Más tarde esa capacidad nemotécnica única y maravillosa, lo dejará plantado en medio de una ópera, y ese desliz casi le cuesta la carrera, pero jamás le sucederá luego. 

Aparece ante las orquestas con sus brazos, largos, algo desproporcionados para su estatura delgada, cierra los ojos, se concentra y lleva a los oyentes a fantasías inimaginadas de la sonoridad, la traslucidad, la pureza orquestal. Se dice que hacía yoga y es notable como incorpora el movimiento balletístico a la dirección. Sus gestos largos, lacios, dejan salir los pentagramas como un prestidigitador del ensueño. 

No es un momento fácil para los aspirantes al atril central, una serie de monstruos de la batuta se sientan en un olimpo que parece inalcanzable para los humanos, Furtwängler, Klemperer, Knappertsbusch, Schuricht, Böhm, Beacham, Toscanini y algunos más. Karajan es diferente y algo en él lo acerca a un hombre del jet set, actitud muy contraria a los dioses, su amor a los carros deportivos, el convertirse en piloto, su atuendo con fulares elegantes y acompañar a bellas mujeres. 

Pero su carrera es meteórica y no la detiene nada, pronto es titular de las principales agrupaciones de Austria y Alemania, amén de festivales. Su fama crece como la espuma y todos alaban la calidad y cantidad de su trabajo y el repertorio que abarca casi la totalidad de lo escrito para orquesta y ópera. 

La terrible guerra mundial parece no afectar su recorrido, por el contrario, es un protegido de los Nazis en Viena; mientras Furtwängler lo es en Berlín. El final, sin embargo traerá los únicos problemas reales a los que tuvo que enfrentarse, los aliados no le perdonan su trayectoria con el régimen. El castigo, jamás volverá a dirigir. Pasa dos años de tristeza con la batuta empolvada en un desván, hasta que es perdonado y de nuevo su carrera toma el rumbo sideral. Varias orquestas lo nombran titular, lo mismo hacen otras casas de ópera, graba discos, documentales, videos, realiza giras. Descubre que está sentado en una mina de oro, explota ese tesoro, se convierte y trasforma las notas en un manantial de divisas. Su fortuna es incalculable. 

Al final de su existencia es golpeado por problemas en la columna y para un ser de su enjundia un terrible castigo, tener que dirigir sentado en un galápago de bicicleta y salir rengueando a recibir los aplausos. 

Pese a que la existencia post mortem de los interpretes es menguada por los avances técnicos en las grabaciones, Karajan aún se sobrevive. 

Quizás haya cumplido uno de los chistes que más se repitieron. Que llega a dónde San Pedro, y este al verlo lanza una exclamación de júbilo— ¿Es usted Herbert von Karajan, el director? 

—Sí, así es — no se quite el abrigo, venga, la situación del cielo musical es terrible, Beethoven escribe cuartetos que nadie quiere tocar y se hace el sordo. Bach metido en la música de las estrellas y Mozart con las 11.000 vírgenes —abre una cortina inmensa y aparece una orquesta monumental, el primer violín es Paganini, el primer cello Casals. Karajan se queda demudado y pregunta: 

- ¿Quién ese animal de pelo blanco que dirige la orquesta? 

- Es Dios pero se cree Karajan.

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