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Del libro de poemas de Patricia Díaz B.

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Fragmento del prólogo

Por: Jorge Dubatti 

La que va de Patricia Díaz Bialet no es un libro de poesía sino un conjunto de libros de poesía, una pequeña biblioteca poética. Son casi 150 poemas. No es frecuente esta extensión en poesía. Una “biblia”, en minúscula, y sin pretensión de texto sagrado, una “biblia” existencial, dadora de sentido a la cotidianeidad y la realidad, con mucho de libro profano de rezos, de conexión de materialidad y metafísica a través, en, desde, para la escritura. La poesía como “acto” vital, en hermandad con la gran herencia romántica resignificada por las vanguardias. En la unidad de una voz personal, autobiográfica, íntima -que suena con las voces del texto como suena la voz corporal, carnal de la autora-, La que va plantea recorridos de diversidad temática y formal. En la multiplicidad de sus páginas, hay un universo compartido, muchas recurrencias, cohesión entre lo uno y lo diverso. Por un lado, el sistema de lecturas de los epígrafes, presentes en la apertura de las secciones y en casi todos los poemas. Una mini biblioteca dentro de la pequeña biblioteca. Esa literatura proviene de la poesía, del teatro, de la canción, de la narrativa, del ensayo (Conti, Biagioni, Spinetta, Gorodischer, Tennessee Williams, etc.) y va más allá de la función interna a cada sección o a cada poema. Ese collar de citas (incluidas las que aparecen dentro del cuerpo de los poemas, en/entre los versos, y se explicitan con notas) pone en primer plano la figura de la poeta-lectora, la lectora-poeta, también la poeta-traductora, la traductora-poeta (algunas citas aparecen en inglés y castellano: William Shakespeare, Emily Dickinson...). También recorta la figura de la poeta-teórica, que puede reflexionar sobre su propia praxis en el mismo poema (el hermoso “Ars poética”) o a través de la resonancia de la cita de Haroldo Conti: “Escribo para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo. Podría decirles más: creo que toda mi obra es una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas (...) Es una cuestión, diríamos, metafísica”. Por otro lado, está el sistema de las líneas a pie de página, en bastardilla, marginadas a la derecha, como los epígrafes, pero al final de los poemas, después de los versos: también recorren casi todo el libro y proponen misteriosas, estimulantes fijaciones espacio-temporales (del tipo “un departamento en la calle Reconquista,/ Buenos Aires, 1991” o “Bar Las Gaviotas, / Miramar, 1977”), con sorpresivos desvíos, deliberadamente desconcertantes, como “un encierro / 1980” (en el poema “Preciosa espina”) o “un lazo de sangre” (en “La nociva”) o “un rescate de morfina” (en “Lo trágico”). Esos espacios instalan campos de ambigüedad que acentúan el carácter narrativo: ¿remiten a recuerdos, a la vida vivida, a la imaginación, son apuntes ficcionales que multiplican el mundo del poema, lo abren hacia otras direcciones, o reenvían en algún caso a la fijación del momento de la escritura? ¿Son un verso más? De esta manera el título, que parece nombrar a la poeta, invita decididamente a completarlo: “la que va” [por el mundo sintiendo, observando, pensando], “la que va” [al pasado, a la memoria], “la que va” [a otros mundos con la imaginación], “la que va” [hacia el poema, desde el poema, con el poema...].

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