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El Nobel, y la "carrera de caballos"

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El Nobel, y la "carrera de caballos"


Por: Álvaro Mata Guillé*




Anotaciones:


- "Hoy se han pasado media mañana torturándome con que me darían el premio Nobel. Enseguida respondí a la editorial que el premio Nobel es ese premio que siempre se concede a otros. Al final fue otorgado a un escritor británico, Naipaul (al que dicho sea de paso, conozco de Berlín). Entretanto, he observado que considero todo el asunto un fastidio; me sentí decididamente aliviado al enterarme de que no me había tocado la catástrofe de la suerte. Eso sí, el dinero me vendría bien; pero, por otra parte, gano todo lo que necesito y me parece más honesto no poseer nada superfluo y tener que luchar para ganarme la vida... Así y todo, me quedó un mal sabor de boca, como si fuera un caballo de carrera, uno que corre con su hándicap. Le dije a Marci: yo escribo sobre Auschwitz, y a mí no me llevaron a Auschwitz para que me dieran el premio Nobel, sino para matarme; todo cuanto me ha ocurrido más allá de eso es mera anécdota. El hecho de no haber recibido el premio Nobel es tan absurdo como si lo hubiera recibido."

Imre Kertész. Traducción Adan Kovacsics


- No mucho se puede agregar
a lo dicho por Imre Kertész sobre el premio Nobel, quizá sumar, reafirmando lo que dice con su "como si fuera un caballo de carrera", las numerosas apuestas que se hacen entre unos y otros-otras sobre el nuevo ganador-ganadora que finalmente lo determinará la academia sueca. Como si se estuviera en un salón de apuestas, viendo "una carrera de caballos" o un partido de fútbol, donde el criterio es la simpatía, el fanatismo o simplemente “el yo quiero”, apuestan por uno o por otra, dejándose de lado, por supuesto, la obra de los-las autores, su pertinencia, la profundidad de lo que escribe, el pensamiento y el acontecer existencial, su vitalidad, su conversación con la historia, vacío que crece cuando el mercado editorial determina tendencias, manipula los gustos, establece estilos y contenidos, cuando la visión que prevalece se basa en el vender, en las reglas del comercio, no en editar obras literaturas.

La frivolidad también envuelve el ámbito cultural-literario, “al mundo de la poesía”, no escapándose de ello los muchos festivales (lecturas, coloquios de todo tipo, recitales, conferencias, presentaciones), los que proliferaron con el establecimiento de la pandemia y este último periodo de encierros –de alejamiento– en los cuales, en general, la literatura (la poesía) está ausente, es decir, en los eventos que se realizan no existe, porque no interesa, un vernos a nosotros-nosotras, una revisión de la condición de lo humano, de nuestras preguntas o nuestro grito, de nuestra orfandad ante el entorno que vivimos o padecemos, de nuestro sentir hacia la historia o lo que somos: cuál nuestro dolor, cuál el sentido de permanecer, por qué las sombras o la noche.

Si tuviéramos que determinar el elemento central que caracteriza a toda esta dinámica de “eventos poéticos”, “de eventos con la palabra”, “en la poesía siempre”, más allá de los lugares comunes o los estereotipos, es la sordera, el ensimismamiento, el encierro: no escuchamos, no nos escuchamos, no nos preguntamos ni preguntamos, sumergido en la presunción, la egolatría o en nuestro monólogo, sin damos cuenta u olvidando, que el universo simplemente transcurre y se apagara nuestra consciencia. Como escribe Alexis Romero en su libro La inclinación, su poema la "Realidad de la limpieza":

“y si te digo que la poesía

no es verdad

ni la verdad

ni te convencerá de las cosas

ni hará visible la nada

ni te aclarará por qué la muerte

y no la brisa

dicta y socava la elegancia del espacio

donde nunca amamos”


.

- El vocerío,
la proliferación de eventos, no han cambiado el mundo ni nos ha cambiado, tampoco nos han hecho más sabios ni más sabias, más nobles ni prudentes, ni democráticos o plurales, las guerras y la violencia continúan, cómo continúa el mundo de la indiferencia, la frivolidad y el olvido de nuestra preguntas, el olvido de nuestro tránsito y la existencia de la muerte, pues inmersos en el ensimismamiento del soliloquio que domina la época –en la normalidad del entretenimiento, el mucho ruido, en la banalización que construye la realidad, la censura y la imposibilita– se ahonda la soledad que nos envuelve, el silencio de sordos,
el que estamos más solos-solas,
se ahonda la desconfianza, el desprecio, la indolencia,el alejamiento diluyéndonos en la lejanía,
en la niebla,
en el vacío que envuelve también al canto-grito-poesía,
lo vuelve inútil.


