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Los libros y otras formas de la libertad. Entrevista a Irene Vallejo sobre "El infinito en un junco"

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El infinito en un junco, la obra más reciente de Irene Vallejo, es una conversación amable llena de episodios históricos que a veces parecen construidos en la ficción, con los que la escritora y filóloga española nos lleva por una juiciosa investigación que nos une con el pasado y nos hace leer el presente de otros modos. 

Por: Juan Camilo Rincón*

Es la historia de la invención de los libros en el mundo antiguo, el recorrido de ese objeto que nació para maravillarnos o asombrarnos, y que hoy, más que nunca, reclama su lugar como sustancia de la vida y el pensamiento.

La gran biblioteca de Alejandría; el cuerpo que se convierte en lugar de escritura; el trabajo de las mujeres que alzaron sus letras en territorios que se consideraban masculinos; las tablillas sumerias que nos revelaron algunas de las primeras formas de escritura; las mujeres que cabalgaron para llevar libros a lugares remotos. Estos y muchos más episodios tienen un lugar propio en esta obra, recién llegada a las librerías colombianas en su edición de bolsillo.

Irene Vallejo estará a cargo de la charla inaugural de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2021. Además,  tendrá una conversación con Juan Esteban Constaín el sábado 7 de agosto a las 11:00 a.m. Eventos que podrán seguirse a través de las plataformas digitales de la FILBo


En El infinito en un junco usted habla del museo de la caducidad para las tecnologías. ¿Este museo podría ampliarse a los millones de libros que son desechados o se almacenan en bodegas para volverlos papel?

Es cierto que se destruyen muchos libros cada año, lo cual hace pensar en lo paradójico que resulta preguntarnos constantemente por el fin de la lectura, cuando se producen más libros que en ningún otro momento de la historia, e incluso tantos, que ni una sola persona en su vida entera podría leer los libros que se publican en una semana en el mundo. Es llamativo que en el siglo XIX y a principios del siglo XX, cuando se producían muchos menos libros que ahora, la gente se preguntaba, más bien, por los inconvenientes de leer demasiado, y ahora que producimos más libros, nos asusta la idea de no leer lo suficiente. Es una pregunta muy incisiva y acertada; igual que existen computadoras y aparatos de desecho, también hay muchos libros que jubilamos, destruimos y hacemos entrar en una rueda de reciclaje porque no somos capaces de asimilarlos. Lo que reivindico en El infinito en un junco es que no deberíamos contemplar las tecnologías y las pantallas junto a los libros como adversarios en una lucha por nuestras bibliotecas y nuestra atención, sino entender que son manifestaciones del mismo objeto que a lo largo del tiempo ha sido multiforme y versátil, con una gran capacidad de adaptación. Igual que en la Antigüedad se vivió con dos formatos de libro como el códice y el rollo, ahora aguantamos con los dispositivos electrónicos y los libros tradicionales de papel. Posiblemente el destino de ambos esté unido; deberíamos pensar en convivencia más que en competencia, y darnos cuenta de que la coexistencia de distintas opciones enriquece nuestra experiencia lectora. No tenemos que tomar una decisión, sino que podemos hacer convivir a ambos. Gracias al maravilloso objeto, como decía Umberto Eco, que es el libro tradicional, y el refuerzo que ahora suponen los libros electrónicos, las pantallas e Internet, hemos concebido la expansión más asombrosa, que nunca se había conseguido, de los libros, la multiplicación de los contextos y las posibilidades de lectura más llamativa de toda nuestra historia. 

Al leer su libro encuentro que articula temas académicos o, para algunos, lejanos, con temas del día a día, y los convierte en una conversación muy cercana con el lector. 

