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Con los ojos bien abiertos

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Saúl Álvarez

Una carambola a “tres bandas”


Tomado de Marginalia

Una carambola a “tres bandas” me recuerda a Saturnino Ramírez, pintor santandereano, que dedicó buena parte de su obra a los personajes, las luces y las sombras que habitan los salones de billar, inmensas naves en penumbra donde se juega, se apuesta, se pierde y, a veces, también se gana.

Una carambola a “tres bandas” se inicia cuando la bola elegida para lanzar la jugada toca tres bandas antes de golpear las otras dos: … El hombre no era retador de oficio pero se atrevió a decir a los apostadores del billar que no había otro mejor que él para la carambola “tres bandas”. Soy infalible, dijo, y para comprobarlo retó al primero que encontró porque estaba seguro de ganar, pero no de pagar, si perdía. No ignoraba que la represalia por incumplimiento de una apuesta era mayor que la pérdida. El apostador aceptó el reto y colocó sobre el paño verde las dos bolas blancas (una con punto, la otra limpia) y la roja. La jugada demanda pericia y ejecución con pulso. Cuando las bolas estuvieron en su lugar el retador las estudió desde todos ángulos con detenimiento. Las consideró desde arriba y también a ras. Se alejó, regresó, meditó. Analizó la posición. Hizo dos giros completos alrededor de la mesa. Por fin, cuando creyó que estaba listo, recostó el cuerpo de medio lado sobre uno de los costados largos de la mesa. Pasó el taco entre su espalda y la mesa, las manos al revés. Apuntó, retuvo la respiración y midió el recorrido con la mirada, entonces dio un golpe seco, ni fuerte ni suave, seco, en la parte superior izquierda de la bola blanca, sin punto, elegida por el apostador del billar para iniciar la jugada. Al impulso del taco la bola giró hacia la derecha sobre su eje y se deslizó paralela a la banda forrada con paño verde y alma de caucho que devuelve lo que choque contra ella.
El choque contra el lado corto de la mesa pareció redoblar el impulso. Por causa del giro hacia la derecha, la bola rebotó en el costado opuesto con fuerza suficiente para cruzar la mesa por el centro, en diagonal, hasta las bandas en la esquina más alejada. Mientras la bola hacía su recorrido, el retador adoptó la posición clásica de los jugadores de billar: los hombros caídos, los ojos, sin pestañear, siguiendo el movimiento de la bola blanca sobre el paño verde; el brazo derecho cruzado sobre el pecho y la mano, cerca a la punta del taco, lo sostiene y sirve de apoyo al cuerpo. El codo del brazo izquierdo hace ángulo recto con el antebrazo y la otra mano, casi siempre cerrada para mitigar la fuerza que hace el corazón en cada jugada, sube hasta la cara, deja espacio suficiente para apoyar el mentón y, cuando algo inesperado, a favor o en contra, sucede, tapa la boca.

La penumbra domina el salón. Las lámparas de luz azul, luz del día, iluminan el paño verde igual en todas las mesas. Su resplandor no va más allá del límite de cada mesa. Desde el lugar donde se encuentra el retador, la fila interminable de mesas y lámparas bajas, treinta o más, semejan días que despuntan. Siluetas difíciles de identificar se mueven al alrededor o se apoyan en sus tacos. En la penumbra densa por el humo de los cigarrillos sólo se escucha el “tás-tás” de las bolas al chocar.

La bola blanca, sin punto, llegó con fuerza suficiente a la banda corta opuesta y rebotó en el sentido del giro en dirección de las otras bolas, la blanca con punto y la roja. La bola blanca, sin punto, golpeó la primera que encontró en su trayectoria, sólo el punto las diferenciaba. La golpeó de frente y la desplazó hacia el centro de la mesa. El choque fue más fuerte de lo previsto y disminuyó el impulso de la blanca, sin punto. El retador, aferrado al taco con la mano derecha y con la izquierda pegada a la boca, se mordió. Supo en ese momento que la bola blanca, sin punto, no tendría impulso suficiente para llegar hasta la bola roja. El apostador que aceptó el reto, pensó lo mismo pero obró distinto, respiró hondo, la pérdida de velocidad era la confirmación de la ganancia.

La bola blanca, sin punto, se detuvo a una luz de la roja que permaneció inmóvil. Cuando las tres bolas, dos blancas, una de ellas sin punto, y otra roja, quedaron donde ya no hubo impulso o golpes que las cambiaran de lugar, los presentes levantaron los ojos del paño verde hacia el retador y sólo encontraron el taco recostado contra la pared. Había partido…

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