Quantcast
Channel: Libros y Letras
Viewing all articles
Browse latest Browse all 14558

Samuel Jaramillo presenta su más reciente novela

0
0
No. 7219 Bogotá, Viernes 16 de Octubre del 2015


Samuel Jaramillo presenta su más reciente novela


Dime si en la cordillera sopla el viento

Por: Jorge Consuegra

Samuel Jaramillo



- Dime si en la cordillera sopla el viento su nueva novela, habla simultáneamente de muchas cosas, tiene muchas líneas argumentales que ocurren en diferentes momentos. Después de la lectura se tiene la sensación que el eje narrativo central puede cambiar de acuerdo a como el texto avanza. ¿Es esto algo deliberado?

- Todo texto literario, desde luego si es exitoso, tiene varias dimensiones y varios sentidos. La narración no solamente se propone informar sobre unos hechos, sino proporcionarle al lector la oportunidad de experimentar, de vivir los acontecimientos narrados, así sea de una manera ilusoria, literaria. La experiencia vital es por definición multiforme y por ello el texto narrativo también lo es. 

Estas diversas dimensiones, no obstante, se combinan en la novela con una cierta lógica formal. Esto se vuelve más inteligible si se examina los componentes de la novela. Ella comienza con la presentación al lector de una fotografía que es examinada de manera minuciosa. En ella hay tres jovencitas que miran al observador y que son muy jóvenes, muy bellas, están muy elegantes, y muy felices. Parecen ser hermanas. Se conoce con exactitud las coordenadas espacio temporales de esta imagen. Sabemos que la fotografía fue tomada a finales del año 1947, en una hacienda en las estribaciones de la cordillera central, en los límites de los departamentos de Huila, Tolima y Cauca. Una primera parte de la novela gira alrededor de esta imagen que sirve de ancla a la narración: en la primera sección el relato se mueve alrededor de encontrarle sentido a esta imagen. Sabemos que se trata de una boda, que la hermandad de las muchachas que vemos es problemática. Toda sociedad, por lo menos las que han existido hasta el momento, tiene dispositivos para para hacer explícita la ubicación de los individuos en la escala social. Y las aristocracias provincianas nuestras tienen procedimientos especialmente mezquinos al respecto. Esta familia, cuya posición está en el límite del reconocimiento de hacer parte de la élite y cuya posición es inestable, lucha por contrarrestar estos mecanismos de exclusión. La boda en cuestión tiene en esta estrategia un papel central. 

Pero esta historia familiar, privada se entrelaza con acontecimientos macrosociales. En este caso uno de gran envergadura, que es lo que los colombianos conocemos como La Violencia, que se desarrolla en estos años. Esta familia, de la que el lector se entera de los personajes que la conforman, sus antecedentes, sus dinámicas interpersonales, tiene una actitud inicial frente a este proceso histórico avasallador que puede ser reconocido en la actualidad: la negación. Aunque los hechos violentos ya venían desarrollándose y se tenía noticia de ellos esta familia decide ignorarlos. Estiman que esos horrores suceden en lugares distantes, que quienes los rodean son gente pacífica y que ellos mismos son apreciados y no sufrirán ninguna agresión. La segunda parte de la novela muestra como ese proceso general que es avasallador va invadiendo progresivamente la historia privada de los individuos de esa familia y termina por atropellarlos. En cierta manera, la actitud de estos personajes de ignorar la violencia los torna especialmente vulnerables ante ella.

- Se trata entonces de otra novela sobre la Violencia de los años cincuenta. ¿No se trata de un tema ya muy visitado por nuestra narrativa?

- En la historia de los países hay acontecimientos cruciales que marcan sus desarrollos posteriores de manera crucial y cuya interpretación se renueva y se replantea de forma recurrente. La literatura y también las ciencias sociales lo retoman una y otra vez, no como repetición, sino como objeto de exploración renovada. La Guerra Civil Española sigue siendo contada una y otra vez por los narradores españoles de hoy, o la Revolución Mexicana por los mexicanos, o la Segunda Guerra Mundial por los estadinenses. En la novela sin embargo no solamente se recrean estos acontecimientos, sino que ellos son referidos por un narrador que tiene una perspectiva desde nuestro tiempo. Entre otras cosas, a mí me interesa la comparación y el contraste entre la Violencia de esa época y la que desafortunadamente vivimos actualmente.