Intento recordar la fascinación de los cuentos que le escuchaba leer a mi madre, cuando yo era niña, antes de dormir. Así fue como me deslumbré con las leyendas de Grecia y Roma, mucho antes de estudiarlas y convertirlas en mi profesión. Yo fui primero una oyente fascinada, más que una lectora; el primer estadio fue el de la oralidad. Por eso intento ponerme en el lugar de todos aquellos que no han encontrado la ocasión de conocer, leer, sentirse acogidos en los libros, en las discusiones, en los grandes temas, en los símbolos y los mitos de la Antigüedad. Pienso cómo se los contaría yo hoy a esa niña fascinada que fui, y creo que, de alguna manera, es reivindicar el placer como motor del conocimiento. Todo aquello que consiga despertar nuestro interés y acrecentar nuestra emoción, es aquello que recordaremos. La memoria y la curiosidad están íntimamente unidas; por eso siento que es muy importante salir al camino a buscar a los lectores. Muchas veces los lectores necesitan comprender por qué lo que contamos es importante para sus vidas. Creo que en esto también hay un ápice de rebeldía porque durante todos los años de mi carrera universitaria y de mi doctorado, todo el mundo me decía que lo que estudiaba, filología clásica, era una disciplina inútil que no tenía lugar en este mundo. Por eso mis artículos y mis libros son un intento constante de rebatir aquel estribillo con el que me atormentaron durante tantos años, y demostrar con ahínco que todo lo que aprendí sí permite explicar este mundo. No da todas las respuestas, pero sí nos ofrece una perspectiva insólita con más amplitud de campo para entender quiénes somos y el mundo en el que habitamos hoy.

¿Qué piensa de los coleccionistas, las primeras ediciones, las firmas en los libros, ese contacto directo con un libro de alguien a quien admira mucho y sabe que estuvo en manos de esa persona? 

Soy poco fetichista. No colecciono primeras ediciones, no busco ese contacto con el pasado. Tengo algunos libros con los que mantengo una relación emocional, pero más por razones biográficas, no porque el libro intrínsecamente sea muy valioso. Hay un par de libros de mi infancia, de las misiones pedagógicas de la república española que llegaron a mis manos a través de mi bisabuela y tienen el sello que acredita que pertenecieron a ese impulso por llevar los libros y la educación a las aldeas más remotas. En él participaron Federico García Lorca, María Zambrano, los grandes intelectuales de nuestra etapa republicana. Hacia esos libros siento afecto, pero no experimento una sensación de posesión, de codicia. Asumo que los libros que prestas no los vas a recuperar; asumo, con mi hijo, que los libros que caen en las manos trituradoras de los niños se van a deteriorar y se van a perder. Mi biblioteca fluctúa entre la casa de mi madre y la mía, donde los libros van y vienen sin demasiado control ni supervisión. Ha habido grandes escritores bibliófilos como Umberto Eco, quien decía que la bibliofilia y el coleccionismo se convierten en pulsión y adicción. Me resulta curiosa esta reflexión que él hacía: los libros pueden ser muy valiosos, algo que la mayoría de la gente no sospecha. Contaba que una vez entraron en su casa unos ladrones y se llevaron la televisión y muchos objetos, y no cayeron en cuenta de que en las estanterías había libros que valían muchísimo más que la vivienda y que todos los aparatos. ¡Hubieran podido llevarse un solo libro! Decía: mis libros están protegidos por la ignorancia. Quizás sean posiblemente esos bibliófilos los que mejor perciben el valor y la dimensión artística que puede llegar a tener un libro. De alguna manera El infinito en un junco intenta que veamos los libros como objetos que se transparentan habitualmente. Nos referimos a las palabras, a la obra que contienen, pero somos desatentos hacia el libro como receptáculo, como objeto de la historia que contiene el hecho de que sus ilustraciones, sus materiales, pueden convertirlo en algo extremadamente valioso. Esa dimensión me parece muy interesante, y como autora que siempre me preocupo por el cuerpo de mis personajes cuando escribo ficción, he acabado considerando los libros en su materialidad, el cuerpo de las palabras, lo corporal, lo sensual de las palabras. Me gustan, los miro, los contemplo; admiro un libro hermoso en su tipografía, en su diseño, en la calidad y el gramaje del papel. Y creo además que los libros electrónicos han contribuido a mejorar el diseño, la belleza y la sensualidad de los libros de papel, que ahora tienen que ofrecer unas características atractivas y seductoras, porque la comodidad y los aspectos prácticos están quizá del lado de los libros electrónicos. Entonces, ¿qué aporta el tradicional libro en papel? Aporta belleza. 

¿Cuál es el libro más preciado en su biblioteca?

