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Alberto Rodríguez: «El que quiera y necesite escribir, siempre sabrá robarse el tiempo»

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La enseñanza y la vida


Alberto Rodríguez, director de un célebre taller de literatura en Cali, habla sobre la “línea de sombra” entre enseñar para escribir y escribir para vivir.


Por: Pablo Concha*

Enseñar no es tarea fácil. Enseñar creación literaria, en particular el género del cuento, lo es todavía menos. Alberto Rodríguez, filósofo de la Universidad Nacional y periodista, lo ha venido haciendo desde hace casi veinte años. El taller "Écheme el cuento", fundado en 2007, una iniciativa que nació en la Casa de la Lectura de Cali y que cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura y el Banco de la República, ha sido la morada donde se han formado importantes escritores del Valle del Cauca y de nuestro país. Un taller que ha logrado ya un estatus de legendario y que siempre se ha destacado sobre la miríada de talleres que abundan en la ciudad. Rodríguez, aparte de enseñar, también escribe. 

Ha publicado los libros de cuentos Cuidado con el amor (El Tambor de Arlequín, 2010), Para cuando sepa que ha muerto (2015), Serenata para la mujer del asesino (2017), Falo de liebre (2019) y Rosa y negro (2020). Todas estas obras fueron ganadoras de Estímulos en Literatura de la Secretaría de Cultura de Cali y realizadas por la editorial Schöffer & Fust, que funciona en la Casa de la Lectura. Esta actividad simbiótica de enseñanza–escritura ha alcanzado dos logros importantes: que "Écheme el cuento" sea un espacio más dinámico, conciso y práctico, y que la ficción de Rodríguez sea más efectiva. Nada mejor que entender cualquier concepto a cabalidad -(en este caso el punto de vista, los diálogos, la trama o argumento, el diseño, etc.)- para poder enseñarlo a otros.

A continuación, una charla que tuvimos con Alberto a raíz de Rosa y negro, su más reciente título publicado.

—¿Cuánto tiempo tomó completar los cuentos de Rosa y negro? ¿Cuándo siente que un libro está ya listo?

Si por completar llamas la fecha del primer cuento contra la del último, calcula, el más viejo, “El norteño tenía los dedos amarrados a la tierra” es de mitad de los noventa. El último, “Absalón equivocado”, es de principios de 2020. En realidad no siento que el libro esté listo, porque nunca escribo pensando en hacer libros, el trabajo que me dan los personajes es suficiente. Para efectos de publicación, los libros se arman ad hoc.

—¿De dónde viene el título de Rosa y negro? No se corresponde con el título de ninguno de los relatos del conjunto, como es lo usual.

Los dos extremos de una escala de color en la literatura, el negro, muy viejo, el rosa, muy reciente. Son los límites simbólicos entre los que se mueve la literatura para abarcar todo el espectro, como el de la luz blanca, de lo humano, de lo social. Las solapas intentaron resolver la pregunta.

—Estos cuentos no se pueden encajar en un género en particular; las temáticas varían, así como el estilo. ¿Lo hace de manera consciente? ¿Le gustaría que lo asociaran con un género en especial?

No es una preocupación que haga mía: es un privilegio de los buenos lectores. Hasta donde sé, me he movido casi siempre en un mundo oscuro, entendiendo por ello no solamente un mundo criminal, sino un mundo en el que lo más importante siempre es oculto. Ojalá nadie me asociara a un género, aunque los reseñistas de contraportada se han adelantado.

—Da la impresión de que a pesar de que lleva muchísimos años viviendo en Cali (más de cuarenta), la ciudad está ausente en estas historias de Rosa y negro. No se nombra, no se recorren sus calles… ¿esto fue premeditado, accidental…?

“Silla veinte” y “El hombre que hablaba con Dios” son la cuota caleña en el libro. No porque aparezcan en el video, sino porque sin Cali no se hubieran podido escribir, especialmente “El hombre que hablaba con Dios”. No busco que mis cuentos sean la representación de una ciudad, no tengo afanes de cronista. Tampoco quiero una Santa María. Busco más que un lugar, un aire, una atmósfera, un concentrado de la condición, que matizo realistamente con datos de muchas ciudades.

—Como lector y director de talleres literarios, ¿qué cree usted que es lo más importante que debe lograr un cuento?

Lo más modesto: que el lector sea capaz de terminarlo.

Lo posible: que tenga el efecto de la realidad virtual, meter al lector a escena.

Lo más inmodesto: que para alguien terminara siendo inolvidable.

—¿Hubo algún relato de Rosa y negro que resultara especialmente difícil de escribir?

“Absalón equivocado”: Todas las complicaciones del catálogo y novedades impertinentes.

—Con tantos talleres que dirige y de los que debe estar pendiente leyendo cuentos, corrigiendo, respondiendo correos y demás, ¿cómo saca el tiempo y la energía para escribir?

El que quiera y necesite escribir y leer, siempre sabrá robarse el tiempo.

—¿Cree que el enseñar ha nutrido su escritura, o le ha ayudado a ser mejor narrador? ¿El enseñar puede ayudar a escribir mejor?

Cuando comencé a hacerlo, no lo sabía. Lo descubrí a medida que iba desentrañando la oscura y contradictoria relación de aprendizaje y enseñanza. No sería lo que soy como cuentista de no haber pasado por mis propios talleres de escritura.

—¿Cuáles son sus libros de cuentos favoritos?

Te doy cuatro cuentistas cuya obra toda me acompaña: Flannery O’Connor, Truman Capote, Roberto Bolaño y Abelardo Castillo.

—¿Cuáles son esos autores que más han influenciado su narrativa?

No podría decir si los anteriores han influido en mi literatura; sería presuponer generosamente que los leí bien. Puedo decir que de todos los que he leído, he aprendido, de los buenos y los malos, de los clásicos y los contemporáneos, de los europeos, americanos y asiáticos. Leo como autor, robando rasgos y técnica.


*Pablo Concha. Escritor colombiano. Autor de los libros de cuentos Otra Luz y La piel de las pesadillas. Colaborador literario en varios medios culturales.





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