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La gangrena y la dirección de orquesta

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No. 6.585, Bogotá, Jueves 23 de Enero de 2014 

El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta 'el modo imperativo'. 
Jorge Luis Borges

La gangrena y la dirección de orquesta

Por: Germán Borda/ Especial para Libros y Letras.

La dirección orquestal suscita la atracción de la magia. Es el malabarismo ejercido por un personaje que en apariencia saca la música de una varita. Como un prestidigitador eleva sus brazos, en esculturas del aire y a sus movimientos responde la masa sonora. El público se hechiza con ese espectáculo de quimera, el poder  fascinante de un ser silencioso, de espaldas,  que domina la escena. Mientras el centenar de músicos ejecuta, el jefe da señales. Al final es el director el que se lleva los vítores y las aclamaciones. Menos, los colaboradores,  los sufridos personajes de los atriles.

Es el músico director  el que ha adquirido mayor preponderancia en los  últimos siglos, desde la aparición de la batuta muda. Alabados, endiosados, enriquecidos con jugosos contratos, se aceptan y padecen sus estallidos de divas y mal genio. Toscanini, en un ataque de desesperación lanzó la batuta contra un cellista, quien perdió un ojo. Karajan cita muy temprano, en crudo invierno, a cellistas y contrabajistas de la filarmónica. Desea un ritmo endiablado en una parte de la “novena” de Beethoven. Pacientes asisten e intentan seguirlo, hasta que el primer atril de los bajos le dice, hemos respetado sus intentos, pero como lo solicita nadie puede hacerlo. Es imposible. Basta. El genio hace una venia, se retira después de disculparse.

Anotemos, mientras menos instrumentos intervengan en la composición,  mayor la dificultad de la arquitectura. Más complejo escribir para violín o flauta, solos, que para una gran orquesta. Por el contrario, cuando participan un número considerable de instrumentistas, crece la problemática de la ejecución. A partir de diez instrumentos diversos, es indispensable un jefe para evitar que el concierto se convierta en una desagradable chirimía gatuna. Esa una de sus principales funciones, el que toquen todos juntos, entren en turno, y concluyan a tiempo. ¿Cómo se entienden músicos y directores? La mano derecha —hay pocos zurdos, pero los hay—marca el compás, con señales más o menos preestablecidas. La izquierda da las entradas y muestra los estados anímicos; por ejemplo, fuertes o apasionados. Movimientos reducidos, poca fuerza; amplios, se aumenta el caudal sonoro.

Claro que el asunto es mucho más complejo de lo que lograría deducirse de esta mini aproximación al tema. Cada director posee una técnica diferente y las orquestas aguzan sus intuiciones y el olfato para captar las intenciones de quien está en el atril central. No siempre es fácil y a veces se suscitan controversias. Las relaciones con el mandamás no son  habitualmente idílicas, las caracteriza, por lo general, el amor odio.

El conglomerado sonoro es muy sutil, eso lo sabemos quiénes no les hemos enfrentado. El mínimo movimiento cambia el objetivo, baste un ejemplo; un brillante alumno de la universidad de Viena, presentado como estrella por su maestro, en el último momento, ya listo para comenzar tuvo la ocurrencia de sacar un pañuelo. Eso lo identificó  la orquesta como la señal de la batuta para el ingreso –momento crucial en la dirección, para que toquen todos a tiempo— comenzaron una sinfonía de Haydn, se vio  gatas para incorporarse. La orquesta se parece  a un avión, una vez arranca es imposible hacerla retroceder o detenerla en concierto.

Si hoy nos parece un oficio apasionante, misterioso, en el  se esgrime, que lo que en realidad vale es una trasmisión sutil, ineluctable. Indefinible e inanalizable. Conjunción inefable entre director y orquesta. No siempre fue así. Tuvo un comienzo algo bizarro y extraño.

Un músico francés de gran relevancia, Lully (16321687), en verdad, no era galo, había nacido en Florencia Italia y  se llamaba Lulli. Pasado el primer decenio de su vida se trasladó a París. Su nombre, con el que pasa a la historia, se afrancesó. Fue el gran innovador de la ópera en ese país, ya que incluyó en el espectáculo, la danza, el  ballet y además,  textos literarios.  El producto amalgamado con mortero en esa retorta, lo bautizó “tragedias musicales”

De inmediato da muestras de gran talento, experto bailarín y genial intérprete del violín. Luis XIV lo llama a su servicio, el rey “Sol” también tomaba parte en esas extraordinarias veladas compitiendo en la danza con  el italiano. Lully no era solamente un músico fuera de serie, interprete, director y compositor; sino, que sobresalía como comerciante, y muy astuto para obtener puestos, grandes favores y posiciones destacadas. Llegó a dominar el ámbito musical de la vida francesa.

“Su influencia sobre el conjunto de la música europea de su tiempo fue inmensa debido al importante número de discípulos franceses y extranjeros que llegó a tener.

Enfrentó un escándalo del que salió bien librado al revelarse sus tendencias bisexualesen un oscuro caso que involucró al paje de un marqués. El rey lo defendió, pero se sabe que en privado lo reprendió y le instó a cambiar de costumbres”

Pese a esos lunares su futuro parecía afianzarse en los triunfos y el poder. Sin embargo, el destino con sus extraños designios, le preparaba una trampa. Una inesperada y enorme metida de pata. La batuta muda aún no se había inventado. En su lugar se usaba un pesado bastón de metal, caía sonoro sobre el piso. Era un absurdo sistema para marcar el compás y así ponían de acuerdo a los coros, cantantes, balletistas y los músicos de la orquesta; con un golpe en el suelo dado por el director. En lugar de la batuta, ágil, ligera, con un largo báculo pesado de metal que machacaba el ambiente. Debía ser inaguantable escuchar las obras con ese acompañamiento ruidoso y fastidioso, contrario a la concentración.

Lully dirigía una de sus óperas —fue muy prolífico, una por año— y en un descuido colocó el pie bajo el objeto contundente, el metrónomo macabro. Un grito de dolor interrumpió la presentación. Tuvo que ser reemplazado. La herida resistió a todos los tratamientos de la época, resultaba renuente a los métodos de desinfección. A las pocas semanas un terrible olor anunció el desastre, el pie estaba gangrenado. El médico vio en su mente los aparatos horripilantes de la amputación, sierras, martillos, cuchillos, bisturíes. Pensó en las dosis inmensas de alcohol para soportarla; o en últimas, un buen golpe en la quijada. Medios de anestésico del momento. Escenografía dantesca orquestada con los quejidos alarmantes de dolor del creador musical.

El galeno no logró convencer a Lully, un bailarín muere con las dos piernas, fiel a su vocación. Como el capitán en un naufragio. El compositor prefirió lanzarse al más allá imaginando sus “tragedias musicales”, envuelto en redecillas sonoras. En melodías deslumbrantes bailando en una escenografía prodigiosa de calígines.

Movidos por la tragedia y para evitar destinos pares, se desarrolló, poco a poco, el lenguaje de la batuta muda; al que quizás, nunca se hubiera llegado sin el aporte monstruoso de la gangrena de Lully.


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