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Amábamos tanto la revolución de Víctor Bustamante

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No. 7195 Bogotá, Martes 22 de Septiembre del 2015


Amábamos tanto la revolución de Víctor Bustamante


Por Omar Castillo

La novela Amábamos tanto la revolución, recoge un instante de Medellín, el suceder de personajes en su diáspora íntima en el incógnito de sus huellas unas sobre otras, al filo de la noche, en lo luminoso de la ciudad, imprimiendo lo insinuante de sus ofrendas y lo escatológico de su ser devorador. Huellas que al acecho auscultan las maneras que se esconden en la piel, en el aliento del otro. Efímeras, poderosas, capaces de desvelar la vida, su instinto abrupto, delirante, libidinoso.

En su novela, el escritor Víctor Bustamante nos deja leer un fragmento de la Medellín de finales de la década de 1970 hasta los inicios de la de 1990. Son casi 20 años del siglo pasado en los que es reescrita una visión de la ciudad, ya en lo alucinante y perplejo de sus habitantes, ya en la truculencia de sus imaginarios, de sus obsesiones y arbitrio. Es la ciudad contenida en quienes buscan en su estrépito, hallar una imagen del mundo acorde con sus poses generacionales. Son las vidas de una generación varada en la estación de sus historias incipientes y contradictorias hasta lo abrupto, hasta lo contrahecho de su ocio, de su esperpento revolucionario. Tuquias de palabras quedan sus leyendas urbanas, en lo oscuro, en su ímpetu demoledor, en sus escaramuzas revolucionarias, en lo ahíto de sus caricias varadas y sin retorno. 

La ciudad, vuelta un ojo de agua turbia a través del cual el narrador ausculta y refleja sus visiones, es el escenario para su trama. La novela es tejida con las sombras de un estudiante universitario que persigue por los vericuetos de la Universidad de Antioquia y por los laberintos de la ciudad que se le revela, a María, la Moderna, Eme, personajes armados con distintos pedazos de mujeres captadas por el deseo que acecha al narrador en medio de su acoso rutinario. Ellas son un fragmento de realidad hecho a mansalva. En la continuidad narrativa de la novela, los personajes encarnados en ellas, son una especie de abracadabra que conecta todas las mujeres, meandros platónicos del narrador. Éste, como un animal devorador, persigue por las rutas de la ciudad convertida en su coto de caza, pedazos con los cuales armar su “muñeca Frankenstein”. 

Los demás personajes que suceden en la novela, participan como un reguero de voces que salpican sus páginas dando ritmo a las contingencias de su trama, en la cual cada uno, con el ruido de su cotidianidad, intenta ocultar el olvido que lo domestica, que lo agarra hasta volverlo mueca en las máscaras existentes. Personajes surgidos de un abismo, cuyas voces integran o aproximan el río de desidias que transcurren entre unos y otros. Casi siempre, tuquios de alcohol y otros alucinantes, deambulan entre sus presumibles asuntos y poses, procurando aparecer íntegros e interesantes en sus instantáneas no exentas de humor por lo patético de las mismas. 

La constante de estas situaciones, la tautológica espiral en la cual suceden sus personajes, hacen de la narración un monólogo plural donde queda grabada la sordidez, el espectáculo del sinsentido explayándose en noches de ritmos y sudores pegajosos como la misma grasa que al día siguiente aparece aferrada al asfalto donde pernoctaron los vendedores de carnes y fritos. Mientras, al amanecer, en cuartos de pensión, quienes se consignaron a la noche, sienten en sus bocas el horrible sabor, la desazón que no se restaña con besos ocasionales, ni con ninguna sustancia ni alcohol. Sin embargo son noches que de alguna manera terminan por nutrir el espinazo que fuerza e impulsa la ciudad y a sus usuarios a la vida. Paradoja poseída por la misma libido perenne y efímera que marca la ciudad.

