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Sobre el trabajo intelectual

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Por: Amílcar Bernal Calderón


Habíamos convenido que si alguna vez uno de nosotros necesitaba compañía porque estaba en un problema serio (además de sin dinero, lo que no era un problema sino una característica común, tan común como respirar vidrio molido), marcaría al celular del otro y colgaría de inmediato, antes de recibir respuesta, para que se le devolviera la llamada.

Esa mañana su conato de llamada entró mientras yo estaba apoltronado en la sala leyendo la novela del día, por lo que coloqué el separador en la página en que iba, me enderecé para atenuar el dolor de espalda que suele acompañar mis lecturas, miré la hora en el reloj del microondas, bebí el cuncho frío de la infusión con que había despedido el desayuno y le marqué.

Me preguntó qué estaba leyendo y le dije que dentro del ranking de las mejores novelas, para mí, figuraban aquellas cuyos episodios transcurren en las aulas universitarias, y sus protagonistas son profesores de literatura que se debaten entre la necesidad de escribir un artículo, un libro, una monografía, y averiguar lo que hacen sus colegas para robarles la idea o colaborarles con un consejo que les haga ver la inutilidad de su propósito. Se sabe que la envidia es la mejor materia que dominan estos personajes. “¿Cómo cuáles?”, me preguntó tal vez mirando el borde de la acera para evitar un contratiempo de los que más que con el tiempo tienen que ver con el espacio, como una caída en medio de la calle sin rotura de reloj. “Como La velocidad de la luz, de don Javier Cercas”, le contesté, “El camino de Ida, de don Ricardo Piglia y, entre otros, Un asesinato literario, de doña Bayta Gur”, que en ese momento leía sedimentado (un polvo que no eres y el que no te habrás de convertir) en el sofá de la sala de mi casa, con la cabeza apoyada en un descansabrazos, los pies en el de enfrente y la espalda doblada como una varilla de gelatina, lo cual aclaro para poner en contexto a quienes llegaron tarde a esta narración. Mi respuesta dio pábulo a una disquisición sobre el trabajo intelectual y su diferencia filosófica (de filosofía barata) con el trabajo de quienes pican piedra o levantan edificios que luego la indiferencia derrumba.

Cuando le pregunté qué leía y qué hacía en ese momento, me contestó que Los autonautas de la cosmopista, de don Julio Cortázar, se explayó en la importancia de teorizar acerca de una hilera de hormigas que se tomaron uno de los paraderos de la autopista entre París y Marsella, la enfermedad de doña Carol Dunlop y otros tópicos relativos al metalenguaje utilizado por el citado escritor. Y dijo, para contestar lo segundo, que estaba en el centro de la ciudad adonde había ido a visitar a un amigo que le debía una plata y había prometido pagarle ese día. Su mujer trabajaba en la traducción de una novela alemana que aún no le pagaban, él había dictado una conferencia que le habían quedado debiendo y, en consecuencia, en su casa no había con qué comprar lo del almuerzo.

Pero que el bellaco que le iba a pagar la deuda no le abrió la puerta, así que después de insistir una media hora decidió cambiar sus planes. Iba caminando mientras pensaba qué hacer cuando recordó que no tenía dinero para pagar el bus de vuelta a su casa, bastante lejos, y decidió llamarme para ver qué opinaba de todo esto. Yo opiné que afortunadamente por ahí cerca quedaba la biblioteca pública, adonde podía entrar a buscar un libro de don Antonio Tabucchi, o un ensayo, qué se yo, que versaba sobre la posición de los intelectuales en la sociedad, o algo así, lo que podría servirnos para gastar unos minutos de celular en su próxima llamada. Y me excusé por colgar tan abruptamente pues quería ir a mirar mi billetera, no fuera que no me quedara con qué pagar mi almuerzo.


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