Uno de estos temas tiene que ver con lo siguiente. Se ha vuelto un lugar común entre nosotros afirmar que nuestra historia no es otra cosas que la sucesión de violencia que finalmente son la misma y que nos acompañan desde el principio de los tiempos. Que la violencia de hoy es la misma que la de la pugna interpartidista de los años cuarenta y cincuenta, y la misma que las de las guerras civiles del siglo XIX y la misma que la de la Guerra de la Independencia y así hasta la época de la Conquista. Esto no solamente es inexacto, sino que es inmovilizante. Como en todos los países, la violencia siempre ha estado presente entre nosotros, pero no se trata de un continuo indiferenciado. Hemos tenido fases de agudización de hechos sangrientos y etapas de apaciguamiento relativo en las que no somos más violentos que otros países. Y cada una de estas eclosiones de barbarie tienen características diferentes.

La violencia de los años cuarenta tuvo un fundamento ideológico: se enfrentaban dos maeras de ver el mundo entre el clericalismo conservador y autoritario y el liberalismo laico y más libertario, así su evolución los haya imbricado con otros determinantes. Era un acontecimiento un poco anacrónico, pues estos enfrentamientos eran generalizados en el mundo en el siglo XIX y entre nosotros durante hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Y su escala era claramente nacional. El torbellino actual de violencia, en cambio, tiene raíces mundiales: el narcotráfico es por definición un fenómeno global. Y los agentes que despojan a los campesinos de sus tierras son multinacionales madereras, mineras, petroleras, de agro-exportación. Su dinámica rebasa en buena medida las posibilidades de acción de nuestro precario Estado nacional. Y esta violencia yo tiene nada de inercial. Es algo bien del presente, e incluso del futuro. Quienes nos observan desde los países centrales, incluso quienes nos miran con simpatía, a menudo atribuyen nuestras tribulaciones a que Colombia tiene un déficit de democracia, y no ha logrado completar etapas por las que ellos ya han pasado. Están equivocados. Nuestros problemas emergen de las contradicciones del capitalismo actual que se manifiestan precozmente entre nosotros. Más que algo perteneciente al pasado deberían leer entre nosotros los riesgos que los acechan en su futuro. Un ejemplo: nuestras clases dominantes, ante los primeros embates de una violencia que se revelaba indomeñable, decidieron confinarla en la periferia, y desarrollar en el centro un capitalismo moderado y estable. La violencia no permaneció en el extrarradio sino que creció y se volvió un incendio ingobernable. En el mundo las clases dominantes planetarias se plantean algo similar: hacer sociedades equilibradas afluentes y tolerantes, protegidas ahora incluso por muros físicos, y dejar que se maten y se destrocen los periféricos en los confines. No vaya a ser que lo que está pasando en Colombia pase también en mundo mañana, o incluso hoy mismo.

Samuel Jaramillo en Atenas


- Pero, deben existir algunos elementos en común.

- Ciertamente y mirarlos en el pasado quizás nos den luces para entender el presente. He mencionado un asunto que aparece en el relato de hace medio siglo y que hoy tiene una gran vigencia: la actitud frente a la violencia. En esto los colombianos estamos ante una aporía que no tiene una fácil solución. A veces nuestros amigos extranjeros nos reclaman que nosotros quizás nos hemos acostumbrado la violencia, pues pretendemos desarrollar vidas normales ignorando los horrores que nos rodean. Como esta familia en la cordillera central que se negaba a sacar las conclusiones de las noticias del conflicto que se les venía encima. Incluso muchos colegas escritores se quejan de que sienten una presión por escribir sobre la guerra y reclaman el derecho de ocuparse de otros asuntos. Quisieran escribir como Borges o ser intimistas o explorar en las dinámicas desencadenadas por las nuevas tecnologías. Algunos piensan que esto es algo parecido al escapismo. En la novela hay un personaje que reflexiona sobre este asunto: ante los pedidos de sus familiares de que tome las medidas que corresponden a una oleada de amenazas creciente y devastadora, que consisten en emigrar, él señala que seguir desarrollando su vida de manera normal es incluso un acto de resistencia, Precisamente lo que los violentos pretenden es que no se actúe sino en función de sus agresiones y brutalidades. Ignorarlos es combatir sus propósitos. 

Dicho esto sin embargo, habría que pensar en el sentido contrario. Se tiene todo el derecho a escribir sobre cualquier cosa. Pero abordar las mil maneras en que se manifiestan estos conflictos, intentar comprenderlos, más que denunciarlos, es algo sin duda sucesivo. La literatura en esto tiene un compromiso, porque puede ser más eficaz que otras aproximaciones.

- Dime si en la cordillera sopla el viento es muy gil y legible, y captura la atención del lector que siempre quiere saber qué sucede en las páginas siguientes. Y al mismo tiempo tiene mecanismos formales sofisticados y complejos. ¿Se dirige a varios tipos de lectores?

