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En recuerdo a Carmen Balcells

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Por: Félix de Azúa / Escritor. Doctor en Filosofía. 
A propósito de la muerte de la agente literaria Carmen Balcells, El PortalVoz, recupera este texto escrito por Félix de Azúa.

El martes pasado fui hasta la Universidad Autónoma de Barcelona para asistir al doctorado honoris causa de Carmen Balcells.

El salón del Rectorado estaba lleno a rebosar. Si alguien hubiera puesto una bomba habría desaparecido un sesenta por ciento de la edición y un cuarenta por ciento de la literatura española.

Los discursos oficiales fueron más distendidos y simpáticos de lo que suele ser habitual en estos sucesos. La respuesta de Carmen Balcells, antológica.

A ella le gusta presentarse como una chica de pueblo que inadvertidamente ha montado un pollo tremendo en la mejor casa de putas de la ciudad. Y se excusa con una falsa timidez perfectamente imitada.

No es una chica de pueblo. La conozco desde que comenzó a convencer pacientemente a los escritores de que cobrar por escribir era de izquierdas.

Si uno compara la situación legal de los escritores de entonces con la de ahora, hay una distancia similar a la que media entre vivir en Mogadiscio o en Zurich. Esa distancia se ha recorrido, en buena medida, gracias a ella.

Los editores dicen que la odian, pero la aman a escondidas porque saben que también ellos se han beneficiado con los cambios.

Ya sé que eso nada tiene que ver con la calidad y que cuando Valle Inclán, Onetti o Benet cobraban miserias, eran artistas de un coraje superior a cualquiera de los actuales. No hablo de la decadencia de Occidente, no soy Spengler, sino de la dignidad de unas personas que secularmente habían vivido de la mendicidad.

Antes, en invierno, los escritores se ponían periódicos debajo de la camisa para protegerse del frío. Ahora ya pueden comprar camisetas de lana. Me parece un avance tan considerable como el de la penicilina. Y nadie vaya a creer que lo digo porque soy cliente suyo o por amistad.

Lo que más admiro en Carmen Balcells no es su talento comercial sino su vida. La batalla de aquella muchacha paternalizada por Carlos Barral que comenzó defendiendo a cuatro escritores desconocidos y ha acabado recibiendo ofertas milmillonarias de un agente neoyorkino cuyo nombre no recuerdo, y me alegro. Viene a ser como la historia de Ronaldinho, pero con gente alfabetizada, en género femenino, y con más ropa encima. Una novela que nadie escribirá porque ya se encargaría ella de que no la publicara ni dios.

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