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El tiempo y los seres

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Por: Débora Vázquez/ Tomado de La Nación/Cultura/Argentina. Cada uno de los cuentos de Una relación perfecta muestra la maestría del irlandés William Trevor para retratar la culpa, el fracaso y el sacrificio con una mirada distante e incómoda.
los escritores el destierro les sienta bien, sobre todo si son irlandeses. James Joyce y Samuel Beckett lo demostraron magistralmente durante el siglo pasado; William Trevor (Cork, 1928) lo sigue probando hoy con cada título que publica. Los cuentos reunidos en Una relación perfecta no son una excepción a la regla.

Como en casi todos sus libros, el escenario ubicuo de las historias de Una relación perfecta es Irlanda, esa Irlanda rural que Trevor abandonó hace más de sesenta años y cuyo provincianismo -un provincianismo que de tan bien captado se vuelve universal- permanece intacto en la memoria del autor de Verano y amor.

En una de las pocas entrevistas que lograron sortear su voluntaria reclusión en el condado inglés de Devon, Trevor -que siempre se consideró un cuentista que cada tanto escribe novelas, y no a la inversa- definió el cuento como "una explosión de verdad". Y si bien lo hizo hablando del género en sentido amplio, en cierto modo sintetizó también su propia manera de contar. Sus relatos son una suerte de campo minado en el que si algo todavía no estalló es porque está a punto de hacerlo. Sus soldados nunca son héroes de bronce pero sí los mejores soldados para las batallas que a Trevor le interesa librar. Seres ordinarios que caben en vidas sencillas. Los dramas que atraviesan, sin embargo, son como sombras que los doblan en altura y los encorvan con su peso.

Culpas, fracasos, sacrificios, secretos y encubrimientos son el pan nuestro de los modestos y mayormente devotos protagonistas de Una relación perfecta . No hay para Trevor límites de edad, origen social, sexo o religión. Da lo mismo un joven mecánico que atropella a un niña retardada ("La hija de la modista"), una mujer que calla el crimen de un marido infiel ("La habitación"), un párroco anciano que se deja chantajear por un mendigo ("Hombres de Irlanda"), una viuda que se siente traicionada por sus hijos cuando devastan el jardín de la antigua casa paterna para convertirlo en un club de golf ("En Olivehill"). Dicho de otro modo, en épocas en que en la literatura casi todos los caminos conducen a la primera persona, Trevor prefiere seguir habitando vidas ajenas. Los resultados son tan verosímiles como perturbadores y no sería exagerado asignarle a Trevor destrezas de ventrílocuo, o incluso de médium.

El hecho de que los cuentos tengan un argumento, algo que en tiempos no tan remotos era la norma, resulta también hoy una rareza. Y lo mismo ocurre con la voz omnisciente y templada, propia de la leyenda y del cuento clásico, que se utiliza invariablemente en los relatos y que tan bien se adecua a la prosa formal, pero no por esto impersonal, de Trevor. O, como bien deja en claro el propio autor, una prosa que no carece de inquietud por la experimentación: "El tipo más obvio de escritura experimental no es más experimental que aquello que hace un escritor convencional como yo. Experimento todo el tiempo pero mis experimentos están ocultos. Un poco como ocurre con el arte abstracto: uno mira una pintura abstracta, y luego mira un detalle de una pintura del Renacimiento y encuentra en ambas las mismas abstracciones".

Se requieren años para demostrar que el presente puede ser consumido por el pasado o que, como en Chéjov, se debe aceptar lo inevitable, ya que toda posibilidad de cambio es un espejismo. Por eso Trevor le reserva al tiempo un rol protagónico. Los casamientos y funerales que se celebran sistemáticamente en la Irlanda de sus cuentos no son meros elementos folklóricos sino evidencias insoslayables de que el tiempo pasa. Trevor, que no es necesariamente un optimista, demostró siempre estar más interesado en cómo las cosas no se modifican. No obstante, cuando esto no sucede exactamente así, el tiempo se las ingenia para jugar en contra: recrudece heridas antiguas, mortifica a las personas y hasta puede enloquecerlas como le ocurre en " Folie à deux " al hombre que nunca pudo olvidar que en su infancia fue el causante de la muerte de un perro.

Pese al ambiente rural en que se desarrollan las tramas de Una relación perfecta , las historias no están exentas de ciertos decorados contemporáneos como pueden serlo el abuso fallido de un pedófilo a una menor que conoce por Internet ("Una tarde") o el crimen brutal del líder de una banda de adolescentes ("Valentonadas"). Sin embargo, las alusiones a la cultura pop -ya sea la lencería que viste Madonna en sus primeros videoclips o el título de una canción de Spice Girls- y aquellas que tienen que ver con cuestiones tecnológicas, como cuando un personaje se queja del tono entrecortado de su teléfono móvil, no dejan de sonar forzadas.

En cambio, las referencias menos modernas, tales como el libro Diario de un cura rural de Georges Bernanos en manos de un desconocido que espera a alguien en un bar, resultan más naturales y significativas. En este caso particular, el sacerdote católico que protagoniza el libro del escritor francés entabla un diálogo secreto con el pastor de vocación dudosa del cuento "Fe". Para Trevor la religión nunca fue una cuestión menor. Ser un protestante pobre en Irlanda, según él mismo, equivale a ser un outsider -no pertenece a la sociedad católica posterior a 1923 ni tampoco a la minoría anglo-irlandesa terrateniente- lo que, al igual que el exilio, le sirvió para observar las cosas desde una distancia privilegiada aunque no necesariamente cómoda.


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