- Necesidad de lenguaje,

no de palabras, escribía Tomas Tranströmer. Necesidad de dialogar, por ejemplo, con el silencio diría yo, con el grito que emerge de las entrañas que inunda las novelas de Imre Kertész (Sin destino, Kaddish por hijo no nacido, Fiasco, La bandera inglesa, Diario de la galera o Liquidación.) que nos confrontan, nos reencuentran, nos hacen escuchar, conversar con nuestros adentros, escucharnos, sentirnos, conmovernos, recordar nuestro exilio, el paso por el desierto como Zaratustra sumido en la cueva, en el útero donde dibujaban el tiempo, los sueños, nuestros ancestros.

- Un mundo
(es decir, una cultura) que da a Bob Dylan un premio de literatura, es una cultura que nombra a Donald Trump para presidente." (Tim Stanley)


- Estar de acuerdo o no con el canon que sigue el Nobel, un premio básicamente europeo-norteamericano, es irrelevante, pues son sus criterios y sus pautas. La Academia actúa desde siempre apegada a lo "políticamente correcto, a las reglas valorativas que estructuran la época", a lo conveniente, por eso no debe extrañar el último galardón otorgado a la poeta norteamericana Louise Glük–sin quitarle mérito a su obra– después de la suspensión del Nobel, ante las acusaciones de acoso que sufrieron algunos de sus allegados, como tampoco debe sorprendernos los criterios, tan variopintos que permiten otorgar un Nobel de la paz o posibilitan la entrega a un cantante farandulero como Bob Dylan, apego, sin duda, a la época del vaciamiento –a la época del espectáculo y el mercado– donde todo es lo mismo:

el mismo rostro, la uniformidad de la legión que invalida –pues se dejó de valorar y comprender– lo particular, lo de cada uno-una, en este caso, el trabajo particular-singular del escritor-escritora, el sentido mismo de la poesía y el porqué del arte o el canto, enlazados a la formación de lo humano, su cercanía a lo plural, a nuestra orfandad, lesionando con ello a la sociedad misma de una época en la que lo humano: nuestro sentir, lo ausente, nuestro estar de paso, es lo mismo, es cualquier cosa y no interesa:

en el mundo de las mercancías, dejó de importar la persona como persona, barbarismo que olvida lo qué somos: se empobreció el lenguaje, se derruyó el alma, siendo el canon que pertenece a la normalidad que ordena las jerarquías culturales en función del mercado, de la transfiguración de las cosas en ventas, de tal manera, que en esta uniformidad que no lee ni se deletrea, cada voz disidente que se premia se convencionaliza y también se vacía, cada expresión del horror se apaga, se adormece en el lugar común que censura o excluye cada grito, enmudeciéndolo, dejándolo de lado:

- Vladimír Holan, Ilse Alchinger, Paul Celan, Agota Kristof, César Vallejo, Inger Christensen, Jorge Luis Borges, Frank Kafka, Edmond Jabès, son algunos ejemplos de tantos-tantas.


"Convencionaliza":
alusión al vaciamiento de los referentes, a la uniformidad de los rostros inmersos en el consumo eliminando identidades, lo particular; eliminando la singularidad. Dylan, Murakami, Cortázar, una piedra, un gesto, da lo mismo en el mundo de la mercancía, como da lo mismo también otra piedra u otro-otra poeta.
Lo mismo: mercancías, indiferencias, pautas que rigen las jerarquías de la cultura de lo contemporáneo, no los de la poética o la extrañeza, no los del grito o la otredad, no los de la literatura.

Concluyamos:
Una cultura, que otorga un premio literario a un cantante, es la misma cultura –los mismos parámetros, la misma visión, las mismas pautas entronizadas en la banalización, el mundo feliz de la trivialidad, del vaciamiento y la tontería– que hizo presidente a Donald Trump.



ÁLVARO MATA GUILLÉ
*ÁLVARO MATA GUILLÉ
Poeta, ensayista, gestor cultural, dramaturgo. 
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