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Un café en Buenos Aires con Sebastián Elesgaray

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No. 7283 Bogotá, Domingo 20 de Diciembre del 2015


Un café en Buenos Aires con Sebastián Elesgaray



Por: Pablo Di Marco / Especial para Libros & Letras desde Argentina.

“Intento ser escritor por mis escritos, y no por mi capacidad de gritar que escribo”, me dijo Sebastián Elesgaray una tarde de diciembre, y de inmediato supe que la entrevista valdría la pena. Me pareció una reflexión saludable en tiempos en que los escritores se muestran más interesados en crear un personaje en torno a sí mismos que en escribir, un buen punto de partida para conversar sobre lo que nos apasiona y —a veces también— enloquece: la escritura y la lectura.

—Pocos lectores imaginan que la tarea del escritor no se limita a escribir. La gran mayoría de los escritores también se ven obligados a trabajar de agentes literarios de sí mismos. ¿Cómo te llevás con esa faceta de tu trabajo? 

S: Es como el tomate: no me fascina, no me encanta; pero sé que de vez en cuando no me va a hacer mal meterlo en alguna ensalada y comerlo. En el caso de hacer de agente literario, pasa algo parecido: no me llena de alegría, pero sé que es algo en lo que hay que estar atento. Por un lado, la charla editorial y el envío de mails son una realidad. Por otro, tal vez la más importante, requiere el esfuerzo de comunicar y hacer llegar al lector potencial tu novela. Me manejo mucho en las redes sociales, siempre estoy subiendo lo que hago. Pero a la vez, trato de no apabullar, trato de no insistir; porque si me tiré un pedo literario no a todos les va a interesar. Intento ser escritor por mis escritos, no escritor por mi excesiva capacidad de gritar que escribo. Sin embargo, en general me llevo bien. Me gusta hablar de lo que hago (supongo que, en mayor o menor medida, a todo escritor le gusta). Por ahí soy un poco tímido en el cara a cara, cuando toca plantarse en alguna convención o reunión.

—¿La gran aceptación que tuvo Tierra de nadie es un aliciente o una presión a la hora de sentarte a escribir una nueva novela?

S: Creo que es imposible gustar a todo el mundo, siempre quedará alguien a quien lo que uno escribe no le fascina o no termina de convencerlo. Me pasa a mí con novelas que son consideradas obras maestras (por ejemplo, El Anatomista de Andahazi). Por eso en una primera etapa escribo pensando en todo lo interesante que puede salir de esa historia, y en cómo llevarla a buen puerto. Ahí está el aliciente, en saber que si hubo una buena aceptación de una primera novela, tranquilamente puede haber razones para una segunda. La presión viene después, cuando tenés que corregir y te das cuenta de que caíste en las mismas trampas que la primera vez. Sin embargo, no puedo considerar sentirme presionado por los lectores. Sería como una relación de pareja malsana, donde todo el tiempo estás pensando en cómo hacer las cosas bien para no defraudarla o defraudarlo. Creo que lo ideal es el fluir, el contar todo como se siente y de la manera más honesta. Obvio que tenemos que saber que eso va a un lector, y es ahí donde aparece la honestidad. Pero no podemos entenderlos y hablar con todos, por lo que las disidencias van a aparecer, y hay que convivir con ellas.

—Se suele hablar de todo lo que la escritura brinda, pero nunca de todo lo que la escritura quita. Por ejemplo: yo perdí al lector inocente (Cortázar, extrañamente, lo llamaba “lector-hembra”). En la mayoría de los casos suelo estar más pendiente del modo en que cada autor utiliza sus trucos y herramientas que del simple disfrute de leer. ¿Te pasa lo mismo o debo comenzar terapia?