Los libros que más valoro son uno de Ibsen y uno de Wells que pertenecen a las misiones pedagógicas, y que llegaron a mi familia a través de un bisabuelo maestro rural que en una pequeña aldea de la provincia de Soria. Allí permanecen como testigos de un gran proyecto que naufragó en su momento, que sé que tuvo también ramificaciones en Latinoamérica; hubo misiones pedagógicas en México y en Uruguay, tengo entendido. Parte de la actividad a la que me he dedicado durante estas décadas, de recorrer bibliotecas, es un poco como un cómico ambulante, un feriante de otros tiempos, un músico que se echa a las carreteras con los equipos musicales; pues yo me lanzaba con los libros en el maletero a visitar bibliotecas e institutos. Sentía de alguna manera, a través de sus libros, de esos dos ejemplares que guardo, una continuidad del proyecto de llevar la cultura hasta los rincones. Me gusta sentir que no murió del todo y que seguimos intentándolo a través de programas gubernamentales, iniciativas privadas, bibliotecarias entusiastas, profesores de instituto que buscan llevar escritores a las aulas y un grupo de gente, en general anónima, preocupada por el fomento de la lectura y por devolver la vida a aquello. También tengo una primera edición de Bleak House de Dickens; fue un regalo de una persona muy querida y es la única primera edición valiosa que tengo en mi biblioteca, pero que guardo con cariño, sobre todo por su procedencia, porque tiene un origen sentimentalmente importante para mí. Más que el valor objetivo de los libros en el mercado, me importa el valor sentimental que les confiere la forma en la que han llegado a mí, o la historia personal, individual e intransferible que asocio a ellos. Quizás lo mío es más sentimental e impresionista.

Leyendo El infinito en un junco recordé el ensayo de Borges sobre las murallas y los libros, pues usted trae a colación la biblioteca de Babel y plantea que hoy es la Internet, llena de información que creemos infinita. Además de ser una bella metáfora, ¿piensa que alguna vez llegaremos a la información total? 

La abundancia de información también tiene sus peligros, como los tiene la escasez. Borges hablaba de un universo tan repleto de libros, que al final casi nadie lee. Tenemos esa tendencia a la acumulación, a buscar la abundancia, pero también necesitamos cada cierto tiempo una condensación, una síntesis. Por eso hablo de lo importantes que son las listas, pues de alguna manera establecen un programa posible y realizable dentro del caos de la abundancia desbordante. Internet está llena de clasificaciones de las diez películas que tienes que ver, de los cien libros que tienes que leer. Eso en general también respecto a los deportes, a los viajes, al arte, a todas las dimensiones humanas. Constantemente estamos estableciendo listas de lo imprescindible, de lo esencial, porque lo prolífico de toda esta abundancia a veces nos angustia. Creo que Borges era consciente de ese peligro, y es uno de los riesgos que hoy existen con Internet, y también con las librerías: son laberintos donde no siempre conseguimos lo realmente importante. Luego está la otra cuestión, la de la verdad y la mentira. Me hace gracia que ya Hesíodo, uno de los primeros autores épicos griegos, presentaba a las musas diciendo: “Nosotras sabemos decir la verdad, pero también sabemos decir muchas mentiras”. Esa dualidad también está presente en toda la discusión sobre la retórica cuando desarrollamos la ciencia de seducir y atraer a través de las palabras; las podemos usar para el bien o para el mal, para crear consensos y para exponer los problemas, o para manipular. Ha habido grandes avances tecnológicos relacionados con la información, que han venido escoltados por todos esos fantasmas de las posibilidades de manipulación, la amplificación de la mentira, la propaganda, el miedo a que lo valioso y lo esencial pasen a ser sepultados e invisibles. Es como un diamante en una cubeta de hielo; esa es la dualidad de los instrumentos de la humanidad. Cualquier cosa, desde un cuchillo hasta la palabra, pueden ser armas, pero es hermoso que, sabiendo cómo podemos utilizarlos para nuestros fines, a pesar de todo sigamos confiando en ellos y los veamos como una posibilidad de emancipación y progreso. Aunque este camino no está exento de riesgos, la historia que cuento en El infinito en un junco es la historia de un logro y una amplia bienvenida al mundo del conocimiento y el saber, que son poder, a un número creciente de personas. Cuando empieza esta historia, el saber, con sus peligros y sus ventajas, estaba en manos de unos pocos que lo utilizaban como una clase privilegiada para su beneficio, y estos siglos de historia nos han traído a un momento en el que hemos alcanzado un grado de acceso a la información como no había existido nunca. Hay que celebrar esta conquista, aunque sepamos que entraña riesgos, y que toda forma de libertad es exigente y nos pide que nos informemos, que reflexionemos más, que seamos más conscientes y más críticos. Esa es la contrapartida de ser más libres. Es una fábula llena de porvenir, una historia épica de un gran triunfo -no bélico-, sino del acceso creciente y la posibilidad de que muchas personas abandonen circunstancias muy duras y la miseria a través de los maestros, de la amplitud mental a la que acceden gracias a la educación. En el fondo, El infinito en un junco también es una historia de la educación; los libros son el vehículo de la educación. Por eso quiero terminarlo con las bibliotecarias a caballo de Kentucky, que son las que llevan los libros a la gente más pobre de un estado montañoso y abrupto de Estados Unidos. Ese es el gran arco: de los jinetes del comienzo, que iban en busca de los libros para saquearlos, a las mujeres a caballo del final, que llevan los libros allí donde no llegaban tradicionalmente, y donde el conocimiento y las posibilidades de libertad estaban vedadas. 

