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La oculta

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No. 7196 Bogotá, Miércoles 23 de Septiembre del 2015

La oculta


Por: Marco Polo

Los llanos del ganado y el arroz. La selva. Las vegas que bordeaban el Magdalena de plátanos y cacao, el gran valle del Cauca poblado de caña, los pequeños remiendos de papa y trigo, no están en ésta historia nacional.

Sólo los farallones y breñas surcadas al final de cafetos. Una exclusiva zona del país.

Cuando la madre muere se desintegra la familia. Con su muerte comienza a desaparecer la tierra.

Esa inasible magia que han rumiado los colombianos al comenzar su crecimiento productivo, la raíz de un hogar, la casa paterna.

Esa tierra siempre esquiva y mentida en reformas agrarias, en manos de una escasa estirpe de propietarios.

La tierra, la obsesión y la vida de descendientes judíos o palestinos que se tornaron arrieros y luego se afincaron en una casa campesina con doce hijos a recolectar el café y que al final fue una casa campestre de recreo, para reuniones familiares de fin de año.

La vida de los “paisas” del suroeste antioqueño unida como cordón umbilical a una finca con la historia fantasmal de varias generaciones que desde el siglo XIX propusieron un destino rural para la patria y que conservaron no solo la propiedad familiar y el ideal conservador sin que la guerra pudiera derruir o cambiar la tradición.

Tres hermanos cuentan la historia de La oculta. La finca, la tierra: Esa “tara” que algún día el viento se llevará.

Las personalidades de tres hermanos cuentan sus contradicciones, que estallan dentro de la familia y que son toleradas solo por la tierra de los padres como única conexión con el paraíso perdido. Ni la violencia, ni la guerra, ni los gustos sexuales diversos logran la fractura. Están hermanados por la genética de la tierra, por la historia del aroma de la montaña.

¿Al final solo los negociantes lograrán escindir el misterio de la tierra?

Este es el recuento de ese dolor, de la nueva y probable pérdida del paraíso, que sólo la mujer condenada a ser propietaria eterna, debe seguir detentando, así sea con el pedazo de tierra donde yacen los huesos de sus padres.

Es probable que la mayoría de los colombianos, nunca propietarios, no entiendan ni la nostalgia, ni el dolor por esa tierra que se pierde. Pero de una u otra forma hemos pasado alguna temporada como transeúntes de toda nuestra geografía, que es tierra de otros.

Desaparecidos los abuelos con su casa paterna, las viejas casonas de bahareque de los pueblos remotos comenzaron a caer divididos y fraccionados por el ladrillo de la modernidad. Las rencillas por la propiedad, acabaron familias enteras o permitieron la muerte del abuelo ancestral.

Las vegas de nuestra infancia irrigadas por el Magdalena han sido condenadas a la inmersión del Quimbo. Ahogada a la fuerza por un presidente corrupto, propietario como el mayor terrateniente.

Pero su tierra ubérrima y su tradición siguen incólumes.

¡Que se anegue la tierra de los pobres!

La oculta, es la historia de la tierra de los paisas, que Héctor Abad Faciolince nos cuenta en coro de tres voces, con la vida interna de una historia de Antioquia, que no es desconocida y que se extiende por lo que conocemos hoy como zona Cafetera.

Pese a carecer del vigor visceral del “Olvido que seremos”, es una historia de sus ancestros mezclada con la veracidad y el atrevimiento de esos diversos matices que tienen nuestras familias de hoy. Y la frialdad de ese equipo que el autor reconoce haber intervenido en su historia, la alejan un tanto de ese cuento apasionado que aún recordamos sobre la muerte del padre.

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