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Gregor Samsa cumple 100 años

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Por: Andrés Gómez Bravo / Tomado de La Tercera / Chile. En diciembre de 1915 se publicaba La metamorfosis, la obra más célebre e influyente de Franz Kafka. Un relato breve y pesadillesco de alcances enormes.

Franz Kafka miraba el techo. Estaba en la cama de su habitación, en el departamento familiar en el centro de Praga. Era domingo, el 17 de noviembre de 1912. Kafka no tenía ánimos de levantarse. El día estaba gris y frío, y acaso más para el joven funcionario de seguros: su proyecto de novela El desaparecido no avanzaba, después de semanas de trabajo había perdido la energía. Y sentía que su relación con Felice Bauer, la mujer de la que se había enamorado, tampoco prosperaba. Felice estaba en Berlín y Franz no había recibido noticias suyas. Desde su habitación Kafka podía escuchar el trajín de su familia, reunida para desayunar, pero él no tenía ganas de nada. 

Esa tarde, mientras miraba las paredes de su dormitorio, en el cuarto piso del edificio, y esperaba al cartero, comenzó a sentirse un bicharraco. Comenzó a dar forma a un relato que lo distraería de su proyecto de novela, a la larga inacabada (se publicaría en forma póstuma como América), y que se convertiría en una de las obras maestras del siglo XX.

“Al despertar Gregor Samsa una mañana de un sueño intranquilo, se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto”. Estas líneas acaso sean uno de los comienzos más célebres y perturbadores de la literatura. “Estaba tendido sobre su espalda dura, como blindada, y al levantar la cabeza un poco, pudo ver su vientre oscuro y abombado, dividido en callosidades onduladas, cuya altura apenas si podía sostener la colcha, a punto de escurrirse del todo. Sus numerosas patas, lastimosamente delgadas comparadas con el resto de su cuerpo, se agitaban imponentes ante su cuerpo”.

Semanas antes de Navidad, el 7 de diciembre de 1912, Kafka había terminado su relato. En 21 días, y sin sospecharlo, había escrito una de las grandes obras de su tiempo: una novela corta con la fuerza de una pesadilla real, un relato cubierto de horror que sembraba preguntas y venía a inaugurar el modernismo narrativo. Lo tituló Die Verwandlung (“La transformación”), que se traduciría como La metamorfosis.

Pero aun tendría que esperar tres años antes de verlo publicado: en octubre de 1915, en el primer año de la Gran Guerra, apareció en la revista Die weissen Blätter y en diciembre del mismo año fue editado por el sello Kurt Wolff, en Leipzig.

“Según testimonio de un amigo suyo, Kafka consideraba humorístico este relato. Y en efecto, ¿cómo podríamos considerarlo trágico, o siquiera patético? ¿Acaso alguien se ha transformado en insecto alguna vez?”, se pregunta el argentino César Aira en el prólogo a su propia traducción del libro. Su versión de La metamorfosis es recogida ahora en una edición aniversario por Libros del Zorro Rojo, con ilustraciones de Luis Scafatfi. Ediciones Nórdica también publica un volumen ilustrado, con dibujos de Antonio Santos y una nueva traducción de Isabel Hernández.

Ambos libros vienen a engrosar la bibliografía infinita sobre Kafka: prácticamente un género en sí mismo que crece como un laberinto y donde hay desde ensayos freudianos según los cuales La metamorfosis no es sino una transformación del conflicto con el padre, el síndrome de Edipo de Kafka, hasta lecturas desde el existencialismo, el judaísmo y la filosofía política (Benjamin, Arendt, Deleuze).

Si se introduce el nombre de Kafka en el buscador de Google, arroja 22 millones de resultados. Una muestra numérica de la influencia del escritor que nació en Praga en 1883 y murió en un sanatorio de la misma ciudad en 1924, a los 40 años, producto de tuberculosis y con la sensación de un rotundo fracaso: en vida sólo logró publicar un puñado de relatos. Sus tres grandes novelas (El proceso, El castillo y América) quedaron inéditas e inconclusas; se publicaron en forma póstuma gracias a su amigo Max Brod, quien no cumplió su deseo de quemar sus papeles.

Las resonancias de Kafka y de La metamorfosis van de Borges a Milan Kundera y Haruki Murakami. En sus memorias, Gabriel García Márquez recuerda el día en que leyó la historia de Samsa: “Fue una revelación”.

Un campo de ruinas


“Es el escritor más grande de nuestro tiempo. A su lado, poetas como Rilke o novelistas como Thomas Mann son enanos o santos de escayola”, declaraba Vladimir Nabokov. Pero en 1912 Kafka se sentía enano, o al menos sentía que su talento estaba condenado al enanismo. 

Hijo de comerciantes judíos, trabajaba en el Instituto de Seguros de Accidentes del Trabajo y vivía en un departamento con sus padres y sus tres hermanas. Vivían estrechos, dominados por la voz omnipresente del padre, en un hogar donde los temas del negocio familiar (una tienda de accesorios) y sus vaivenes económicos eran el centro de atención. Nada podía interesarle menos al único hijo varón de los Kafka: el eje de su vida era la literatura.

“Mi vida, en el fondo, consiste y ha consistido siempre en intentos de escribir, en su mayoría fracasados. Pero el no escribir me hacía estar por los suelos, para ser barrido”, le escribía en noviembre de 1912 a Felice Bauer. Días después comenzaba a escribir La metamorfosis, precisamente con la imagen de una criatura que puede ser barrida: un insecto.

“Vivo en medio de mi familia”, escribiría, “más extraño que un extraño”. Y algo de eso se traduce en la transformación de Samsa: un hombre sin rostro, un funcionario anónimo con una vida plana, sometido al padre, que trabaja para cubrir las deudas de la familia y al que, tras convertirse en escarabajo, ésta empuja a la calle. Desde luego, en las 70 páginas de La metamorfosis hay mucho más: horror, humor, angustia y un notable arte literario.

Según su biógrafo Reiner Stach, Kafka dejó 20 páginas inacabadas por cada una que terminó. En ese sentido, “Kafka dejó tras de sí un campo de ruinas”. Pero ruinas notables, entre las que se mueven insectos magníficos que sobreviven a todas las épocas. Como escribió Roberto Bolaño en uno de sus cuentos: “Soñé que la Tierra se acababa. Y que el único ser humano que contemplaba el final era Franz Kafka. En el cielo los Titanes luchaban a muerte. Desde un asiento de hierro forjado del parque de Nueva York, Kafka veía arder el mundo”.

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