En el libro cuenta sobre un esclavo a quien le tatuaron un mensaje secreto en la cabeza, que quedó escondido cuando su pelo creció. Eso me hizo recordar a las mujeres negras esclavas que “tejían” en su cabeza unas trenzas que representaban los caminos para que los esclavos huyeran de sus amos. Es la cabeza como lugar de lectura. ¿Cuál es la simbología en relación con los libros?

¡No conocía esa historia; me parece maravillosa! ¡Es bellísima! Un alfabeto de nudos, de trenzas, de pelo; un mapa humano; ¡es una cosa realmente hermosa! Es eso, exactamente, la simbología del cuerpo. De hecho, el pergamino es hecho de piel y durante muchos siglos las palabras se escribían sobre piel. Los tatuajes también son una forma de convertir el cuerpo en un libro; es escribir letras indelebles sobre la página en blanco que es nuestra piel, la página no escrita. Es muy interesante es simbología constante de implicar el cuerpo en la propia lectura; de hecho, la palabra inteligencia, intelecto en latín, contiene la raíz de lectura. El lector está dentro del intelecto y lo que viene a significar es que ser inteligente es leer la realidad; es leer entre líneas lo que está sucediendo. La vida es un acto permanente de lectura y nuestro propio cuerpo está constantemente leyéndose, leyendo el mundo exterior e intentando encontrar los sentidos, los fragmentos, las relaciones de causalidad, todo eso que en realidad no sabemos si existe o si es una lectura de nuestra mente que esta sedienta de sentido. Estamos constantemente buscando formas reconocibles en las nubes, en las piedras, en los nudos de la madera, en las manchas del techo. Siempre necesitamos ver rostros, figuras inteligibles y el mundo se nos llena de letras y mensajes. Nuestro propio cuerpo también nos habla incluso a través de la enfermedad, de determinados síntomas. Es como si no pudiéramos ya entender la realidad divorciada del acto de leernos. Me parece hermosa toda esa galaxia de conceptos y ver cómo al final estamos constantemente intentando esculpir la realidad. Eso me remonta al origen, a cuando fuimos dueños del maravilloso instrumento que es la escritura y empezamos a pensar en qué superficie lo podríamos plasmar, en todas las superficies más cercanas y cotidianas, la tierra, las plantas, las cortezas, la propia piel, el barro, el humo, ahora la luz. Todas esas realidades tangibles y próximas se pusieron al servicio de esa palabra que decía Homero que necesitamos mantener. No dejamos de ver el cuerpo y el mundo como un formidable libro que estamos escribiendo constantemente. Por eso, cuando es alguien es muy transparente en su expresividad, decimos que lo leemos como un libro abierto. Esa metáfora está siempre allí, quizá desde ese momento en que empezamos diciendo que en el principio está el logos. Ahí está el origen de una visión libresca de la realidad. 


Siruela, 2021 / 452 páginas



📷Foto Irene Vallejo: James Rajotte, 2021



* Periodista, escritor e investigador cultural. Autor de Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia, y Viaje al corazón de Cortázar.


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