S: Arrancá terapia y llevale Tríptico del desamparo para que te hagan un descuento, jajaja. Al año de estudiar cine, cada vez que me juntaba con mis amigos a ver una película, me pasaba que entendía muchas más cuestiones y las hacía notar a la hora de comentarla. Eso pasó un tiempo, hasta que un amigo me dijo: “Debe ser horrible para vos ver una peli ahora, porque le sacás las mañas y los errores”. Ahí entendí que hay que relajarse, tratar de no perder esa inocencia, como decís, porque se pierde el disfrute y después aparecen todo tipo de resentimientos. Al día de hoy intento vislumbrar esos trucos del escritor que tengo en las manos (no literalmente), y la emoción muchas veces cambia, porque me sorprendo al decir: “¡Qué bien la hizo!” Disfruto leyendo, y disfruto vislumbrando esos trucos, esos matices y herramientas que el escritor utilizó. Por lo general discurren por caminos separados o a veces se juntan. No creo haber perdido al lector inocente, creo que mutó en algo que podría llamar lector consciente, lector “un poco más atento”.

—Tengo entendido que salió un cuento tuyo en la antología Chupacirios (Ed. Pelos de punta). ¿Qué me podés contar?

S: 'Pelos de Punta' es un proyecto que surge de la mano de tres personas: Narciso Rossi, Ruben Risso y Luciana Baca. Tan simple como tres amigos que se juntaron para difundir autores nacionales y decidieron armar una editorial. Me convocaron por intermedio de Esteban Dilo, y estoy muy contento de haber participado en el cuarto tomo de la antología de cuentos que están publicando. La consigna era escribir sobre la mujer en el marco de la religión, siempre apuntando al terror, que es su género predilecto. Mi cuento se llama 'Curas', y habla un poquito de la hipocresía y de que tan boludo se puede ser a veces por meterse con lo que no conviene. Espero que lo lean, porque más allá del cuento, el trabajo de Pelos de Punta como editorial es impecable y muy interesante respecto a la difusión de la literatura nacional.



—Sos de esos escritores interesados con contar su ciudad. ¿Qué le aporta La Plata a tus escritos?

S: Creo que La Plata le aporta a Argentina. Siempre que me preguntan por Tierra de Nadie, digo lo mismo: quería contar una historia post-apocalíptica en el marco de nuestro país, con personajes que se pudieran sentir como propios. Si bien a algunos lectores les chocaron los “che”, los “boludo” y los voseos, hubo una buena recepción al respecto. Desde ese lugar, La Plata me sirve como referencia. Le aporta lo que conozco. No quería hablar de una ciudad en la que nunca hubiera estado. Los edificios emblemáticos como el Pasaje Dardo Rocha y el Palacio Municipal son un punto de anclaje, una forma de hacer sentir al lector el lugar en el que estoy, desde donde escribo para hacerle llegar mis intenciones.

—Participaste de talleres literarios dictados por Liliana Bodoc. ¿Cómo fue esa experiencia?

S: Al igual que Leo Batic, Liliana es una persona que no tiene ningún reparo en compartir todo lo que sabe. Con esa premisa, la experiencia es de lo mejor. Lo único malo fue que, al ser taller intensivo, suelen durar poco. Liliana suele partir de una base concreta, como puede ser un hecho histórico o un cuento de otro autor. Desde ahí se trabaja la intertextualidad, el intercambio con esa premisa para producir algo propio. Resulta enriquecedor, porque muchas veces tenemos miedo o creemos que vamos a copiar un estilo o una historia, cuando en realidad es inevitable que surja algo propio por el solo hecho de que es nuestro. Después están los momentos de devolución, el diálogo, que es otra instancia genial en la que participan todos y Liliana pasa a ser una coordinadora, más allá de brindar su aporte.

—Recibo sanguinarias amenazas de los lectores de Un café en Buenos Aires cada vez que no hago “la pregunta de Vargas Llosa”, así que acá va: alguna vez Vargas Llosa dijo que el día más triste de su vida fue cuando Jean Valjean murió en Los miserables. ¿Cuál fue el día más feliz de tu vida, Sebastián? 

S: Fueron muchos, pero creo que me quedo con esa felicidad amarga de cuando Bobby y Carol se reencuentran al final de ‘Corazones en la Atlántida’, de Stephen King.



—Ahora la última, Sebastián: te regalo la posibilidad de invitar a tomar un café a cualquier artista de cualquier época. Contame quién sería, a qué bar lo llevarías, y qué pregunta le harías.


S: ¿Artista? Me tomaría un café con Kubrick sin dudarlo. Lo llevaría a una cervecería y le preguntaría: ¿Cómo carajo hiciste?

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