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El fugitivo y el adiós

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Por: Germán Borda, especial para Libros y Letras.
La madrugada incisiva, en un momento dual de pesadillas y sueños, la vigilia amenaza y cuestiona. Al fin me aclara el mensaje antes que la luz imponga otra dimensión a mi ser y diluya la clarividencia de las señales. Sí, la voz es determinante y contundente, no admite duda, soy el fugitivo de mí mismo. Lo único que he ganado en estas décadas de existencia, es la aceptación. Me sumerjo en la verdad, así me lacere  y maltrate.

Esos periplos continuos, casi eternos, aparecen con un sentido inexorable. He huido de mí y mi sombra me ha perseguido, nadie puede  saltar fuera de ella. Al fin y al cabo soy esa luz difusa. He sido imantado por una fuerza desconocida rumbo a paraísos insoñados, creados con la arquitectura de la fantasía desbordada. En cada lugar que paso, donde me deja un autobús destartalado, famélico y ruidoso, creo una  existencia. La construyo con la ilusión, minuto a minuto, instante a instante, poseído de repente por la calma y paz, observo las sombras de los cipreses, antes de morir en el riachuelo. Escucho el murmullo lejano de la fuente convertida en cascada y lanzo mi alma atormentada a la nebulosa que destruye la tarde. Me juro, nunca saldré de ese pueblo mágico sin nombre, al fin he encontrado el sosiego. La plenitud, algo me dice que comprendo por fin el lenguaje de las estrellas.

Vana ilusión, he olvido por un instante que soy el fugitivo de mí mismo. Me lo recuerda el tictac macabro de un ferrocarril de tercera, donde soy habitante del destierro. Voy rumbo a otro pueblo, quizás con nombre y ciudadanos. Y luego a otro y otro más…así por siempre. Juraré de nuevo permanecer y vencer el encantamiento brujoide  de la ruta eterna. Pero he perdido la capacidad del engaño, no puedo ocultarme el rostro de melancolía que diseña el vidrio de ese vagón trasnochado y vacilante. Soy yo en huida de mí mismo. Ya no me importan las luces de candilejas de un caserío distante, tampoco haber dejado ahí parte del otro, ese que siempre soy y no soy, en la existencia que me ofrece.

Recuerdo frases inconexas de seres ya olvidados, me vaticinaban un avenir diferente, con los años dejaras ese recorrido. Olvidarás los caminos, no seguirás las rutas, con el ritmo del mar, tu psique escuchará el eco danzante.

Esas frases las diluye una vidente, pitonisa ocasional, azuloide, desdentada y famélica. Enjuta en su imagen, de nuevo te has dejado engañar, con los años crecerá el vigor, la fuerza, el anhelo. Ni la misma muerte te liberará.

Así que tomé mi morral. Lo cargué a las espaldas ancianas del joven con inmensos años. Escuché las voces de los profetas árabes inmersos en los muros del Alhambra. Me han envuelto en las redecillas de su misterio. Soy ya el fantasma de mí mismo. El fugitivo. Partí inexorable e ineluctable, nada puede contra la “Moira” El destino inexorable…

El morral va casi vacío, ya no lleva siquiera  ilusiones…


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