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A estas horas, de la vida

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Por: Amílcar Bernal Calderón.


Generalmente, cuando me da por escribir una reseña sobre el libro que leo, las cosas me salen torcidas. Es que no escribo como pienso sino como siento, tal vez porque leo con esa parte prostituta de la piel, disfrazada de ojo, cercana a una boca que tan solo pronuncia sonrisas.

Pero esta vez sí fue el colmo, porque apenas he leído el prólogo y el primer capítulo de la novela Las horas, de don Michael Cunningham, y ya estoy sentado frente a la computadora escribiendo esta nota para decir que ella, la novela, es un poema largo y bello que me divertirá como suelen hacerlo esas sonrisas sin motivo (causantes de los mejores resultados) que habitan la trastienda de los rostros más serios.

Hace algunos años vi la película basada en esta novela, dirigida por don Stephen Daldry e interpretada por Nicole Kidman, representando a doña Virginia Woolf, o por lo menos la personalidad que la autora exhibía mientras escribía la novela Mrs. Dalloway. Creo que los esquizofrénicos usan más de una personalidad para dividir su demencia entre varias más pequeñas, por gracia de las matemáticas, y de esa manera sienten que no están tan mal cuando piensan en ello entre un dolor de cabeza y el siguiente. Actuaba también Julianne Moore, en el papel de una esposa desgraciada de los años cincuenta del siglo pasado, y Meryl Streep, como una señora gay que prepara una fiesta para su amigo que agoniza de sida, papel que, para mi gusto, debió haber sido interpretado por Jeremy Irons pero se lo dieron a otro actor cuyo nombre no recuerdo y no me pongo a adivinar porque soy humano y está bien que de vez en cuando recuerde mal. ¿Estaré acaso sentado en la antesala del Alzheimer?

La película de marras es un juego magistral de tres tiempos –en el transcurso de un solo día- que lo mantiene a uno atrapado y en vilo, tanto que olvida comerse las crispetas y llega, incluso, a dejar por ahí suelta la mano de la esposa, al garete entre la perversa oscuridad, por lo que ella termina haciendo una pataleta con el argumento de que su amor es inferior a la película, en nuestro corazón, del cual la mano distraída es una metáfora.

El prólogo de la novela relata maravillosamente el suicidio de doña Virginia, el día que se metió al río con una piedra (que la llevaría al fondo de todo) en el bolsillo de un saco que le quedaba grande, como la vida. Los ríos de los suicidas deberían ser de agua tibia para que lleguen calienticos a la otra vida y no crean, los de allá, que van temblando del susto y los tilden de cobardes, lo cual restaría valor a la acción más valiente de un hombre. El primer capítulo, lleno de reflexiones y formas de ver las cosas desde el punto de vista de una intelectual hermosa y vital, narra su periplo por las calles de Nueva York en busca de las flores que adornarán su casa esa tarde, durante una fiesta para celebrar el premio de poesía que su amigo agonizante recibirá horas después.

Me libro de resumir la novela (es que, como se sabe, aún no la termino), lo cual se estila en las reseñas canónicas, porque (además de que leo con la parte prostituta de mi piel) no estudié literatura y por tanto carezco de los atributos necesarios para hacerlo como un profesional. Pero eso no me derrota pues sé que toda ella, la novela, será un verdadero poema: sospecho que la poesía es tan subjetiva que cada uno la interpreta como le viene bien; o, incluso los trágicos, como les viene mal, lo cual también es divertido si se mira desde el lado opaco del espejo. Les recomiendo la novela y la película (de nada, fue con mucho gusto, estoy para servirles, no faltaba más), y me doy mutis pues me dispongo a entrarle al capítulo segundo, lo que es más importante que estar hablando con el fantasma de ustedes en esta noche fría y húmeda como el agua del río que se tragó a doña Virginia Woolf.




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