- Es lo que espero, no sé si lo logre. Los refinamientos formales a los que aludes no son gratuitos. Responden a que de manera paralela al relato de las historias ya referidas, la novela explora en otras dimensiones. Una de ellas es Quien narra es en realidad un personaje de la novela. Al principio es casi transparente, pero va tomando cuerpo a medida que va filtrando pistas sobre su vida y finalmente es uno de los personajes centrales. Es un hijo de una de las muchachas de la fotografía, un hombre de una edad parecida a la mía y que narra desde el presente. Se propone reconstruir esta historia familiar, más que para buscar la verdad detrás de ellas, algo elusivo y quizás imposible, lo que se propone es comprender como se estructuran estos relatos colectivos para adquirir sentido, algo indispensable para vivir el presente. Busca en las distintas versiones de diferentes personajes, en otras fuentes alternas. Y participa al lector de esta empresa. Discute con él, le consulta diversas interpretaciones, incluso hace algo similar con los personajes.

Y este narrador indaga sobre otro asunto relacionado, pero distinto. Se pregunta sobre la manera como se construye el relato. Cómo toma cuerpo la narración literaria. También en esto el narrador hace partícipe al lector de estas inquietudes. La estructura de esta novela, las decisiones formales quetoma el narrador están asociadas a estas consideraciones. 

Para muchos los acontecimientos que conforman la existencia humana son una masa intrincada y continua de acontecimientos que se deslizan indiferenciadamente a lo largo del tiempo. Pero el narrador no los puede contar de esa manera. Tiene que darles forma. Y la narración tiene leyes perentorias sobre esa forma que no son fáciles de desobedecer a riesgo de fracasar en la construcción de un relato legible. Pero, ¿de dónde surgen estas leyes, estas pautas tan exigentes? Una posibilidad es que esto se desprenda de la estructura yl as limitaciones de nuestra mente. El que cuenta tiene que ordenar los hechos contados de una manera que se adecúe a las posibilidades relativamente simplificadoras de nuestro cerebro. Es la hipótesis de algunos lingüistas estructuralistas, como Julien Greimas. Pero en la novela se avanza otra posibilidad. Es factible que estas normas no sean una simplificación de la mente humana sino una característica estructural de los hechos mismos. Ellos no son informes. Tienen forma. En este caso lo que busca el narrador es una forma del relato que se adapte a la forma de lo contado. No inventa las formas. Las descubre. Y, claro, puede acertar o fracasar en ese intento.

Algunas de las decisiones formales de la novela responden a estas consideraciones. Ya hemos visto el papel de la imagen de las tres muchachas que inaugura el relato. Es el eje del relato y las distintas líneas subordinadas van y viene alrededor de esta fotografía. Ella va acumulando sentido a lo largo de las páginas de la novela y retorna para su remate, provista una significación reforzada. 

Otra decisión formal. Si en la historia los acontecimientos no son un fluir conyinuo e indiferenciado, los hechos tienen límites, como los cuerpos tienen bordes espaciales. En la novela lo contado en la segunda parte empieza y concluye con dos hechos que son sus fronteras. Aparentemente son eventos muy distintos. Pero el narrador encuentra su parentesco. Son seis años que terminan con la escena de un muchacho, un niño de doce años que recorre un sendero en las montañas que frecuenta desde que se acuerda. Y de repente, advierte que hay algo desacostumbrado que no sabe bien en que consiste. Al fin descubre la anomalía y ella constituye el fin de toda una atapa narrativa. Su comienzo arranca con la escena de una de la muchachas de la fotografía, que lee un periódico y va avanzando en su lectura que conoce de memoria pues está familiarizada con la estructura del diario. Y de repente, percibe algo desacostumbrado. Lo que encuentra constituye la frontera inicial de esta etapa. El fin de la primera parte y el comienzo de la siguiente.

La novela tiene una tercera sección que significativamente se llama “los adioses”. Durante la narración se ha convocado a una serie de personajes para acompañar al lector y al narrador en el relato. Se ls convoca, a la manera con la que los espiritistas invitan a los espíritus. Como un acto de cortesía, se les acompaña a la salida, como personajes que se retiran de la escena. Se les sigue para que el lector se entere de su suerte ulterior. El primero de ellos es la historia misma cuyo desenlace nodal aparece como despedida. Luego cada uno de los personajes. Y el último, el narrador mismo que escribe la última frase de la novela y desaparece.

- Tal vez esta pregunta se la han hecho muchas veces, pero ¿cómo es que un poeta que ha escrito poesía por décadas pasa a la narración? Esta no es su primera novela. Antes había escrito una novela histórica sobre la vida de Francisco José de Caldas Diario de la luz y las tinieblas. ¿Tiene riesgos este tránsito de un género al otro?

