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Homenaje a las víctimas del conflicto colombiano

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Para no perder la memoria

Homenaje a las víctimas del conflicto colombiano

Por:Amparo Osorio/ Tomado de “Con-Fabulación”. 

Si alguna vez Octavio Paz, basándose en una cita de Demócrito, tituló uno de sus libros capitales como Sombras de obras,quizá esta luminosa reflexión sea la paráfrasis perfecta que el observador necesita para convertir en palabras esa perspectiva íntima que le suscita la contemplación de toda obra de arte.

Su interpretación se convierte entonces en un franquear la puerta a fin de que a través del trazo y la forma intentemos habitar ese tejido de eslabones secretos que habrán de conducirnos desde lo finito a lo infinito, para asir en la mirada los lenguajes ocultos del artista que permitan develarnos la mistificación de su interior absoluto.

Con esta premisa y desde la extraña impronta de Los visibles, una connotación que más adelante vendrá a suscitar nuestro estupor por lo contradictorio del significado, entramos entonces a este universo de obras con las que Eduardo Esparzaha bautizado su último trabajo-homenaje, volcándose en una serie de palpitantes imágenes para inducirnos por un camino de interrogaciones y asombro, que nos conducen desde el aquí y ahora de este país convulso, hasta el ayer y el antes de una geografía inhóspita sembrada desde siempre por las desoladoras fauces de una injusticia interminable.

Su recorrido se convierte en una experiencia simbólica que desde lo inexpresable nos lleva a lo imaginario, en una alegoría de múltiples caminos en los que perviven inquietantes capítulos de horror y pesadilla, puesto que estos “Visibles”, en realidad “invisibles y anónimos”, no son nada distinto a la representación de seres reales cuyas trágicas historias de desaparición y tortura suscitan una multiplicidad de sensaciones que de una u otra forma nos obligan a recrear el infierno de Dante, no para interrogar a los condenados que gravitan bajo los nueve círculos, sino para conversar con las sombras de estos centenares de habitantes que desde el territorio de los muertos y en el epicentro de sus oscuros destinos, nos hablan de sus flagelos y angustias y de esa profusión de tinieblas que constituye su propia historia como una de las más escalofriantes metáforas del desamparo.

El artista lo sabe y conocedor a fondo de nuestro doloroso inventario de víctimas del conflicto, del despojo de tierras, del desplazamiento, del oprobio y de la desaparición como una de las más terribles cargas de pesadumbre que suscitan nuestra indignación permanente, nos propone a su manera no renunciar a la contemplación y confrontar su denuncia mientras hacemos la ruta de abandono de estos anónimos visibles.

Comprometido entonces con su tiempo –y así nos lo confirma de una manera sencilla, conmovida y conmovedora–, apuesta toda su sensibilidad a fin de suscitar una remoción de nuestras conciencias adormiladas, un permitirnos volver sobre las sucesivas gamas de la infamia de que han sido capaces algunos seres humanos y sacudiendo de nuevo nuestras más íntimas fibras, nos obliga a profundas reflexiones para que el leitmotiv del tenebroso facilismo de leyes de perdón y olvido que vienen permeándose en grandes esferas de nuestra sociedad, no se constituya en el memoricidio que impere en las nefastas graderías de la posmodernidad. 

Así, bajo la estrella tutelar del Guernica y evocando un poco a Picasso de quien se declara confeso admirador, penetramos de nuevo a los misteriosos cuadros con los que Eduardo Esparza ha querido perpetuar esta historia, la suya, la nuestra, la de un país que se debate en el desasosiego de sus interminables espirales de violencia.


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