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Cuento

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No. 7199 Bogotá, Sábado 26 de Septiembre del 2015

Cuento


Tauro 


Por: Antonio Rivas

No sé qué sea una muerte digna para un hombre, pero sé que esto no lo es. La vida se vive sin pensar en el fin, y ese fin debiera ser sutil y fugaz. La muerte, como la vida, debería llegar de forma inadvertida. Pero esta tortura mortífera hace que los años vividos hasta hoy dejen de valer la pena. Si tuviese la oportunidad le diría a mi hermano que huya. Que es todo una cruel trampa que me cuesta entender. Que aquí tirado en el suelo, inmóvil, agonizando, compruebo que nuestro temor era fundado. Mi pobre hermano. Quisiera poder abrazarlo. Quisiera ver aunque sea su silueta, pero estas lágrimas magnifican la luz del sol en mis retinas y siento que las quema. Ya no puedo ni siquiera llorar. Quisiera probar por última vez aquella fruta que arrancábamos del árbol junto al lago, trepando como monos en aquellas ramas infinitas, pero mi boca ahora solo jadea y aspira esta arena hirviente y sangrienta en cada bocanada, y me cuesta respirar. La sangre secándose en mi nariz agrieta mis fosas, anula mi olfato y martiriza todo dentro de mi cabeza. Debí haber muerto en el primer golpe. Esa primera patada que recibí en el pecho, esa patada que no pude prever, que no supe adivinar, me sigue ahogando. Aún puedo sentir mis costillas clavadas en mis pulmones. Sí, ese fue el peor de todos los golpes que he recibido. Quizás porque fue el primero. Quizás porque fue inesperado. Por qué no puedo decidir morir, y morir. Por qué tarda tanto en llegar la muerte. Por qué tenemos la capacidad de aguantar tanta agonía. De poder morir a voluntad hubiera evitado este martirio, y el terror que me paralizó al ver cómo estos salvajes tienen las quijadas de los que aquí mueren guindadas de la barda cual trofeo de caza. Pero aún no muero, y mis dientes caen sobre mi lengua, y un ojo se me cierra involuntariamente, y no soporto más dolor. Quizás creen que ya estoy muerto. Tienen minutos alejados. Tras el zumbido agudo en mis oídos solo escucho el bramar del ganado con el que alguna vez comí y bebí agua del río, y quisiera ensordecer. Desearía por lo menos morir en el silencio de mi interior, sin pensar más. No quiero pensar más. Prefiero el dolor de mi cuerpo que la desesperación de mi mente por saber que en minutos será mi hermano el que esté aquí agonizando, sabiéndome muerto y sabiendo que morirá. Ahora veo sombras. Escucho los pesados pasos a mi alrededor. Se están preparando para el final. El sol arde. La arena me quema el rostro. Hierve la sangre que mana de mi abdomen tras la punzada. Siento mis piernas y mi columna hechas añicos. El tropel luego de mi primera caída acabó con mis rodillas. El segundo tropel destrozó mi espalda. No sé si grité más duro que todos ellos juntos, pero en ese grito perdí la voz. Ahora la sombra crece. Se acerca hacia mí y no alcanzo si quiera a temblar. Inerte en el piso creo desvanecer. Está agachado frente a mí. Lo sé. Escupe en mis ojos. Siento su respiración en mi boca. Ya sabe que no estoy muerto. Se aleja de mí. Y de nuevo el bramar, casi eufórico. Vendrán en estampida y destrozarán mi cráneo. Lo sé. Que lo hagan de una vez. Yo lo que quiero es morir ya. Un último pensamiento cruza mi mente, mientras mi mejilla sobre el suelo advierte la manada que corre en dirección de lo que queda de mí como un estruendoso verdugo. Si los hombres domináramos el mundo no seríamos tan salvajes. Si los hombres domináramos el mundo no permitiríamos este circo de la muerte. Lo juro. Pero quiso Dios que este mundo estuviese dominado por estos malditos toros, y ellos decidieron que los hombres debemos morir en un espectáculo sangriento, donde una última pisada y una última corneada acabarán con mi vida y mi quijada guindará cual laurel.

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