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Una estación al infierno

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Arthur Rimbaud ILUSTRACION: Camila Emar
Arthur Rimbaud, ilustración: Camila Emar, CC BY-SA 4.0 creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0


Por: Álvaro Mata Guillé*


La poesía en sus inicios,
–como el murmullo reflejándose en el canto, el viento en la danza o el teatro–
nace ligada a la memoria, al lugar que no distingue tiempo ni espacio haciendo del todo lo mismo; de las conclusiones efímeras que vinculaban el instinto –la remembranza– al sentido de las cosas, al aquello que éramos, unido a las preguntas y a la necesidad por permanecer. Revisión del lenguaje que escudriña en los adentros del nosotros-nosotras, confronta la inmensidad que acontece, la inmutabilidad aparente del universo que también se manifiesta a través de su canto.


Comunión, rebeldía:
al enfrentar el tiempo detenido en el absoluto, la ortodoxia o los dogmas, es decir, a la perennidad estática de la única verdad, nos rebelamos para volver a ser otros-otras, inmersos en nuestra orfandad, en el saber que no sabe, que al mirarse otra vez, palpa lo incierto: aquello, lo otro, lo distinto,
la ambigüedad plural desvanecida en lo singular.


Para Rimbaud,
el vivir se mezclaba a lo escrito; rompe con la solemnidad, con la conveniencia, con la impostura anquilosada en los nombres, pues al explorarse y transitar el alma entre lo oscuro y lo claro, entre las sombras y el grito, nos reformulamos, describiendo de otra manera al entorno. El límite consistía en redescubrir el lenguaje, es decir, en reformular significados, conceptos, referentes: el amor, el estar, el convivir, el rostro. El límite no era límite, era una aventura que procuraba ir más allá del allá, explorándose para comprender, buscándose para descubrir y posibilitar el decirse. Pero Rimbaud está lejos, enterrado en un jardín de granito,
como Ósip
perdido en la hojarasca y la nieve.


Lo contemporáneo,
con su esclavitud de exceso y consumo, de apariencia y frivolidad, convierte todo en escenario del entretenimiento, descalifica cualquier rebeldía banalizándola, imponiendo su indolencia, el no me importa que domina la vaciedad y alimenta la barbarie.
Así,
en estos días que empiezan a ser muchos,
“Cuando se evoca la libertad”, escribe Annie Le Brun, “es para disimular su ausencia. Apenas se pronuncian las palabras ‘amor’ o ‘deseo’, así fuese con fines antagónicos, basta fijarse en quien habla para no querer saber con qué tontería o con qué cinismo irrisorio se intenta entretenernos. En cuanto a la palabra ‘poesía’, si sólo quedaran los poetas de este fin de siglo para darle sentido, creeríamos que es sinónimo de pose, vacío, pusilanimidad, suficiencia, incontinencia, hinchazón y, a fin de cuentas, de profunda deshonestidad”.

Quizá,
como creía Rimbaud–como lo padecía– la rebelión de estos días consiste en palpar nuestros adentros y otra vez buscarnos:
el cuerpo ligado al hambre, a la sed, al sueño, para así romper con la presunción y la solemnidad de los grandes nombres, con el anquilosamiento inútil de los títulos y la retórica que envuelve los lenguajes muertos, y así,
reformularnos.


(Una estación al infierno, título del libro de Arthur Rimbaud)

Portada de Una temporada en el infierno de Arthur Rimbaud



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ÁLVARO MATA GUILLÉ

Sobre el autor: *ÁLVARO MATA GUILLÉ.

Poeta, ensayista, gestor cultural, dramaturgo. Coordinador general del Corredor cultural Transpoesía. 

Sígalo en 

Twitter: @alvaromataguill - Instagram: alvaro.mata.guille

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