En una prosa que se afirma y fluye en los fragmentos y los bordes filosos que ofrece la ciudad, Amábamos tanto la revolución nos deja leer la memoria, sus desgastes, el estrépito de sus conjuros, los sentidos inmanentes en las oquedades de su fe, los ecos del sudor en la piel, el encubrimiento de sus pasiones, todo cuanto cabe en las huellas de una ciudad que se teje y desteje esperando el instante de su seducción. Estos espacios, estas sensaciones en la narración de la novela, son entrañables, máxime en una ciudad en la que abruptamente se demuelen sus edificaciones, se modifican sus referentes urbanos, se afectan las rutinas de sus residentes, generando vacios, nostalgias y reclamos. Una ciudad figurada, desfigurada, no es la misma de hace 50 años, ni lo será dentro de otros 50. ¿Huellas, rostros, piel, rastros desdibujados, descuartizados?, la ciudad no para de crecer. Con todo, siempre quedan quienes desde sus diferentes maneras y rutinas, la suceden y la asumen en sus cicatrices, de ellos es y de ellos será.

En Amábamos tanto la revolución Víctor Bustamante reconstruye la Medellín de sus devociones y encuentros, la ciudad que no quiere dejar en lo ofuscante de vagas anécdotas. Por eso en el itinerario de su novela, la ciudad se consume y renace tan imaginaria como real, es decir, las fibras de su prosa quieren registrar cada instante, la sustancia, el súbito de quienes suceden en su trama urbana. Empero, y es inevitable, la novela queda suspendida en la escritura de las palabras que la narran, en esos párrafos donde el autor recoge su historia irónica, mordaz, teñida con un humor que puede propiciar la carcajada o el fastidio. 

La suya es una escritura que se extiende en frases en las que recoge los espectros de la ciudad, el acontecer citadino de estos espectros de carne y hueso, sus usos, sus poses y decires, todo aquello en lo que consumen sus días y sus noches una y otra vez. La insistencia del narrador cuando se detiene en los claroscuros de la ciudad, e intenta su reescritura, nos recuerda los palimpsestos, ese acto de desmedida metáfora cuando se escribe sobre lo que se cree borrado. En el caso de Amábamos tanto la revolución, su narración es escritura escribiéndose en la piel escrita de la ciudad. 

La memoria de sucesos guardados como recortes de prensa donde es posible encontrar e identificar hechos en los cuales se fue partícipe, para devolverlos al árbol genealógico de las calles y carreras que trazan la ciudad, parece ser la metáfora que moviliza la trama, la escritura de Amábamos tanto la revolución. La memo­riosa visión de una ciudad revisitada y mantenida como un fresco en el cual permanecen los fragmentos de un instante, en este caso, la Medellín de 1970 a 1990. 

Presumir que un autor logra consignar en una de sus obras la totalidad de una ciudad, es tan ilusorio como ignorar las márgenes del tiempo donde han quedado los diálogos, las estirpes, las pesadillas y los sueños de sus habitantes. Un autor solo consigue instantáneas de la ciudad en el continuo de sus días y de sus noches. La ciudad, nicho reescrito a mansalva, pronunciándose en sus residuos, en sus fachadas y vitrinas, como una larga frase que no se termina de escribir y donde se cree posible encontrar respuestas, inclusive las del amor. He ahí los hilos en los que se cuenta esta novela, hilos que por momentos se atropellan en las manos de su autor. Es su reto, su ritmo y su decisión, es su novela.

Amábamos tanto la revolución no es un remate de cuentas, es la constatación de los interrogantes de una generación que en medio de las ascuas de sus vidas, permanece y reclama. Por eso en esta novela quedan frases que uno quisiera terminar de leer pero que se pierden en los recodos de su escritura, en el juego de máscaras saqueadas que cruzan los rostros de sus personajes, sumándolos a los ecos del súbito pasado. Los últimos párrafos de la novela nos dejan pendientes, nos sobrecogen con el tráfago de quienes fueron sustancia, memoria para la metáfora con la cual fue bordada su trama, su hacerse y deshacerse igual a una nube pasajera pero persistente en sus atributos. Una nube descascarándose llevada por el aire. En el final de la novela son los rostros en la multitud arrastrados por sus vidas, por la magnitud del mundo y sus continuos, son los rostros descascarándose llevados por la página de otro día que pasa.

Omar Castillo, Medellín, Colombia 1958. Poeta, ensayista y narrador. De sus libros publicados son de señalar: Huella estampida, obra poética 2012-1980, donde reúne sus libros de poemas publicados en sus más de 30 años de creación poética (Medellín, 2012), el libro de ensayos En la escritura de otros, ensayos sobre poesía hispanoamericana (Medellín, 2014) y el libro de narraciones cortas Relatos instantáneos (Medellín, 2010). Desde 1985 dirige Ediciones otras palabras.


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