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Por el fervor de la lectura

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Por el fervor de la lectura




Un breve ensayo para compartir el amor por la lectura.


Por: Luis Felipe Valencia Tamayo*


Es fácil percibir en el ánimo nacional un pobre gusto por la literatura. El analfabetismo, nuestro analfabetismo, no consiste tanto en el que no haya seres “educados” o, mejor dicho, seres dispuestos a reconocer los gráficos que completan y llenan las páginas de los libros. Poseemos o hemos adquirido a través de los años tal habilidad que nos potencia como lectores. Si te encuentras leyendo este texto, algo debes decir al respecto. Sin embargo, somos tan lectores como lo es el joven que ayuda a su padre en la tienda de la esquina a sumar las deudas de los vecinos. El uso que hacemos de nuestras posibilidades (facultades) como lectores va de la mano con la costumbre habitual de hacer pequeñas sumas y restas. La lectura se ha reducido al espacio de encuentro con avisos clasificados -porque hay que conseguir empleo, porque hay que saber qué se compra-, panfletos -porque hay que saber por quién no se vota-, informes -porque hay que saber quiénes anotaron los goles en la fecha futbolera del fin de semana- y titulares -porque hay que saber qué está de moda-. El gusto por la lectura, el hallar en ella el punto de encuentro y el espacio con lo manifiestamente humano, se reduce a una versión de nosotros mismos que pretende hacernos más interesantes o cultos, como cuando nuestras reinas, sin excepción, siempre anticipan entre sus pasatiempos (aunque la palabra que emplean es la inglesa hobbies) el de la lectura. Interesante ya es la humanidad de por sí, en su crueldad y en sus ratos de bondad. No se trata tanto de que la lectura y los libros nos hagan más hombres o mejores seres humanos, quizás en su paradójica realidad apenas si se halla cierto indicio del papel ético de los libros en la historia.


Aún no alcanzamos a ser los lectores que necesitan nuestros libros, o en mejores palabras, los libros de toda nuestra especie. En ocasiones, hasta reconocemos con desfachatez esa falta de gusto por la lectura y por la literatura; quizás el consuelo de tal descaro radica en el desconocimiento de los tesoros que allí se guardan, aquello que aún palpita en la voz potente de quienes ya han muerto, aquello que nos hace preferir la vida por encima de cualquier fanatismo por la inexistencia. La literatura es el punto de encuentro con el hombre y con el lenguaje que ha determinado sus tiempos y sus etapas. Si bien el lenguaje se las vería bien por sí solo, es en la literatura donde el hombre se idea la forma de retar al silencio de la muerte y la soledad del mundo. Será por ello por lo que también cuesta leer. La literatura no está exenta de cierta dosis de dolor, ni para quienes la hacen como creadores ni para quienes la rehacen como lectores. Se trata del dolor de reconocerse en ella y de saberse penetrado en su ser. La buena literatura siempre nos habla muy cerca al oído, nos desequilibra, nos embruja, nos deshace en nuestras vanidades y nos replantea como humanos. Esa es la idea. Una bella novela es mucho más que una treta del lenguaje que intenta aventurarse en nuevos mundos llenos de fantasía y desparpajo. Una novela es siempre un indicio de nuestro mundo. Un poema es un coqueteo con lo real, con la emoción infantil de los primeros amores y con los dolores de las más absurdas separaciones, incluida la muerte. La literatura no busca ser dogmática imponiendo en su destino tal o cual forma de ser; ella es seducción y descubrimiento íntimo. No caben las disputas de los textos críticos cuando los poemas mismos, más que leerse, nos hablan.


Si bien el lenguaje se las vería bien por sí solo, es en la literatura donde el hombre se idea la forma de retar al silencio de la muerte y la soledad del mundo. Será por ello por lo que también cuesta leer.  


Al encuentro con un mundo distinto, el mundo que, aunque imaginado nos suena muy cercano, al encuentro con la recreación se suma, además, una cita con la palabra en todas sus posibilidades. Está descontado que, tras la lectura, nuestro vocabulario se amplía y casi comienza a manejar estantes como los de los libros en las bibliotecas. En tiempos en que nos amañamos y nos amañan al uso de las mismas palabras, el lenguaje aprendido desde la lectura nos brinda la lección de que un diálogo más rico y menos ambiguo con la cultura y los demás es siempre posible. En muchas ocasiones la ausencia de las palabras, no precisas, sino adecuadas, acentúa nuestras carencias a la hora de enfrentar la realidad. Tal como las matemáticas, tal como la música expresan el mundo desde el interior del hombre, la palabra es la herramienta humana en la que se enriquece nuestra experiencia de la vida. La poesía y la narrativa buscan llenar el vacío del que en muchas ocasiones ni nos damos cuenta: el vacío de nuestras armas para enfrentar lo triste y lo cotidiano.


Por el fervor de la lectura




En tiempos en que nos amañamos y nos amañan al uso de las mismas palabras, el lenguaje aprendido desde la lectura nos brinda la lección de que un diálogo más rico y menos ambiguo con la cultura y los demás es siempre posible.


Hasta el siglo XVII -comenta George Steiner su ensayo “El abandono de la palabra” - la esfera del lenguaje abrazaba casi la totalidad de la experiencia y de la realidad; hoy, su ámbito es mucho más estrecho. Ya no se articula con todas las modalidades principales de la acción, el pensamiento y la sensibilidad, ni tiene que ver con todas ellas [...]. El escritor de hoy -continúa- tiende a usar cada vez menos palabras y cada vez más simples, tanto porque la cultura de masas ha diluido el concepto de cultura literaria como porque la suma de realidades que el lenguaje podía expresar de forma necesaria y suficiente ha disminuido de manera alarmante.


En los libros y en la lectura se articulan, pues, nuestro ser, nuestro pasado, nuestro presente y nuestras posibilidades. La literatura recorre con detenimiento los pasillos del mundo, del hombre y del lenguaje... Es apenas necesario que nuestra cultura se reencuentre con ella, más cuando se pueden advertir sus padecimientos en las manos de quienes hacen uso de la palabra, no para confrontar, sino para evadir; no para informar, sino para hacer publicidad y propaganda; no para construir historias, sino para dejar evidentes verdades a medias.


Leer debe dejar de ser la muletilla habitual con la cual caracterizamos nuestros “hobbies”. Leer requiere un compromiso con el libro y consigo mismo, con la historia y con lo que se puede hacer por construir un día más claro. Las buenas lecturas, como los más inolvidables momentos, siempre serán una bofetada a nuestros prejuicios y veleidades. Kafka, cuando apenas empezaba a componer sus mejores obras, lo supo con mayor claridad:


Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para qué nos haga felices? Dios mío también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hagan felices. Pero lo que debemos tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro.



Las buenas lecturas, como los más inolvidables momentos, siempre serán una bofetada a nuestros prejuicios y veleidades. 



Luis Felipe Valencia Tamayo*
Manizales, Colombia.
Profesor de Literatura y Humanidades en la Universidad de Manizales


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**Las opiniones expresadas en www.librosyletras.com son responsabilidad exclusivas de su autor.


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