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El estigma monetario y el compositor Sibelius

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No. 6.603, Bogotá, Lunes 10 de Febrero de 2014 

Los dioses facilitan el primer verso; los demás, los hace el poeta. 
Paul Valéry

El estigma monetario y el compositor Sibelius

Por: Germán Borda, especial para Libros y Letras.

“Basta que sea rico para que no pueda escribir más de tres compases” con esa frase resumía el genial Alfred Uhl, uno de los mejores compositores y maestros del siglo XX, la economía  de sus colegas. Basta ocuparse de la biografía de los grandes creadores sonoros y su estadio suscita emoción y conmiseración. Bach, regular y metódico, pasa su existencia sin problemas. No así su viuda, que tiene que recurrir a la limosna. Beethoven sobrevive  gracias a la compasión de los nobles vieneses, a quienes casi tiene que demandar por incumplimiento de sus promesas pecuniarias. Mozart debe acostumbrarse por épocas a reducir su dieta y gastos. Wagner se somete a la inanición en París y estuvo al borde de enormes descalabros. Lo mismo Chopin, y la lista puede ampliarse.

Haydn logra un sólido empleo donde los Esterhazy, nobles de origen húngaro, a cambio fue tratado como un criado y tenía que escribir a la carta. El mes entrante le decían, viene el duque de… y toca muy mal el violín. Lo que pretende ignorar. Componga algo fácil con orquesta.

Lo que no sabían los miembros de la sangre azul, es que sin el compositor empleado, su nombre apenas aparecería  en algunos castillos. Lo mismo el conde Waldstein, que se matriculó en la eternidad gracias a una sonata de Beethoven.

Por eso cuando los padres se enteran de la decisión, casi siempre irrevocable, de un hijo de ser compositor, protestan. Lo imaginan tocando en algún cuchitril, a oscuras, con damas de poca ropa. Un poco como Agustín Lara; Si a Beethoven, que era tan bueno, le costó tanto vender su música, qué puedes esperar tú…

Eso, tal vez, pensaron los padres de Jean Sibelius, compositor finlandés cuando decidió retirarse de los estudios de derecho para dedicarse a componer. Completa los ocho años reglamentarios de estudio de esa materia, del 1885- al 1889 en su ciudad natal Helsinki. Más tarde va a Berlín( del 89- al 90) (y a Viena  del 90 al 91)  En ese lapso se agudiza su afición a la bohemia, al alcoholismo y  a sobreaguar a grandes dificultades económicas. Una constante en muchos momentos de su existencia. Excelente director de orquesta de sus obras, en un concierto en Roma, con papa a bordo, tuvieron que rescatarlo de un bar. Regresa al podio borracho y concluye, pese a la obnubilación etílica,  recibe una ovación apoteósica.

Sibelius ingresa en el club de los pesos pesados. Al ring de la sinfonía. Cuando se tiene como contrincantes —o mejor antecesores— a Haydn, Mozart, Beethoven, Brahms, es difícil superar los asaltos. Para Adorno, filósofo de la música, compositor y erudito, Sibelius es apenas un diletante brillante. Es el concepto lapidario de un pensador profundo. Bartók, el gran compositor húngaro, por el contrario lo admira y valora.

Sus sinfonías, su concierto para violín, sin embargo, ocupan con frecuencia la programación internacional, lo mismo que algunos de sus poemas sinfónicos.

La vida del compositor, fluctúa en sus éxitos, su economía, su alcoholismo, sus nervios (por épocas no puede escribir pues le tiembla la mano) como una montaña rusa. De repente, tiene una residencia  a las afueras de Helsinki y una pensión que le permite vivir sin penurias. Podría decirse que el destino lo ha premiado y que el futuro está despejado. Pasa, sin embargo, sus últimos treinta años, en esa situación privilegiada para escribir, sin verter un solo compás. El público, las editoriales, los interesados, esperan su octava sinfonía, pero estapermanece en su mente sin cristalizarse. Quizás, las aulagas, los problemas económicos, eran su gran acicate. Cumple la sentencia de Uhl, quien tiene dinero

Su figura, de una calvicie integral, algo mussolinesca, su estructura grande y corpulenta, lo acercaban a un ser algo draculesco. Gran caminador y observante de la naturaleza, no lo retratan en este escrito:

Retornaba de su acostumbrada caminata matutina. Exaltado, contó a su esposa Aino que había visto una bandada de grullas acercándose. «Aquí vienen, las aves de mi juventud», exclamó. De repente, uno de los pájaros abandonó la formación y voló en círculos sobre Ainola( nombre de la residencia). Luego volvió a la bandada para continuar su camino. Dos días después Sibelius murió de una hemorragia cerebral.


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