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Dos cuentos fugitivos

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Por Daniela Huyke

El poeta


Ella quería que un poeta la amara, bien para burlar los límites del tiempo y quedar clavada como musa por excelencia en los corazones de muchos, bien para recibir un par de buenos versos. Él era sencillo, y no tenía de poeta nada más que el alma.

La quería con una pasión inimaginable, inconcebible para la mente humana, una que solo podría comprender la noche que lo escuchaba soñar. Y ella no sabía de su existencia, no tenía en cuenta su sufrimiento, sus lágrimas. ¿Pero cómo hacerlo? Si cada vez que él se le acercaba para hablarle, enmudecía por su belleza. 

Trazaba cada día sonrisas en su boca, luz en sus ojos, brillo en su cabello. La adoraba tanto que la luna ardía en celos por no ser ya lo más bello. Amaba cada curva, cada inclinación de su cuerpo, y no deseaba más que poseerla, atesorar su perfección.

Un día sus miradas convergieron: la de ella, alegre, era cortés; la de él, tímida como ninguna, iba acompañada de un imperceptible sonrojo. Ella descubrió su mayor arma mortal: dejó que una voz cristalina brotara de su boca. Se presentó como solo los ángeles saben hacerlo. Él, embelesado, solo emitió un nervioso y triste tartamudeo.

Desde ese día ella no dejó de hablarle. Más tarde comprendió que nunca había necesitado que un poeta la inmortalizara en una obra, sino que siempre había deseado con ferviente anhelo ser eterna –así como lo son las cosas importantes– para solo otra alma.

La estación


Ambos estábamos esperando el tren, el de la medianoche, bajo las lámparas frías de la estación. No sabía quién era él, apenas sabía quién era yo; solo sabía que emanaba una clase de angustia que me provocaba intriga.

Oía cómo su parpadeo se tornaba pesado en la penumbra a medida que pasaban los minutos, y a la vez, podía sentir el leve roce de su respiración, que erizaba mi piel.

No me atrevía a levantar la vista, y un nudo ciego sellaba mis labios, impidiéndome pronunciar palabra alguna hacia el extraño, impidiéndome preguntar qué tenía él que provocaba sensaciones extranjeras de mi cuerpo.

Me embargaba una sensación agridulce de impaciencia, que me hacía retorcer los dedos y desviar constantemente los ojos del reloj ubicado en el centro de la pared al otro lado de la vía.

Faltaban dos minutos para la llegada del tren, y el sudor de mis manos ya se había congelado para entonces.

Faltaba un minuto.

Treinta segundos.

Diez.

Y entonces el roce de su respiración marcó diferencia cuando entrelazó su mano con la mía. Reaccioné. Le miré. Él rehuyó de mi vista sin siquiera sonreír. Éramos solo dos desconocidos escuchando el tren aproximarse ahora. Cada vez más cerca.

Mis manos ya no estaban congeladas, mi garganta temblaba, y la energía comenzaba a agitarse en el ambiente.

El tren se detuvo a centímetros de nosotros.

Esperé.

Esperamos.

Parpadeó pesadamente una vez más y se volvió, deslizando su mano fuera de la mía, hacia la oscuridad en donde desapareció sin dejar huella alguna.

Y de repente, el tren partió segundos antes de que me diese cuenta, dejándome sola y mirando hacia una nada que, fuera de lo usual, aquella vez me resultaba reconfortante.

Daniela Huyke (Barranquilla, 1998) estudia Estudios literarios y Licenciatura en lenguas modernas en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Escribe desde los 9 años y quiere dedicarse a la literatura.

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