- Tiene riesgos, indudablemente. La poesía y la narrativa se construyen a partir del lenguaje. Pero sus herramientas son bien diferentes. La poesía se apoya en la multiplicidad de sentidos de la palabra y sus logros son la creación de atmósferas, la iluminación repentina de una intuición, el deslumbramiento de una imagen A veces cuenta algún episodio sencillo, pero este no es su fuerte. La narración puede tener una superficie verbal esplendorosa. Pero su fundamento es otro, el acontecimiento. Y todas las reglas y pautas que se articulan a su plasmación a las que hemos aludido. Apunta a la captura de la atención del lector, a intrigarlo y sorprenderlo, a establecer paralelos o contrastes inesperados que enriquezcan su percepción. Un riesgo muy reiterado es atravesar la frontera entre los dos géneros y seguir utilizando los recursos del género de donde se viene- El resultado son esas “novelas de poeta” donde ocurren pocas cosas, o nada, y donde todo se vaen alusiones y si´mbolos estáticos o inasibles. Los lectores las abominan. En esto, es peligroso pretender convertirse en anfibio si se es terrestre. Hay que volverse acuático. Narrador pleno. Es lo que he procurado hacer con esta novela. Pasan cosas y se acude a las leyes de la narración Inetento seducir al lector historias. El que tiene la fruición por anticipar el desenlace. El que establece las conexiones que el narrador le propone. Esto no quiere decir que la prosa sea pedestre o simplona. Todo lo contrario. Pero esto está puesto al servicio del relato.

- Hablando de anfibios, le haré otra pregunta que probablemente también se la hacen con frecuencia. Usted es un economista y urbanista. Escribe artículos y libros en estas disciplinas que circulan en Colombia y América Latina. Da conferencias y participa en seminarios. ¿Es difícil hacer compatible este tipo de reflexión con la escritura literaria?

- Le respondo de una manera similar a la anterior. La literatura y las ciencias sociales constituyen dos aproximaciones a la realidad que son distintos pero no son incompatible. Por el contrario, son convergentes. Pero siempre y cuando se respeten las respectivas potencialiades y limitaciones formales. Los textos de ciencia social, cuando están bien escritos, tienen la virtud de que convencen. Su ventaja es la exactitud y la congruencia. La narración puede ser más penetrante, si logra eso que ya mencioné, brindar la ilsuión de que lo que se cuenta en realidad lo vive el lector. Las novelas sociológicas, pueden ser muy abrridas y por lo general fracasan en la conexión con el lector. Pero la novela es un género muy amplio y flexible, y si se respetan las pautas formales de la narración, puede e incluso debe, en ocasiones, incluir consideraciones filosóficas, sociológicas, económicas. 

Me explico: mi novela anterior gira alrededor de la figura de Francisco José de Caldas, que era botánico, astrónomo, geógrafo. ¿Cómo hacer verosímil para el lector este personaje si no se habla de lo que él pensaba en estas materias, cuáles eran sus desafíos y logros en este campo? Algo similar pasa en Dime si en la cordillera sopla el viento. De una parte, los hechos ocurren a lo largo de sesenta años durante los cuales estos parajes experimentan transfrmaciones sociales y económicas de las cuales estoy enterado con alguna precisión dada mi profesión. Intento respetar estos determinantes con un cierto rigor. Pero de otra parte el narrador y su alter ego, tienen rasgos personales que exigen que se rescate una mirada peculiar sobre esta experiencia. Me explico. El narrador, finalmente es un personaje de la novela. Tiene un interlocutor, su primo, hijo de otra de las muchachas de la fotografía. Los dos tiene un elemento crucial en común: son izquierdistas y activos en política durante su vida. Tiene algunas diferencias, pero en muchas cosas son semejantes- Juan Carlos, el primo es un militante estructurado que sigue fiel a sus creencias y a su organización incluso en épocas de gran dispersión de la izquierda. El narrador participa de esto, pero de manera menos sistemática y tiene la óptica del literato. Pero Juan Carlos es miltante, marxista, y una de sus fortalezas es precisamente el manejo de estos instrumentos para interpretar la realidad. Es natural que en la novela este aspecto aparezca y se hable de estas interpretaciones, que tienen una cierta originalidad.

Termino con esta última consideración. En nuestro país, la izquierda ha tenido pocas oportunidades de expresarse. Pero esto es más severo para aquella izquierda que desde el comienzo escogió intentar transformar el país, pero no con fierros y granadas, sino convenciendo a las mayorías, movilizándolas, organizándolas. En América Latina son estas formaciones las que han logrado formar gobiernos progresistas y muchos cambios que inauguran tal vez una nueva etapa histórica. En Colombia se ha tenido menos suerte en este sendero, probablemente por que la violencia se ha desatado. Los dos personajes referidos, el narrador y su alter ego, pertenecen a esta izquierda civil que quiere hacer cambios tal vez más profundpos que otras vertientes, pero por la vía del convencimiento. La novela está contada por estos personajes y allí se puede examinar su perspectiva.

Viewing all articles
Browse latest Browse all 14558